Opinión

Nuevo amanecer para la economía colombiana

La economía colombiana recibió una sacudida de envergadura con el desplome de los precios petroleros en el año 2015. Un país que desde 2000 hasta 2014 crecía a una tasa promedio de 4,3%, vio contraerse su expansión a un modesto 3,1% en ese año, una cifra que aún era respetable.

Para 2016 fue el fenómeno el Niño el encargado de penalizar duramente la economía del país vecino y su PIB registró el menor crecimiento de los últimos 7 años al tener apenas un impulso de 2%.

En el año 2017 las cosas se presentaron complicadas. La demanda interna se redujo de tal forma que el crecimiento de su producto apenas alcanzó 1,8%. A comienzos del año los hogares enfrentaron altas tasas de interés y aumentos en los impuestos indirectos, lo que contribuyó a desacelerar el consumo privado en el primer semestre.

Aun así, el tímido crecimiento de ese año estuvo liderado por el sector agropecuario, donde tanto el café como otros cultivos mantuvieron la voz cantante.

Al inicio de este año 2018 los expertos consideraban que 2017 podía catalogarse como el último año de la desaceleración y le asignaban a la economía una dinámica que podía alcanzar a fin de año a una expansión de 2,6%. De hecho, la economía creció a un ritmo de 2,2% en el primer trimestre de 2018, en comparación con el 1,3% con que se había expandido en igual período de 2017. Había razones para apostar al futuro.

Lo que ha estado ocurriendo en 2018 es que, una vez dejada atrás la distracción que representaba la búsqueda de la paz en el país, los sectores económicos han puesto manos a la obra pero con la rémora de años de intensa calma, de bajos consumos, de elevada inflación, de mayores impuestos y de descalabro petrolero, además de la desconfianza propia de todo inicio de mandato de gobierno.

Hoy los resultados de dos de los sectores que más generan empleo: industria (–1,2 %) y construcción (–8,2 %) son aún preocupantes, pero lo es más la minería, la que también continúa en terreno negativo (–3,6 %). Hay que tener presente que fueron estas tres ramas las mismas que jugaron a favor de los pobres resultados de la economía en 2017, alrededor de las cuales los analistas habían advertido que había que poner el foco, particularmente, en industria y construcción.

Pero a esta fecha hay que decir que las cosas comienzan a moverse en el sentido de lo positivo, solo que con gran lentitud. El proceso electoral a mitad de año contribuyó, por igual, a que la economía no se comportara mejor y el incremento de la tarifa general del IVA también aportó lo suyo a la lenta dinámica del país. El agro sigue atascado –salvo en lo atinente a las flores– pero no así la producción pecuaria, que ha comienza a motorizarse en el sector ganadero (+ 5,8%) y de piscicultura (+10%).

Así, pues, la cosa económica tiende a enderezarse en Colombia. El otro gran reto será el manejo de la ola migratoria de venezolanos que fluye indetenible y que puede llegar a alcanzar las 2 millones de almas. Ello obligará a sacrificar entre 0,23% y 0,41% del PIB para atender sus necesidades.

Lo peor parece haber pasado. Este 2018 debería ser un año de transición hacia un crecimiento más sostenido y, sobre todo, estable. Para ello un factor endógeno será crucial y es la capacidad de gestión del país de proyectos de infraestructura. Ya la inversión en obras civiles se ha estado moviendo en el buen sentido (6,6%) de crecimiento en los tres primeros trimestres del año. Eso puede ser un buen detonante para generar un nuevo y modesto ciclo de prosperidad.

Si otro factor exógeno se sumara a lo anterior, es decir, si se activara el flujo de capitales externos hacia inversiones reproductivas nacionales, Colombia podría hacer frente a un nuevo amanecer.