Opinión

Nuestro Pennywise

La fuerza metafórica y semiótica de It radica en la imagen de su payaso maligno Pennywise, síntesis de los temores, horrores y fobias de la sociedad occidental. Así lo quiso su creador original Stephen King.

En la nueva película de Andy Muschietti, el bufón toma la forma de un Beetlejuice psicodélico a la manera del Guasón fosforescente e incandescente de Jared Leto (Suicide Squad).

Desde las cloacas, caza a las presas y devora a los niños de un pequeño pueblo llamado Derry, especie de Twin Peaks filtrado por la cínica paleta de Norman Rockwell presente en Terciopelo azul. Por tanto, un filme oscuro de tintes y ribetes lynchianos.

El humor negro de la “bestia” dialoga por igual con el credo iconoclasta de Freddy Krueger y Alex De Large. La cinta, en principio, habla de la pesadilla americana, pero su rica simbología puede ser extrapolada a cualquier lugar, dado el contenido universal del guion.

Sin ir demasiado lejos,  la sombra de Pennywise cubre los principales karmas de Venezuela: la miseria económica, la inseguridad, la hecatombe política y la persistencia de un Estado fallido, producto de los dislates de la dirigencia chavista.

Ellos crearon al monstruo del socialismo del siglo XXI para imponerlo como el destino único de la nación, como el fin de la historia en el país. Recogen sus frutos inmaduros y podridos, siembran el campo social de guerra y muerte, porque se niegan a reconocer a sus pares de la oposición, mandándolos a perseguir, condenar y discriminar, hasta buscar reducirlos a la nada. Es el proyecto totalitario de la ANC.

En la adaptación audiovisual de 2017, un club de perdedores y antihéroes marginados representan la esperanza para enfrentar al psycho killer, al Herodes de la trama, al ente diabólico, al fantasma acosador, quien se alimenta del pánico inducido a los niños ante la complicidad tácita de unos padres corrompidos.

Por su lado, los colaboradores de la escena nacional trabajan al servicio de los propagandistas del miedo, a través de campañas de desmovilización y desmoralización. Son las almas absorbidas por las alcantarillas de Maduro, nuestro Pennywise, engordado a punta de una dieta de repartición de migajas, cartillas de racionamiento y bolsas CLAP. Se rodeó de un grupo de adultos envilecidos. Juntos salen por televisión en cadena nacional con el exclusivo propósito de amedrentar al diferente y castigar a los presos de conciencia. De momento, logran decretar su agenda de odio y resentimiento gracias al respaldo de una milicia armada de trolls.

Por ende, parece urgente replicar el desenlace y la moraleja de It, cuando los chicos vencen temores atávicos y superan diferencias irrenconciliables, para combatir y expurgar al espectro zombie de Pennywise.

De tal modo, el arquetipo de luz vence al de la sombra, dominándolo en su ley, pues evadirlo consolida su hegemonía. La cinta envía un mensaje de aliento a la resistencia de las generaciones de relevo.

El subtexto replantea los formatos del viaje iniciático y el paradigma del personaje mesiánico, tras la pérdida de su inocencia.

Los muchachos cautivan la pantalla, realzados por la fotografía, el vestuario pop y el decorado ochentoso. La dramaturgia juega con los estereotipos y les brinda un marco de mayor expansión. La comedia alivia las tensiones y vence las posibilidades de discurrir por el desgastado patrón de la solemnidad discursiva.

De las innumerables citas a pie de página, gozamos con la inclusión de un remake del tejido subliminal de Stanley Kubrick, De Palma, John Hughes y Wes Craven.

Los ríos de sangre de El resplandor y Carrie bañan el ambiente de una suerte de revisión de Stranger Things en la fase nostálgica de Cuenta conmigo.

La pedofilia, el bullying, el racismo y la disfuncionalidad familiar robustecen la estructura temática del conflicto, fungiendo de detonantes de la épica del descontento de los protagonistas.

En su contexto, la pieza advierte del problema de dejar heridas abiertas y repetir ciclos indeseables de criminalidad e impunidad, cada 27 años.

La obra original responde a la necesidad de contestarle al supremacismo conservador de 1986. La actual versión proyecta la fantasía distópica de vivir a merced de los anuncios escalofriantes y estrambóticos de Trump, el Pennywise de la cabellera pintada de naranja.

Los villanos resucitan los demonios de un pasado de opresión y masacre, siempre bajo la amenaza de volver repotenciado.

Las jóvenes promesas del relato tienen el compromiso de reconciliar al espectador con una lectura idealizada del melting pot, de la diversidad contemporánea.

Entonces It cifra la calidad de su andamiaje en el refrescamiento oportuno de una mitología global.

En la segunda parte veremos si el club de los perdedores rompe con la maldición de Pennywise o se convierte en otro remedo caricaturesco de sus padres fundadores.