Opinión

Mis héroes intelectuales (8): Franz Kafka

Aníbal Romero

Leí por vez primera el relato La metamorfosis de Franz Kafka (1883-1924), traducido por Jorge Luis Borges, hace ya buen número de años. Seguí visitando con asiduidad las obras de ambos autores, y gradualmente percibí sus similitudes. Tanto Kafka como Borges tienen la facultad de envolver al lector en una atmósfera irreal, que sin embargo pone de manifiesto una parte sustancial de la experiencia humana. Nunca nos ubicamos del todo en un solo ámbito de la realidad, sino que es usual que nos movamos entre el sueño y la vigilia sin clara solución de continuidad, en medio de jirones de fantasía y trazos de historias vividas en tiempos distintos, que se entremezclan de manera confusa y en ocasiones extravagantes en nuestro presente, atisbando el futuro. Pocos son los que andan sumergidos perennemente en las mismas aguas de la conciencia, caminan siempre sobre los mismos bosques y desiertos, o se deslizan sin tropiezos a lo largo de estáticas vivencias y quimeras. La realidad es un conjuro inasible que no cesa, y ese es quizá la marca más patente de las ficciones kafkianas.

Borges aseveró que “El pleno goce de la obra de Kafka puede anteceder a toda interpretación y no depende de ellas”. Esto es cierto en buena medida, pero tal vez incompleto. Cuando leí inicialmente a Kafka lo hice sin la ayuda de intermediarios, y luego de concluir La metamorfosis, empujado por una enorme curiosidad, abordé sus grandes novelas El proceso y El Castillo. Admito que sentí una mezcla de turbación y fascinación al recorrer estos laberintos de miedo, ansiedad, incertidumbre, ironía y en breves ocasiones lacerante humor.

Como muchos lectores primigenios de Kafka, autor que requiere de recurrentes relecturas, llegué a la conclusión de que los personajes de sus obras son individuos inocentes, sometidos a los rigores de una injusticia tan indiscutible como absurda. No obstante, acuciado por la sed de entender al máximo a un autor que me intrigaba demasiado, desestimé la observación de Borges y busqué algunos estudios críticos, que me aportasen otras llaves de ingreso al universo kafkiano.

Tuve la suerte de toparme muy pronto con el magnífico estudio sobre Kafka del sacerdote católico belga Charles Moeller, estudio que forma parte del tomo III de su reconocida obra en seis volúmenes titulada Literatura del siglo XX y cristianismo. Digo que tuve suerte pues no sólo se trata de un análisis profundo y ponderado, animado por un gran respeto y admiración hacia el logro intelectual de Kafka, sino que además el análisis de Moeller se beneficia de un detallado conocimiento de la famosa Carta al padre, publicada en 1953 varias décadas luego de la muerte de Kafka. Sólo después de leer a Moeller busqué la Carta al padre, que es un potente faro de luz para iluminar a Kafka.

Como bien sostiene Moeller, no pocas interpretaciones de la obra del escritor checo, realizadas antes de la publicación de la Carta al padre, equivocaron seriamente el rumbo al no captar que Kafka se tomaba totalmente en serio la culpabilidad de sus personajes. El famoso “K” de El proceso, el no menos famoso Gregorio Samsa de La metamorfosis, y de nuevo el personaje “K” de El castillo, no son inocentes sino culpables. Y esta verdad crucial, este aspecto clave de la existencia de Kafka, reflejada con intensidad no siempre evidente en sus grandes obras de ficción, se aclara todavía más si leemos otros relatos no menos importantes como La condena y En la colonia penitenciaria. En esta apasionante narración, por ejemplo, Kafka afirma inequívocamente que “la culpa siempre es indudable”. Tal verdad kafkiana, insisto, no me resultó clara al comienzo. Es una verdad a la que llegué paso a paso pero que hoy me resulta prístina.

Comprobar esta verdad fundamental es un imperativo no sólo literario sino también ético, con relación a la obra y la trayectoria vital de Kafka. Lo planteo así pues se le hace una terrible injusticia al autor de La metamorfosis si no apreciamos tanto su aplastante sentido de culpa, como su búsqueda afanosa e infatigable de un camino de redención. En tal sentido, Moeller se cuida de forzar la obra de Kafka dentro de un esquema religioso. No es que tal dimensión, y otras más, no esté de algún modo presente en el conjunto de la obra del escritor checo, pero creo que Moeller acierta al señalar que Kafka ansiaba ante todo nacer a la vida, a la vida en la tierra, a la vida en este mundo, un nacimiento existencial que le había sido bloqueado desde su niñez por la combinación de dos factores: de un lado, el ejercicio de autoridad carente de genuino amor por parte de un padre que en lugar de apoyarle le asfixiaba; y de otro lado el carácter propio de la personalidad de Kafka, quien no fue capaz de tramitar y superar creativamente las relaciones de poder establecidas, pues como él mismo lo escribe, “fui pronto vencido”.

La Carta al padre, que como indiqué antes fue publicada –como la mayor parte de la obra de Kafka— póstumamente, es en mi opinión uno de los documentos más impactantes y conmovedores, más humanamente auténticos que haya producido un escritor de la era moderna. Esa extensa carta, que cabe en un pequeño libro, se une a los Diarios que llevó Kafka entre 1910 y 1923, dando forma a un testimonio imprescindible para la cabal comprensión de una obra que amerita concentrada atención.

En esa Carta, Kafka escribe este párrafo memorable: “…el mundo estaba dividido para mí en tres partes. En la primera habitaba yo, el esclavo, bajo unas leyes creadas exclusivamente para mí y a las que, por añadidura, sin saber por qué, nunca alcanzaba a obedecer del todo; luego, en un segundo mundo, alejado infinitamente del mío, vivías tú, ocupado en gobernar, en dar órdenes y enfureciéndote cuando no se cumplían; y por último existía un tercer mundo donde habitada el resto de la gente, dichosos y libres de órdenes y de obediencia”. Kafka estaba consciente de la posibilidad de una salida mediante la rebelión, pero su sentido de culpa era muy hondo y abandonar la casa paterna era traicionar algo muy recóndito, afianzado en su ser. De todo ello surgen esas novelas y relatos en las que los casi invisibles y transparentes personajes de Kafka se castigan a sí mismos y se convierten en sus propios jueces y verdugos: “Ante ti (el padre) yo había perdido la seguridad en mí mismo, que se convirtió en un permanente sentido de culpa”, leemos también en la Carta.

Por razones obvias, dada su riqueza de matices, la obra de Kafka ha servido de terreno fecundo para toda suerte de interpretaciones sicológicas, sociológicas, antropológicas, religiosas y hasta enmarcadas en la ciencia política y las perspectivas económicas. Ello es legítimo, aunque con excesiva frecuencia varias de tales interpretaciones me lucen incompletas y poco atinadas. En lo que se refiere a Kafka, las fórmulas sicoanalíticas acerca del imperativo de la muerte del padre me resultan desgastadas. Pienso más bien, siguiendo a Moeller, que Kafka rechazó la rebelión convencido de que era una ruta estéril, ya que su propósito, lo que en efecto deseaba lograr, era construir la posibilidad del amor, reconciliarse de algún modo con ese mundo que, en La metamorfosis, le hace convertirse en insecto y cuyos habitantes procuran barrerle a un rincón de la habitación o aniquilarle bajo la suela de un zapato. Toda la paradoja de la vida y obra de Kafka, en el orden de ideas expuesto, se sintetiza al final de su impresionante relato La condena, cuando el personaje central, antes de lanzarse al vacío, exclama: “Queridos padres, siempre os he querido”.

Hay un pasaje en los Diarios de Kafka, correspondiente al 18 de octubre de 1921, que me parece entrañar un rasgo esencial para la adecuada interpretación de la obra. Allí escribe: “Se puede imaginar perfectamente que la grandeza de la vida está al alcance de cualquiera y siempre en su plenitud, pero encubierta, sumergida, invisible, muy lejana. Sin embargo está ahí y no es hostil, ni produce aversión, ni es sorda. Si la llamamos con la palabra exacta, con su justo nombre, viene a nosotros. He ahí la esencia del encanto, que no crea, sino que llama”.

Encuentro algo de especialmente emotivo, turbador e inquietante, en el mejor y más positivo sentido que tales términos puedan abarcar, en esta entrada del Diario. Viniendo de Kafka, a quien abruma una reputación sombría, esas líneas, en las que con facilidad se avizora una alegría que lucha por brotar de modo pleno, abrigan un significado ineludible. Se trata de una esperanza que conquista espacios, supera obstáculos, atraviesa murallas y alcanza ese encanto “que no crea, sino que llama”. Es un pasaje a la vez enigmático y atrayente, que sugiere un mensaje de apertura hacia la vida.

Ojalá haya sido capaz de transmitir en estas notas mi ilimitada admiración por la obra de Franz Kafka, y de igual modo mi respeto por el testimonio de su vida de luchas, no para subvertir sino para acceder sin traumas a ese “tercer mundo” de gentes dichosas y “libres de órdenes y de obediencia”. Como lo expresó en su diario el 25 de febrero de 1912: “Aunque no haya redención, voy a ser en todo momento digno de ella”. Intuyo que en esta frase se encierra todo el secreto de la obra kafkiana.