Opinión

Aproveché los recientes días para leer la Tesis Doctoral que presentó Ismael Rodríguez Vásquez para  optar el título de Doctor en Ciencias, mención Ciencias Políticas en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, Centro de Estudios de Posgrado, de la Universidad Central de Venezuela (Noviembre 2015).

No se trató de una lectura al azar destinada a “matar el tiempo”. Lo hice, sencillamente, en virtud de la agobiante crisis nacional que confrontamos todos los venezolanos. Donde la presencia del estamento militar tiene un rol preponderante en el mantenimiento o modificación de la coyuntura política en que vivimos. Se trata de una cotidianidad exasperante y a la vez inexplicable. La arruga se ha estirado tanto que se encuentra a punto de hacer “trac”.

La tesis en cuestión lleva por título “Institucionalización y reinstitucionalización del estamento militar venezolano 1910-1964”. Se trata de un estudio académico serio donde aborda el comportamiento de la claque militar venezolana a partir de la era republicana iniciada en abril de 1810. La concreción y aspecto fundamental de la tesis se limita desde el año 1910 hasta el año 1964. Por todas aquellas paradojas inexplicables del destino el periplo del cambio sustantivo lo inicia un ex ganadero y financista producto de una revolución triunfante. Convertido en general indiscutiblemente faculto –sin ningún tipo de dudas al respecto- en la gesta iniciada con motivo a la caída del liberalismo amarillo y la posterior consolidación iniciada (Invasión de los sesenta desde la zona aledaña a Cúcuta en la república de Colombia) que culminó con la Batalla de Ciudad Bolívar, donde la oposición armada al régimen fue derrotada. Su fama de guerrero fue debidamente consolidada y reconocida por su jefe y compadre, el también general, Cipriano Castro.

Diríamos entonces que el silvestre ganadero y cultivador fecundo de café se ganó en el campo de batalla las charreteras correspondientes de jefe militar indiscutido. Lo que le permitió convertirse -a su vez- como el amo absoluto de la generosa y amplia hacienda llamada Venezuela. La que manejó y dispuso a su antojo; y le permitió consolidar y usufructuar una riqueza inimaginable para la época.

Juan Vicente Gómez, el alto preboste, propició la creación formal de la Academia Militar venezolana con la única finalidad de formar a los jóvenes oficiales que se convertirían en la columna vertebral del nuevo Ejército. Allí vimos como las primeras promociones egresadas de la Escuela Militar se interrelacionaban dramáticamente con los “generales y otros oficiales (de la “vieja escuela”) llamados coloquialmente, acertadamente, como: “Chopo e’ piedras”. Argamasa muy contradictoria por lo demás. Cuya implosión generó (entre otras cosas) el 18 de octubre de 1945.

El colofón de su tesis de grado culmina con la adecuación del estamento militar venezolano a la emergente conducta republicana y democrática iniciada a raíz del 23 de enero de 1958. Resaltan los pensum de estudio asumidos y la formulación de una novísima doctrina militar adecuada a los tiempos modernos. Respetuosa de la Constitución Nacional; donde se definía, de manera lúcida y acertada, su rol fundamental como parte garantizadora de la aplicación de los principios constitucionales esbozados por aquella constitución. Era, en síntesis, una garantía cierta de que las Fuerzas Armadas Nacionales no se convertirían nunca más en guardianes pretorianos de los inefables caudillos. A quienes se les ocurriera reeditar (en el futuro) todas las viejas conductas atípicas y delictuales por todos conocidas.

El crecimiento y formación intelectual y material del estamento militar patrio fue incrementado de manera determinante en los cuarenta años posteriores al 23 de enero de 1958. Fueron garantes y determinantes en la conservación de la paz republicana con motivo a los levantamientos militares ocurridos (desde la extrema derecha a la extrema izquierda) donde se derramó valiosa sangre venezolana en los novísimos campos de batalla. La Fuerza Armada Nacional era conceptuada, para aquel entonces, como una de las grandes reservas morales, contentivas de inequívoca respetabilidad. Con la que contaba, entre otras, el Estado venezolano.

Así las cosas llegamos a 1999. Los errores cometidos por parte de la mayoría de la dirigencia política del país (incluyendo algunos provenientes de los cuadros militares) hicieron que resurgiera el viejo fantasma de la intentona golpista para enderezar los entuertos. Los golpes de Estado fallidos propiciaron el triunfo de un nuevo y peculiar caudillo militar, por vía electoral. La mayoría de los venezolanos queríamos un cambio radical en las maneras y en los modos propiciados por los últimos gobiernos civiles  que venían ejerciendo su mandato constitucional.

Las falsas expectativas creadas. La incapacidad manifiesta de corregir los vicios y errores en el manejo de la “res pública”; se hicieron patente –una vez más– agravando la crisis económica, social y política de la nación, el Estado y de la ciudadanía y población en general. Los errores de la llamada cuarta república han quedado enanos ante la magnitud de la actual crisis nacional propiciada por los últimos gobiernos “robolucionarios”.

El doctor Ismael Rodríguez Vásquez da comienzo a su enjundioso estudio con un extracto de un texto cuya autoría corresponde al doctor José Rafael Pocaterra (Memorias de un venezolano en la decadencia). Dicho texto, con la venia de mis distinguidos lectores, me permito glosar a continuación:

              “Si esos muchachos de los cuarteles parasen mentes en el papel que les corresponde y no en el que le asignan “los jefes” –generalmente iletrados, barbaros, chabacanos, que gozan de la jefatura porque son los “hombres de confianza”- en veinticuatro horas quedaría resuelto el problema de Venezuela, sin sangre ni conmociones, ni peligrosas reviviscencias … Algunos suponen que de los cuarteles jamás pudo ni podrá salir la libertad … Pueden que tengan razón esos; no obstante yo, desconfío más de la selva que del cuartel”.

La gravedad de la crisis es suficientemente conocida. ¡Hasta por los más lerdos” Las horas son cruciales. Las expectativas son todas ciertas a ser cumplidas y penden sobre Venezuela como una “espada de Damocles”. El presidente interino ha venido ejecutando algunas acciones políticas puntuales inobjetables. Ha designado representantes suyos ante diversos gobiernos extranjeros. También ante órganos multilaterales. De igual modo ha venido delineando algunas líneas maestras que tienen que ver con la coyuntura. Dos de ellas me hicieron reflexionar –aún más– sobre el tema tratado en este escrito. Es decir, el preponderante papel a jugar por parte del estamento militar venezolano. También la probable solicitud de amparo internacional a nivel militar.

De igual modo tengo la opinión que ha soslayado -en la praxis- una herramienta fundamental en toda lucha cívica. Me refiero al indiscutible rol -en época de crisis- de las denominadas huelgas o paros escalonados por un determinado lapso. Hasta concluir, de ser necesario, en la declaratoria o llamamiento a la Huelga General o Paro General indefinido. Este eficaz instrumento de lucha constituye, sin duda alguna, el elemento de presión idóneo y adecuado con que cuenta la ciudadanía para hacer valer sus derechos conculcados. Hasta ahora –inexplicablemente– no lo ha hecho y solamente ha hecho sentir la presencia combativa -aunque esporádica- en la calle de la ciudadanía mediante dos multitudinarias manifestaciones populares (marchas, mítines, cabildos, o como quiera denominárseles) reprimiendo, de algún modo, el acerado espíritu combativo del pueblo que está dispuesto -sin mayor prédica- a patentar el rechazo al oprobio.

“El ejército es el pueblo en armas”, reza un vetusto dicho. Es el pueblo uniformado con las armas en la mano. Sea propicia también la ocasión para reproducir, por lo pertinente, el artículo 328 de la Constitución Nacional:

               “La Fuerza Armada Nacional constituye una institución esencialmente profesional, sin militancia política, organizada por el Estado para garantizar la independencia y soberanía de la Nación y asegurar la integridad del espacio geográfico, mediante la defensa militar, la cooperación en el mantenimiento del orden interno y la participación activa en el desarrollo nacional, de acuerdo con esta Constitución y la ley. En el cumplimiento de sus funciones, está al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna. Sus pilares fundamentales son la disciplina, la obediencia y la subordinación. La Fuerza Armada Nacional está integrada por el Ejército, la Armada, la Aviación y la Guardia Nacional, que funcionarán de manera integral dentro del marco de su competencia para el cumplimiento de su misión,  con un régimen de seguridad social integral propio, según lo establezca su respectiva ley orgánica”.

Pienso que la FAN se encuentra a tiempo de “auto componerse” por todas las imposturas cometidas. Si no lo hace de manera perentoria; en el futuro ya muy cercano, habrá la necesidad de rediseñar la estructura global, doctrina y función de la Fuerza Armada Nacional en la Venezuela del siglo XXI. El desenlace de la crisis (en sus diversas opciones) es inminente. Hace días el ex presidente uruguayo José (“Pepe”) Mujica pronunció unas palabras aleccionadoras, sobrecogedoras y expectantes. Las traigo a colación no porque sean originales o expresen algo nuevo (Ya que muchos pensamos lo mismo). Lo hago en virtud de la  seriedad de quien las emite y su cercanía política con Maduro y su Combo. La indiscutible probidad ideológica y honestidad política y personal que posee no es motivo de discusión. Palabras más, palabras menos dixit: “Los Estados Unidos de América están dispuestos a intervenir militarmente en Venezuela (con otros aliados, agregado mío) si las condiciones así lo ameritan”.

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