Opinión

Orwell estuvo de visita en Davos

Ignacio Ávalos

I.

Hace poco más de dos semanas la élite del planeta se dio cita en el Foro Económico Mundial, considerado el cénit del capitalismo, ahora con la inclusión entusiasta y militante de China, algo que el camarada Mao jamás habría podido imaginar. Así, buena parte de los líderes políticos y empresariales más importantes se juntaron una vez más en Davos para hablar del presente y del porvenir de la humanidad.

Más allá de la economía, la situación del planeta fue, en otros aspectos, motivo de mucha preocupación. Emergieron temas peliagudos como el cambio climático, las guerras, el terrorismo, los ciberataques, las crisis a nivel político, además del grave desacomodo social, este último radiografiado en el informe Oxfam, el cual revela que el año pasado 82% de la riqueza generada en la economía mundial se concentró en 1% de la población, al tiempo que para la mitad más pobre del planeta, esto es, 3.700 millones de almas, los ingresos permanecieron iguales, señal, se argumenta en sus páginas, de que el modelo económico debe revisarse, tarea para la que las referencias políticas e ideológicas actualmente disponibles parecieran no dar muchas luces.

II.

El tema de la ciberseguridad recibió mucha atención. A propósito de ella, el millonario George Soros advirtió sobre los peligros de las redes sociales en el orden mundial (el aumento de los delitos cibernéticos, el acoso online, el discurso de odio, la incitación a la violencia y paremos de contar), subrayando el poder que ejercen sobre la libertad de las personas y el peligro que supone que su control se concentre en muy pocas empresas. El discurso de Soros remató con la idea de que podría haber una alianza entre Estados autoritarios (aludió a Rusia y a China) y estos grandes monopolios ricos en datos que “unirían los sistemas nacientes de vigilancia corporativa con un sistema ya desarrollado de vigilancia patrocinada por el Estado”.

III.

Se avanza, pues, con gran rapidez en el terreno de las nuevas tecnologías, mientras que el mundo sigue siendo visto de acuerdo con las rayas puestas en los mapas, las que marcan las fronteras entre los países, ignorando los procesos de globalización, potenciados por la creciente digitalización de la vida en todos los órdenes, con sus aspectos positivos, desde luego, pero igualmente con los negativos.

La gobernanza en el plano digital abarca múltiples aspectos, desde la ciberseguridad y la economía hasta los derechos humanos, incluidas las maneras de producir, de transportar, de comprar, de trabajar, de comunicarnos, de aprender. Se trata de una tarea urgente y compleja que, según los que se ocupan del tema, requiere un esfuerzo conjunto mundial. Sin embargo, la pretensión de establecer reglas comunes para el ciberespacio ha dado, hasta ahora, pocos resultados. La propia ONU ha fracasado en el propósito de lograr armonizar políticas e instituciones que reflejen, como dije, la naturaleza transfronteriza de Internet.

Con el surgimiento de estas tecnologías se llegó a pensar en la posibilidad de una “ciberdemocracia” que cambiaría el sentido de la política hacia un mayor grado de libertad y participación. Pero hoy en día vale ser precavidos y preguntarse, como lo hace el profesor norteamericano Nathaniel Persily, si “podrá la democracia sobrevivir a Internet”.

IV.

Habiendo muerto en 1950, Orwell estuvo hace poco de visita en Davos, a través de sus profecías, vertidas principalmente en su novela 1984, publicada hace más de medio siglo, en la que pintaba el mundo que ya está siendo en estos días. La frase de Winston Smith, su personaje central –“sin tu conocimiento cada uno de tus sonidos fue escuchado y cada movimiento escrutado”–, no puede verse, a estas alturas de la historia, como un antojo literario. El Gran Hermano actúa en modo digital y no solo puede vigilar y vulnerar la intimidad de las personas, sino confundirlas a través de informaciones mentirosas regadas en el escenario mediático.

De paso, si Aldous Huxley, también fallecido hace tiempo, visitara el foro el próximo año, seguramente recuerde sus vaticinios escritos en Un mundo feliz sobre el desarrollo espectacular de la genética, considerando la posibilidad de que “la especie humana pueda, si lo desea, trascenderse a sí misma”.  Y sin duda pondrá de relieve, como ahora lo hizo Orwell, la necesidad de contar con referentes éticos capaces de procesar las transformaciones asociadas a las posibilidades que abren las nuevas tecnologías, tan llenas de dilemas morales, de paradojas y de incertidumbres.

Harina de otro costal

(74 dias no son nada)

Tras haberse congelado las negociaciones, luego del episodio dominicano, la asamblea nacional constituyente ripostó fijando ilegalmente la fecha de las elecciones  presidenciales el 22 de abril y limitando el tiempo previsto para realizarlas a 74 días, tiempo extremadamente corto que contrasta, por cierto, con los diversos procesos electorales que se llevarán a cabo este año en varias partes de América Latina, ninguno de los cuales ha sido convocado con menos de 9 meses de anticipación.

Resulta difícil llevar a cabo, a partir de esta decisión, unas elecciones que garanticen la equidad y la transparencia necesarias para que sus resultados puedan ser avalados. No es esta una buena noticia para nadie, ni siquiera para el gobierno, aunque a este le cueste creerlo. No lo es, sobre todo, porque pospone y complica aún más la solución de la profunda crisis venezolana.

Todo indica, así pues, que el lunes 23 de abril el país amanecerá nublado y, ojalá que no, con amenaza de lluvias.