Opinión

De oficio: escritor anticomunista

Alberto Jiménez Ure

La opinión de

«Las pugnas intelectuales y políticas semejan duelos, pero no tienen que culminar en el sepelio de una de las partes en colisión»

(Década de los años 70).- Me residenciaba en Mérida e iniciaba labores en la Universidad de los Andes cuando, de súbito, tuve que resistir las arremetidas de numerosos intelectuales y profesores que elevaban ante las autoridades universitarias sus «exigencias de materializar mi destitución» (algo que jamás satisfarían por tratarse de peticiones ilícitas y violatorias de mis derechos civiles, laborales y políticos). Les enfurecía que yo, en textos editorialistas publicados en el diario El Nacional y otros del país, enfrentara regímenes («socialistas») comunistas que ya habían hecho demasiado daño en el mundo: mediante la perversión del concepto de justicia, el desacato de nuestros inalienables y humanos derechos, escupitajos a las constituciones y leyes de los países donde se instauraron. En la actualidad, la casi totalidad de aquellos docentes me ha expresado «que tuve la razón», pero ya es tarde porque la aberración de las conductas políticas materializadas en regímenes («socialistas») despóticos ha corroído peligrosamente las estructuras e institucionalidad que mantenían en pie nuestra República, aparte de alienar los sentidos de millones de seres a los cuales se les ha «intelectualmente castrado» para que acepten las infamias y crímenes de quienes gobiernan. Hace 40 años estuve solo, empero no me rendí. Hoy tampoco lo hago y [mientras viva] jamás inclinaré mi cerviz ante forajidos.

Ulterior al nefasto «indulto» conferido por un [ahora muerto presidente] a un grupo de militares golpistas [cuyo líder también está en «situación de difunto»], el 20 de abril de 1994 vaticiné que los venezolanos «pagaríamos caro» ese insólito e inmerecido perdón, que condenaría a Venezuela a sufrir una tragedia que lenta y dolorosamente llegará a su fin (Correo de los Andes, Mérida-Venezuela). Por esa causa tuve que experimentar innumerables amenazas de toda índole: una de las cuales incluía que colocarían una «bomba» en el «Edificio Central del Rectorado» de la Universidad de los Andes si yo proseguía en funciones laborales en la «Oficina de Prensa Institucional». En otras mencionaban a mis hijas, diciéndome que las secuestrarían y violarían si yo insistía en publicar cuestionamientos a regímenes tiránicos que ellos defendían y calificaban [todavía lo hacen] como «revolucionarios».

Temí, no por mi vida sino por la de mis hijas y les exhorté a que me asesinaran cuando no estuviese con ninguna de ellas [en esa época eran unas infantes]. Para tal fin, en artículos de prensa les informé cuál era mi rutina diaria para que «me ejecutaran». Por lo expuesto, no soy el único que ilegitima el «ejercicio del mando por parte de esa transnacional casta de sediciosos y corrompidos sujetos» que instauraría el «crimen político organizado» en Latinoamérica para desgracia de la humanidad.