Opinión

Nico y Juan, pontífices de medio pelo

Alfredo Cedeño

La opinión de

Empezaba el siglo XIV cuando el llamado mundo cristiano se vio sacudido por el choque frontal entre el papa Bonifacio VIII y el rey Felipe IV de Francia. Al pontífice muchos lo tildaban de brusco y arrogante, él era un feroz defensor de la soberanía universal del papado sobre toda la cristiandad, tal como había establecido el Dictatus Papae, documento supuestamente escrito por Gregorio VII en el siglo XI.

Boni y el Felipillo, también conocido en ámbitos históricos como Felipe el Hermoso, habían empezado a halarse las mechas por el cuestionamiento papal a la potestad de los señores seculares para establecer impuestos al clero. En 1296 fue emitida la bula Clericis laicos, en la que se prohibía cualquier imposición sobre las propiedades de la Iglesia excepto por parte del papado, o el pago de tales impuestos. Al poco tiempo le concedió al monarca francés el derecho a recaudar impuestos entre el clero en casos de emergencia.​ Los tira y encoge entre los dos mandatarios se mantuvieron hasta que en 1301 el obispo de Roma emitió, con pocas semanas de diferencia, las bulas Salvator Mundi y Ausculta fili.

En el último documento pontifical se hacían cargos contra el rey, y se le ordenaba que compareciera en Roma para su debido enjuiciamiento. El heredero de San Pedro proclamaba: "Dios nos ha situado sobre los reyes y los reinos". El monarca francés, y señor de Navarra, respondió al prelado: "Su venerable estupidez puede que no sepa que no somos el vasallo de nadie en cuestiones temporales". Por supuesto que la sangre llegó al río en más de una oportunidad. Fue así como Felipe convocó a comienzos de 1303 una asamblea en el Louvre, París, donde Bonifacio VIII fue acusado de herejía, simonía, blasfemia, hechicería y culpable de la muerte de Celestino V. Fue así como se acordó convocar un Concilio ecuménico para su procesamiento y deposición, quedando encargado Guillermo de Nogaret de su captura y traslado a la capital francesa.

Bonifacio, que no era mocho, al enterarse de tales acciones decidió elaborar una bula de excomunión, Supra Petri solio, mediante la cual el Felipillo sería excomulgado el 8 de septiembre de 1303, día de la Natividad de María.  Pero… un día antes, el 7 de septiembre, llegaron al Papa un grupo de mercenarios franceses y cientos de milicianos locales. Por supuesto que lo hicieron prisionero.  Se habla de humillaciones al eclesiástico, bofetones incluidos, durante tres días, al cabo de los cuales el levantamiento civil obligó a los captores a liberarlo. El Sumo Pontífice fue llevado a Roma en malas condiciones y al cabo de un mes, el 11 de octubre, como decía mi padre: pasó el páramo en escarpines.

Como bien era de esperar ni uno ni otro dio su brazo a torcer y la rivalidad entre una facción cardenalicia romana y otra francesa se agudizó y se llegó al llamado Cisma de Occidente, también conocido Cisma de Aviñón, que fue desde 1378 hasta 1417. El 7 de abril del primer año se reunieron en Roma 16 cardenales, y de ellos 10 eran franceses. Para abreviarles el cuento, las discusiones del ágape cardenalicio terminó con dos Papa: Clemente VII y Urbano VI.  Los dimes y diretes se estiraron hasta llegar al siglo XV, y fue así que en 1409 se realizó el Concilio de Pisa, para tratar la reunificación de la Iglesia, ya que hasta ese momento seguía teniendo una doble jefatura. El remedio fue peor que la enfermedad, pues si bien el concilio depone a Gregorio XII de Roma y Benedicto XIII de Aviñón, eligen a Alejandro V. Ello dio paso a lo que llamaron la era del maldito trinomio. El desbarajuste provocado a raíz de este concilio fue de tal magnitud que hoy en día no es reconocido por la Iglesia Católica en la lista de concilios ecuménicos.​

Este galimatías hierático  se me reaviva en estos días que veo los anuncios, edictos y disposiciones que reparten a cintarazos Maduro el Conductor y Guaidó el Encargado. Uno y otro reparten preceptos como si de confeti en el viejo carnaval de Los Próceres se tratara. Aquel dispone y este retruca, Nicolás agita y Juancito proclama, y así se nos va la vida sin que el pueblo llano, ese que no tiene Casa Militar ni guardaespaldas criollos o cubanos que les cuiden las asentaderas, reciba otra cosa que promesas de galanes de medio pelo que quieren llevar a su cama a la doncella de turno. Cada vez la situación material y moral se deteriora más y más. Éramos pocos y parió la abuela, reza un viejo refrán y es lo que parece estar pasando con el mal uso de la ayuda internacional recibida para los más necesitados. 

He repetido hasta el cansancio que es el momento de limpiar la casa, y seguiré insistiendo en ello, y que se alboroten los alcahuetas de ambos bandos, sobre todo los de mi misma acera, pero no es posible callar la indignación ante lo que está ocurriendo. Los sayones y las plañideras no cesan de exigir una unidad que por lo visto está más allá del horizonte. A nadie, por lo visto, le interesa el sin vivir en que vivimos los venezolanos de a pie, esos que no tenemos conchupancia que cuidar, ni intereses por los que velar. Nuestra casta política sigue demostrando por qué son nulos de toda nulidad. Lo más triste es que sus acólitos son incapaces de hacer introspección y nos achacan a la ciudadanía desvalida la responsabilidad de sus desmanes, mientras exigen una obediencia bovina a los rezagos de quienes alguna vez fueron investidos con la autoridad popular.

© Alfredo Cedeño

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