Opinión

La oscuridad luminosa

Hechos que solo los privilegiados técnicos de las sexagenarias instalaciones de la planta generadora de electricidad en la represa del Guri conocen en detalle saben del cómo y el porqué de la falla en la transmisión de energía que ocasionó la falta de electricidad y la subsiguiente ausencia de iluminación en la casi totalidad del territorio nacional. Fue un casus belli que separó definitivamente a la población venezolana en dos bandos, los defensores de lo inmundamente indefendible que llevan cuatro lustros aprovechando el erario público para beneficio propio y los medularmente indignados por la continuada pérdida de calidad de vida hasta llegar al límite del sufrimiento.

La creciente noche que comenzó a oscurecer a todas y cada una de las poblaciones de nuestro territorio transformó la ausencia de luz en un impresionante imperio de la iluminación intelectual, no hubo quien no entendiera en ese instante que dejaba de recibir su diálisis, o de alumbrar su quirófano, o calentar la incubadora de su recién nacido hijo, o tomar el ascensor para bajar los diez pisos sentado en su silla de ruedas, o  congelar los recién adquiridos medicamentos o simplemente alumbrar la consulta de su médico que aquellos incapaces, sinvergüenzas  gerifaltes que se habían robado los fondos dispuestos para la debida manutención y reposición de nuestro sistema de electricidad eran unos felones merecedores del mayor castigo, pues poco se diferencia el genocidio, el asesinato intencional a esta causa de muerte y sufrimiento general de la traición a la patria, a su gente y a su propia familia, solo un castigo similar podría acercarse a la justicia en este caso.

Sin embargo, como tantas cosas que han sido comentadas como curiosas en esta Venezuela rica pero de patria miserable que nos han legado el cósmico comandante y su putativo hijo, el obrero presidente, la oscuridad de Venezuela ha generado una luminosidad humana que no deja más que reconocer cuán valiente, solidario y generoso es nuestro pueblo.

Hemos sido testigos o conocedores de multiplicidad de hechos de colaboración, desprendimiento, solidaridad y cooperación entre familiares, conocidos y hasta la más de las veces entre extraños, de ayudas para poder soportar esta incomprensible e injusta situación que han tenido que vivir ancianos, enfermos, infantes y desvalidos, cuyo sufrimiento se ha magnificado solo en proporción directa al enriquecimiento de gerifaltes y cómplices que han derivado de las satrapías contra el venezolano que ingenuamente votó por  un supuesto cambio para castigar los excesos de corrupción en una época democrática, cuyo legado aún representa lo único que distingue al país de los retrasos del resto del continente.

Vemos con admiración obras como las autopistas, viaductos, represas, industrias, hospitales, metros, escuelas y universidades, y se nos arruga el corazón cuando contemplamos su ruina y destrucción por falta total de mantenimiento y desvío de fondos que, lejos de canalizar su utilidad, son la fuente y origen de fortunas rocambolescas y oprobiosas que ahora son descubiertas en paraísos fiscales y países de bien desarrolladas democracias, donde seguramente piensan refugiar a sus alevines o sembrar sus reposados huesos. No parece muy aceptable, ni ética ni moralmente, o legalmente, que quienes tanto daño han causado merezcan un descanso tranquilo como recompensa. La solidaridad de las naciones, además de las religiones, lo deben impedir. Si bien el talión no es lo deseable, la amnistía no debe confundirse con amnesia.

La justicia es deseable por ser la norma y no para ser moneda de negociación.

La oscuridad que ha prevalecido en la Venezuela bolivariana del socialismo del siglo XXI no solo es la falta de energía del caudaloso Caroní, es la opacidad en las cuentas nacionales, es la tiniebla en la justicia, es la tenebrosa situación de las cárceles, es la negrura de la soberanía nacional, es la falta de lucidez en la conducción del país, algo que pensaron que sería no más complejo que la conducción de un colectivo, pero era otro el colectivo y no un autobús al que se debía llevar por el camino correcto. La oscuridad que hoy se hace presente en luminarias y bombillas ha producido un impresionante destello de luz, la luz de la solidaridad.

Venezuela ha despertado con el estruendo de su oscuridad material, hoy sin duda permanece una llama encendida muy poderosa, la esperanza en el acompañamiento de todos para todos. Una Venezuela donde podamos decir que somos hermanos no por llevar una franela roja sino por tener un corazón tricolor, amplio y generoso.