Opinión

El movimiento inmóvil

Rodolfo Izaguirre

La opinión de

Para Diógenes Rivas

Lo que buscaba y encontró Joan Miró era un movimiento que fuese inmóvil, lo consideraba como equivalente a un silencio elocuente o a una música silenciosa.

La inmovilidad me afecta, escribió. “Esta botella, este vaso, un grueso guijarro en una playa desierta son cosas inmóviles, pero desencadenan en mi espíritu grandes movimientos. No experimento lo mismo ante un ser humano que se desplaza siempre como un idiota. La gente que va a bañarse a la playa y que se mueve me afecta menos que la inmovilidad del guijarro. (¡Las cosas inmóviles resultan grandiosas, mucho más grandiosas que lo que se mueve!). La inmovilidad me hace pensar en grandes espacios donde acontecen movimientos que no tienen fin. Como dijera Kant, es la irrupción inmediata de lo infinito en lo finito. Un guijarro, que es un objeto finito e inmóvil, me sugiere no solamente movimientos, sino movimientos sin fin. Esto se traduce, en mis telas, en forma semejante a centellas que salen del marco como de un volcán”.

Yo supe que me estaba convirtiendo en escritor cuando comencé a escuchar, oculta en la palabra escrita, una música inaudible que debe ser la que escucharemos con mayor nitidez al emprender el viaje hacia la iluminada oscuridad que nos espera; lo supe cuando comencé a entender y amar la poesía y descubrí que la música más gloriosa es el silencio: la música muda a la que se refería Miró, el pintor catalán.

Y se me reveló que también en la pintura y en la música se agitan las palabras y hacen que la poesía sea la música del silencio. La poesía utiliza las palabras para hacerse más armoniosa, para darse forma y consistencia. Las palabras son las riberas del silencio; impiden que ese silencio se disperse en el vacío: las palabras lo ritman, lo organizan. Un silencio rodeado de poesía es un silencio que habla. Contrariamente, Jean Onimus y Jean Bies a quienes he pedido en préstamo todas estas palabras que estoy escribiendo, coinciden en que un lenguaje que se cierra en sí mismo no es otra cosa que palabrería.

Las palabras necesitan de sombra para irradiar. Un discurso cerrado que no tolera el vacío; una argumentación continua o excesiva deja al lector, poéticamente, pasivo; se ahoga prisionera en los laberintos del discurso. De allí que exista una correlación entre las palabras y el silencio. Las palabras, la música, existen gracias al silencio. El lenguaje remite al silencio y el silencio es absorbido por el lenguaje. Unido al sonido, el silencio es la materia de la música. De la misma manera la luz, que no admite el confinamiento por ser expansiva, necesita de la materia para manifestarse. Pero la experiencia poética no es exclusiva de los poetas que se expresan a través del lenguaje. La poesía es la fuente de todas las artes y cada uno de nosotros puede sentirla y expresarla a su manera. Lo evidenció Miró al enfrentar la inmovilidad al movimiento sin fin que se remueve dentro de sus obras. De allí que también en la música y en la poesía corren el silencio y la inmovilidad del movimiento.

La minúscula hoja que yo veía caer y recogía del suelo; la piedrita hallada en el camino que luego regalaba a Belén o el dibujito de la brujita sentada con su escoba en el techo de a ballena, generaban los mismos movimientos sin fin que tanto acariciaba Joan Miró.

Belén valoraba la piedra, las brujitas y la minúscula presencia del jardín. Veía y apreciaba en ellas una acumulación de inesperadas riquezas y sentía agitarse en la escoba de la brujita, en el guijarro de Miró y en la hoja caída en mi rosaleda las turbulencias del amor, el resplandor del gesto poético y la palabra colmada de afecto. ¡Los sonidos, tal vez, de la inmovilidad catalana o de un Impromtu o un Mandala de Diógenes Rivas!

Para Miró, para Diógenes y para mí mismo un objeto es algo vivo. Este cigarrillo, decía Miró, esta caja de cerillas contienen una vida secreta mucho más intensa que ciertos seres humanos. Cuando veo un árbol recibo un impacto, como si fuese alguien que respirara, que hablara. Un árbol también es algo humano, concluía el pintor.

(Yo siento igual: sobre todo cuando sus raíces tienen la misma longitud del tronco: mientras las raíces buscan la vida bajo tierra las ramas insisten en encontrarla más allá de las nubes).

La lectura de un gran poema en voz alta corre el riesgo de traicionar al poema en la medida en que tiende a hacer de él un discurso. Los compositores que tratan de embellecer con música la poesía no se percatan de la incompatibilidad que existe entre la poesía auténtica y la música no solo porque la música, al evitar las ideas, penetra todos los elementos de la creación sonora como son los instrumentos, los ritmos, timbres, tonos, organizaciones seriales, melodías, armonías y formas, sino porque la poesía también evade las ideas: está hecha de palabras y de silencios. ¡Nos ocurre a nosotros mismos! ¡Estamos hechos de palabras y de silencios! Y en la obra pictórica de Miró y en nuestras propias vidas se producen inaudibes cataclismos que enfrentan la inmovilidad con el dinamismo de unos movimientos que ignoran el camino que conduce a Ítaca, que es la muerte, es decir, el verdadero comienzo del fin, ¡el silencio eterno e inmóvil!