Opinión

El nieto melómano de Bonnie y Clyde

Héctor Concari

La de los asaltantes de bancos es en esencia una figura adolescente. No nació con el cine, más bien lo alcanzó en su pubertad cuando en 1928, el cine mudo –que nunca fue silente– cambió de voz, sustituyendo  la música y los intertítulos por la palabra. Al año siguiente, el crack de la bolsa, un jueves negrísimo en la historia económica del planeta, trajo consigo la Gran Depresión. Junto con ella, dos actividades florecieron, ambas emparentadas con la necesidad de ganarle la partida a  un mundo gris y difícil. Los atracadores (John Dillinger, “Machine Gun” Kelly, Bonnie y Clyde y una larga lista de alias angelicales “Pretty Boy –niño lindo” Floyd, “Baby Face –cara de bebé” Nelson ) fueron los Robin Hoods de la época. Después de todo, eran pobres que robaban a los ricos, ensoñación adolescente si las hay. No tardaron en dar el salto a la pantalla que les dio voz, para no hablar del voto taquillero que los volvió estrellas.  

Todos ellos, con su público, entonaban a coro una cita de Brecht que por supuesto desconocían. Es de La ópera de tres centavos, de 1928, y va más o menos así: Qué es peor, ¿robar un banco o fundar uno? Banqueros y ladrones eran partes demasiado interesadas para responder a  la aporía de Brecht, así que Hollywood zanjó la cuestión  fundando  los estudios y haciendo películas sobre los ladrones de bancos. Eran El enemigo público (1931) que encarnaba James Cagney, buscando impresionar a  su mamá, o el impoluto Henry Fonda de Solo se vive una vez (1937), un buen hombre tornado delincuente y tantos otros. En todo caso, gracias al nuevo poder expresivo del cine,  a la necesidad de ver un futuro de prosperidad, así fuera mal habida y al castigo a los bancos y al mundo de las finanzas que habían traído la Depresión, los asaltantes irrumpieron en el cine para quedarse. Extraño heroísmo de un gremio para el que la fuga era clave. Esta  gloria era fallida porque las normas del Código Hays (la ley mordaza de la época) prohibía casi todo, pero en especial el triunfo del hampa, con lo cual, hasta bien entrados los setenta, los malhechores morían puntualmente en el último rollo. Una película de 1967 no llegó a romper el paradigma, pero lo intentó. Bonnie y Clyde se tomaba algunas libertades con la historia real (Warren Beatty era muy elegante y Faye Dunaway saltó a la fama con el filme). Tenía además un gran director, Arthur Penn, y hacía de esta pareja de malandros (de nuevo, casi adolescentes) unos justicieros que se reían descaradamente, no del rostro de la ley sino  de su brazo  ejecutor que protegía una realidad social injusta, con lo cual era inevitable que el público sintiera en carne propia el despiadado y espeluznante ametrallamiento final. La película, de alguna forma, le dio a los asaltantes un rasgo de respetabilidad. Después de todo, estábamos en los rupturales sesenta y si Dios jugaba al escondite, casi todo estaba permitido, en especial en el cine.

Estamos en la segunda década del siglo y las cosas han evolucionado. El género sigue teniendo ingredientes propios de la adolescencia. Después de todo, no es poca cosa el vértigo de subirse a un carro a toda velocidad y la magia de obtener miles de dólares en apenas unos minutos de acción. La virtud, la principal, no la única de este chofer con cara y título de bebé, es captar ese mundo evanescente y cargado de adrenalina. Lo ayuda una línea argumental sencilla, que hace un guiño a todos los clichés de sus padres y abuelos del género. Y como se trata de jugar con el pasado, la película juega con la banda sonora en cada atraco, con resultados felices. Hay una siderante secuencia de fuga, al compás de “Hocus Pocus”, mítico tema de la no menos mítica banda Focus. Pero el juego con el tiempo, no termina ahí, la película salta del iPod al cassette y al vinilo, avisándole al espectador que el mundo que habitan los personajes es tan falso como inverosímil todo el trámite de la película. Porque lo único real en ella es el movimiento, que va desde larguísimos travellings de presentación del personaje, evolucionando en su ambiente para demostrar que lo único que hace en la vida es huir. Poco importan detalles que apenas se rozan de su vida, o ese culto a la inverosimilitud, que se cuela con la ligereza del caso. Después de todo, robar bancos es una fantasía adolescente.

El aprendiz del crimen. (Babydriver). Estados Unidos 2017. Director: Edgar Wright. Con Ansel Elgort, Jon Hamm, Elza Gonzales.