Opinión

Ofender y descalificar

Desde hace mucho tiempo, en Venezuela se perdió el concepto de ser ciudadano. Ya el venezolano no tiene identidad ni sentido de pertenencia a esta tierra y mucho menos a la comunidad donde formaba parte. La realidad que vive la nación lo obliga a mirar más allá de las fronteras, porque su tierra no le ofrece las oportunidades para desarrollarse personal y profesionalmente.

Siente, además, que no tiene derechos, porque en el momento de ejercerlos es coaccionado, perseguido y encarcelado. En la actualidad, se vive bajo la égida de obligaciones, sumisión, arrastre y silencio.

Ya nuestra sociedad dejó de ser democrática, porque en la era de la revolución unos son más venezolanos que otros, unos tienen más derechos que otros, unos tienen mejores opciones que otros, por ende, sin ciudadanos, no hay democracia.

No importa qué tanto digamos de nuestra realidad, las palabras y la existencia van por caminos distintos, ya la expresión se usa para ofender y descalificar, dando pie a todos los actos de violencia que han surgido desde la llegada del proceso bolivariano.

Por ende, nos hemos acostumbrado a que la democracia dependa del gobierno y no es así, la libertad, el pluralismo y la tolerancia son construidos por las comunidades, por los hombres y mujeres que hacen vida en una sociedad, que buscan edificar la paz, la buena voluntad, el libre albedrío y la autodeterminación.

Pero lamentablemente vivir en esta nación es como un videojuego, cada día que pasa es un nivel más complicado, a pesar de que divulgan a través del sistema de medios públicos las bondades del socialismos; pero si analizamos el discurso de los jerarcas del gobierno, todo lo que dicen es a futuro, es decir, lo que haremos, lo que lograremos, lo que tendremos, sin que nada ocurra, sin que nada crezca, sin que nada cambie para mejor.

Entonces estamos como al principio, nos falta cultura ciudadana. Con el paso de los años hemos perdido el respeto, la armonía y la paciencia. Sentimos que nada cambia, por el contrario, en la medida que avanza el tiempo, todo se complica.

Ya no nos preocupamos por conocer, informar y educar, ahora nuestra prioridad es planificar, decidir y partir hacia nuevos destinos. El clima de desconfianza e incertidumbre nos agobia. Ya no creemos en nadie, porque los que están en función de gobierno son cuestionados y, por su parte, aquellos personeros que representan a la oposición ya no tienen credibilidad, por ende, tanto unos como otros han perdido legitimidad.

Ya no existe el equilibrio entre las necesidades de los ciudadanos y de la gestión pública, porque hay una discrecionalidad en la aplicación de la ley, la moral desapareció y la cultura es vista bajo una sola óptica. Estamos sumergidos en la resignación y en el fatalismo, porque sentimos que hemos perdido la capacidad de crear futuro. Ya no compartimos valores, solo ideas y reflexiones, esto lo podemos apreciar en la medida que dialogamos, porque nuestra meta es solo sobrevivir, ya no hay calidad de vida ni de convivencia.

Cada día está marcado por una cadencia que nos da la sensación de que avanzamos hacia la nada, todo sueño se esfuma, toda meta es inalcanzable, todo momento se convierte en un infierno, la única salida es caminar, andar por caminos tortuosos, recorrer miles y miles de kilómetros, con el único fin de alcanzar una meta, buscar en otras latitudes una oportunidad de vivir dignamente, es el único momento malo para hacer algo bueno, para muchos venezolanos es ahora o nunca.

Tenemos miedo al tiempo, que es veloz e irreversible, donde el mañana será peor que el ayer, porque el hoy se ha convertido en resistir, por eso nos aventuramos hacia lo desconocido, dejamos nuestros afectos y solo caminamos por esas carreteras que nos conduzcan hacia esa realidad que nos merecemos.

Por tal motivo, la pregunta que nos hacemos todos es ¿cuándo cambiará Venezuela? Lo hará desde el momento cuando reconozcamos que la naturaleza de los seres humanos es cooperar, coexistir, sensibilizar, capacitar, organizar, emprender y evaluar nuestra conducta, que constituye la esencia de la convivencia; que apreciemos el poder ser, para fabricar nuestra ética, que sepamos diferenciar el bien del mal y, sobre todo, saber ser ciudadanos, para rescatar nuestros derechos, valorar nuestra autonomía, tomar decisiones responsables y asumir nuestros deberes en la construcción de la sociedad. Solo así, se podrá recuperar a un país de nosotros mismos, de nuestra propia ignorancia.