Opinión

Orson Welles todavía ruge

Héctor Concari

La opinión de

Toda la historia del cine cabe en cualquier fotograma tomado al azar, de El ciudadano, la película con la cual, en 1941, un joven revolucionó el cine, y de rebote, toda la narrativa norteamericana. Tenía con qué. A sus 25 años de edad, Orson Welles ya había removido los cimientos del teatro neoyorquino, con puestas en escena delirantes –un Macbeth ambientado en Haití, un Julio César que hizo historia–, y había pulsado a fondo la histeria americana con una adaptación radiofónica de La guerra de los mundos de H. G. Wells en forma de noticiero en vivo. Inevitablemente y en sus palabras, “en la década del cuarenta, mucha gente fue presa, yo… fui a Hollywood”. Los estudios RKO pusieron a su disposición todos sus recursos, un contrato que le daba total libertad creativa y el resultado fue la mejor película de la historia. Fue, además, el comienzo de su decadencia, lo cual importa muy poco, porque, caía de una altura tan grande que su peor película es magistral. Tristemente, Welles estaba demasiado adelantado a su época. Sus narraciones en forma de caleidoscopio, su concepción de la imagen dinámica y abarcadora con movimientos de cámara inverosímiles y su incapacidad radical para entenderse con los productores, además de su tendencia a la fabulación, lo hicieron un paria de la industria, y lo obligaron a asumir trabajos a destajo como actor y a aceptar historias menores con presupuestos aún más bajos.

Hacia 1970, Welles era un director maldito. Importaba poco que, entre otras, hubiera filmado la mejor adaptación de Kafka (El proceso), un Otelo que ganó en Cannes, una extraordinaria versión del Falstaff  (Campanadas a medianoche) de Shakespeare. Welles sobrevivía con comerciales de cerveza y trucos de magia en Las Vegas. Su vida creativa era más triste. Acarreaba un Don Quijote que no terminaría y filmaría otro drama incompleto, The Deep, con Jeanne Moreau; además haría un falso documental de una frescura aún intacta sobre los mitómanos, estafadores, mentirosos, falsarios y fabuladores llamado F de falso. Fue en ese año cuando decidió comenzar a filmar su testamento fílmico. Un filme que se titularía El otro lado del viento. Tenía muy poco dinero, pero tres amigos dispuestos a todo por él. Su compañero del alma, un veterano y muy exitoso director que cabalgaba con lo peor y lo mejor del cine, John Huston. Su alumno y admirador, el ex crítico y ahora director de cine, Peter Bogdanovich, un cinéfilo desaforado. Y un hombre que había hecho de su vida un periplo de devoción a Welles, el camarógrafo, asistente y hombre orquesta, Gary Graver.

La historia de la película es, en sí misma, una novela. Muy en su estilo, Welles comenzó a filmar en algún momento de 1970 con su compañera de vida Oja Kodar. El rodaje se interrumpiría varias veces por falta de dinero, algunos actores serían reemplazados y sus escenas filmadas de nuevo, y toda la empresa tendría un tono caótico y desordenado que se agravaría por la calidad del financiamiento. En un principio los costos fueron absorbidos por Orson y Oja; luego un productor español aportó 350.000 dólares, y hacia 1974, un productor iraní, cuñado del Shah, se involucró con una suma similar. A partir de ahí la historia se vuelve complicada, los fondos no llegan, hay estafas y acusaciones de parte y parte en una saga que se agravará cuando, después de la revolución iraní, el nuevo gobierno demanda y logra embargar el negativo que comienza una larga siesta en una bóveda en París. (Ese solo acto bastaría para condenar a la teocracia iraní, dicho sea de paso). En octubre de 1985, muere Orson Welles.

El filme fue finalmente rescatado, la edición completada por Bob Murawski y se exhibe en Netflix. Es un paseo más, el más desordenado de todos, por la vieja obsesión de Welles por el pasado y la historia de un hombre (como en El ciudadano o Mr Arkaddin). En este caso, la historia de un director de cine que muere antes de ver completada su obra final, pero antes de irse, invita a amigos, enemigos y críticos a ver su película incompleta. La cinta es, claro, un collage, un largo paseo por las obsesiones de Welles, un ajuste de cuentas con la industria y un canto de amor al cine. Es también un perfecto reflejo de la vida de Welles, hecha de avances creativos desmelenados, repliegues dolorosos, oportunidades perdidas y una obsesiva búsqueda de algo inexistente: la perfección expresiva. Por eso el filme, necesariamente fragmentario, es un reflejo, no solo de su vida, sino de la manera en la cual se vio obligado a rodar, encadenando escenas filmadas con años de diferencia en distintos escenarios. Pero, se dice en la película, tal vez la clave de una vida (que en la obra inicial de Welles era una sola palabra) se ha vuelto con los años un archipiélago de hechos que solo tiene sentido en la persona de un director ausente. Es un largometraje difícil, complicado por la evidente penuria productiva. Es además una despedida a lo Raymond Chandler. Triste, solitaria y final.

El otro lado del viento (The Other Side of the Wind). USA. 1975-2018. Director: Orson Welles. Con John Huston, Peter Bogdanovich, Oja Kodar.