Opinión

El nudo

Rodolfo Izaguirre

Para Jesús Peñalver

En algún lugar del mundo hay marineros que hacen nudos en la creencia de que con ellos pueden dominar los vientos, mientras nosotros en una célebre copla los anhelamos: ¡Ah malhaya, quién pudiera con esta soga enlazar al viento que se ha llevado lo mejor de mi cantar! Es concederle al nudo un sentido de conexión, de cosa que va a ser dominada luego de su captura; quiero decir, al prisionero, humano o animal, al que se le atan las extremidades con sogas o cualquier otro tipo de cuerda, mecate o alambre que puedan anudarse. La cuerda, al hacerlo, crea una suerte de anillo, de circunferencia que no deja escapar al prisionero, de la misma manera que el nudo de los marineros captura el viento, y el cantar de la copla anuda un tiempo que ya no puede seguir su vuelo de humo.

Son muchas las manifestaciones simbólicas del nudo y sus asociaciones con enredos, marañas y laberintos, pero la más escondida es la de atar estados de ánimo o de concentración. Anudamos nuestro interés, nos atamos a una ideología y seguimos enredados en ella a pesar de que el tiempo y la historia afirman y explican sus fracasos y desprestigios. ¡El marxismo, por ejemplo; el socialismo del siglo XXI, la Revolución cubana!

Se nos forma un nudo en la garganta cuando vemos a alguien rebuscar en la basura y comer de ella, a veces con un niño de meses colgado en la espalda. Pero también lo sentimos cuando nos rozan la belleza y la sensibilidad.

La mitología urbana pretende que Luis Cabrera Sifontes, uno de los autores del fallido magnicidio del 24 de junio de 1961 contra Rómulo Betancourt, intentaba huir disfrazado de campesino hacia Colombia. En una ranchería bajó de la mula, la enlazó mal haciendo un nudo tan torpe que la bestia podía enredar sus patas en las riendas y pidió a uno de los lugareños que cortara pasto para el animal, algo inusual en ese lugar. Su desatinado comportamiento hizo pensar a quienes allí se encontraban que aquel forastero estaba mal de la cabeza y llamaron a la autoridad.

¡Era el hombre más buscado en el país por todos los cuerpos policiales y de seguridad!

De tal modo que de ser cierta la anécdota, el nudo que hizo el fugitivo frente a los verdaderos campesinos podría considerarse como uno de los nudos más famosos de nuestra historia política.

Hay, en todo caso, un enorme nudo que mantiene atado a todo un país hundido en la ignominia de los desaciertos políticos y las catástrofes económicas, las torturas, el autoritarismo y una mente criminal socialista atizando una diáspora que no cesa, el hambre y la muerte. Un nudo que, al ajustarse, ahoga, estrangula, impide la circulación del aire por el cuello del ser vivo que somos, compromete el funcionamiento de la arteria carótida y aplasta la tráquea, es decir, el torrente democrático y la alegría de vivir.

Se trata de un nudo que alarma a las naciones vecinas o lejanas. Algunas reciben, suscriben o redactan manifiestos que expresan una solidaridad conmovedora, pero poco efectiva porque deben atenerse a normas diplomáticas que obligan a no entrometerse en asuntos ajenos; de la misma manera como no debe uno intervenir en conflictos conyugales que no son nuestros. Somos nosotros, quienes estamos padeciendo los destrozos de nuestras vidas, los únicos que tenemos que encontrar la manera de deshacer el nudo que nos agobia. Unos opinan que deben ser muchas manos las que se ocupen con paciencia y esmerada virtud política y democrática de desanudarlo. Otros, por el contrario, buscan recrearse en Alejandro Magno y armados de una enorme y afilada espada cortar de un solo tajo el nudo y decapitar, al mismo tiempo, a los responsables del desastre. Otros más se inclinan por apoyar y aplaudir una disparatada invasión militar siguiendo un ejemplo panameño, pero no ocultan la esperanza de que la invasión lleve el sello Made in USA. Desde luego, no deja de ser una bravuconada, un gesto desesperado, pero una acción de esa naturaleza podría desencadenar una situación aún más dolorosa que la que crea el propio nudo que nos está estrangulando. Hay, también, algunos ilusos que insisten en seguir reuniéndose para dialogar con un tramposo interlocutor que finge estar atento mientras perpetra fechorías y observa a José Luis Rodríguez Zapatero anudar falsas palabras cada vez que interviene en las inútiles reuniones. Los ilusos, al confundirse, incorporan alegatos agregando nuevos nudos a la maraña.

Cortar el nudo de la manera como lo hizo Alejandro III de Macedonia contribuyó, ciertamente, a acrecentar su celebridad y a garantizar su entrada en la leyenda, porque al cercenar los intrincados nudos que formaban el gordiano estaba deshaciendo un laberinto. Alejandro creyó que acabando con la legendaria imposibilidad de deshacerlo encontraba su propio centro y su liberación. ¡Pero no fue así! No supo que se trataba de una ilusión porque si bien conquistó y reinó sobre un imperio, su reinado fue breve y su temprana muerte, misteriosa.

Cortar el nudo que nos asfixia como lo hizo Alejandro equivaldría a reiterar la ilusión. Sería como entrar yo a caballo, jactancioso pero desarmado, en el patio del cuartel; sería como si nos decapitáramos el alma. Creo, además, que insistir en elecciones organizadas y vigiladas por un régimen fraudulento significa permanecer dentro del cuartel.

¡Aún no sabemos qué vamos a hacer con nuestro destino! Sin embargo, ruego para que la magia continúe flotando sobre los marineros de las islas Shetland, al sureste de Noruega, y sigan haciendo nudos para atrapar el viento, y nosotros, para enlazar nuestro cantar.