Opinión

Miseria y miserables

Alfredo Cedeño

Entre miseria y miserables hay un abismo a veces insalvable, es una sima que va mucho más allá de la mera semántica. El diccionario de la Real Academia Española con consciencia de ello coloca como tercera acepción de la segunda palabra: extremadamente pobre. En primer lugar: ruin o canalla.

La miseria, o pobreza extrema como gustan algunos decir, es terrible, dolorosa, implacable, tiene olor a derrotas y humedad avejentada; sin embargo, en medio de ella sobrevive la generosidad más conmovedora. Recuerdo una casa en el barrio Los Canjilones, de la parroquia La Vega, en mi Caracas natal, donde una muchacha, a la que estaba enseñando a leer y escribir, cocinaba con una ternura infinita para alimentar a sus hijos y todavía rebañaba en sus ollas para brindarme dignamente un plato de comida.  Más de una vez comí hurtándole la mirada para que no notara la conmoción que me provocaba con su desprendimiento hasta hacerme llorar.

Ese recuerdo multiplica mi indignación ante estas dos historias. Meses atrás en la muy chavista ciudad de Miami, y digo chavista porque no hay otra que le guste más a los herederos del Atila del siglo XXI, y más específicamente en Brickell, y para más precisión en la discoteca Blume, 1421 South de la Miami Avenue, se desarrolló esta escena el 2 de febrero: un miembro del alto mando del despacho que encabeza la muy comprometida ministra del área penitenciaria pagó 20.000 (¡veinte mil!) dólares para que su mesa estuviera llena de gente bella y fuera la más viva de la noche. El consumo permanente fue Dom Perignon. Al terminar la farra, él se encaprichó de la muchacha que los había atendido e insistió impertinentemente para que se fuera con él; sus compañeras me narran su actuación desagradable, al marcharse le dejó a ella de propina 2.000 (¡dos mil!) dólares mientras le decía: Te lo pierdes.

No es el único caso. Meses atrás, allí mismo, un vociferante rojo rojito se prendó de otra, le hizo todo tipo de avances, ella se dedicó a trabajar. Al final, el muy revolucionario cliente firmó el recibo de la tarjeta y colocó 5.000 (¡cinco mil!) dólares de propina. Ya va, no termina el cuento, seguidamente le dijo con tono tartajoso: Si quieres le pongo otro cero, pero ya sabes, te vienes a pasar la noche conmigo.

Miserables es poco para como merecen ser tildados estas basuras que siguen desangrando nuestro esquilmado país. Peores son quienes habiendo tenido cómo ayudarnos a zafar de ellos se han dedicado a cultivar su propia agenda. Tan ruines como unos son los otros.

© Alfredo Cedeño

http://textosyfotos.blogspot.com/