Opinión

Murphy constitucional

César Tinoco

¿Era Edward Murphy un optimista?

Hay una versión sobre las leyes de Murphy que asegura que estas se basan en la afirmación que hizo el propio Edward Murphy: “Si hay más de una forma de hacer un trabajo y una de ellas culminará en desastre, alguien lo hará de esa manera”.

El caso es que hay al menos ocho leyes básicas de Murphy: Si algo puede fallar, fallará. Si hay la posibilidad de que algunas cosas fallen, la que causará más daño será la primera en fallar. Si algo no puede fallar, lo hará a pesar de todo. Si se evidencia que existen cuatro posibles maneras de que algo pueda fallar, y se evitan, enseguida se desarrollará una quinta para la que no se está preparado. Dejadas a su suerte, las cosas tienden a ir de mal en peor. Si la situación se desarrolla con normalidad, es obvio que algo no se tomó en cuenta. La naturaleza apoya la falla. La naturaleza es zorra.

El 4 de agosto pasado, la prensa nacional recogió las siguientes declaraciones de Delcy Rodríguez: “Las Constituciones que menos duran son las hechas por los expertos, y las que más duran son las populares. Aquí no llegaron expertos, llegó el pueblo de Venezuela”.

Pues bien, ¿qué garantiza que una Constitución no falle? o mejor dicho ¿por qué una Constitución falla?

Para responder utilizaré como base el trabajo de Daniel B. Rodríguez (State Constitutional Failure, 2011), quien concluye que las Constituciones fracasan cuando las reglas, las estructuras y las instituciones no facilitan el trabajo cooperativo de los funcionarios y los electores, los ciudadanos, en el acto de gobernar.

Rodríguez, citando a Kim Lane Scheppele, afirma que las Constituciones fallan porque su éxito simplemente no es predecible desde su diseño inicial. De acuerdo con Rodríguez, las Constituciones deben ser estables; es decir, tanto los ciudadanos como los funcionarios del gobierno se obligan a cumplirla con el fin de lograr objetivos mutuamente beneficiosos. Tales acuerdos, esencialmente tácitos, posibilitan que los ciudadanos materialicen sus objetivos de seguridad y bienestar.

De modo que si hay algo que debe ser alcanzado con la creación de una nueva Constitución es asegurar que los compromisos allí establecidos desemboquen en la total voluntad de cumplimiento de las partes. El punto de partida para esta estabilidad es la limitación adecuada de la discrecionalidad de los actores gubernamentales a fin de que los ciudadanos tengan menos temor y desconfianza del gobierno.

Ahora bien y en el caso que nos ocupa, el gobierno quiere cambiar la Constitución de 1999 en virtud de que le resulta incómoda a efectos de su juego político: necesita una mayor discrecionalidad para seguir disfrutando de las rentas del poder mientras los ciudadanos sufrimos las consecuencias del mal gobierno: recesión, inflación, escasez y crimen, por mencionar tan solo cuatro.

El origen de tal nueva Constitución determina ya su fracaso por tres circunstancias. En primer lugar, se origina en un fraude. En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, no desembocará en la total voluntad de cumplimiento de las partes. En tercer lugar, y como consecuencia de las dos anteriores, no modifica para nada los hechos que condujeron a la ruptura que nos ha traído adonde estamos.

La ruptura ya se manifestó: es el producto del divorcio entre el balance de poderes y la estructura de expectativas. El balance de poderes consiste en un equilibrio entre los intereses, capacidades y voluntades de los actores. La estructura de expectativas consiste en todos aquellos acuerdos y contratos, tácitos y explícitos, entre los actores y sobre esta estructura se fundamenta la confianza y como consecuencia surge la cooperación.

Estamos montados en la catástrofe, la pérdida total de estabilidad del sistema político tal como lo describe el modelo de hélice de conflicto de Rudolph Rummel (1932-2014), PhD en Ciencia Política.

Aun así, no es para nada de extrañar: el chavismo –y su casta militar murphista– siempre escogieron aquella forma de hacer las cosas que nos conduce al desastre.

c.e.tinoco.g@gmail.com