Opinión

Mientras esperamos a los marines

El gobierno de Nicolás Maduro avanza cada vez que puede y lo dejan. Cuando la autopista está libre enfila por el canal rápido y acelera al máximo. Solo se detiene cuando encuentra algún obstáculo, si no lo hay sigue y sigue. Ya tenemos experiencia con eso, lo que pasa es que no terminamos de aprender y repetimos los mismos errores una y otra vez.

Todavía tenemos reciente cómo entregamos la Presidencia de la República, y cómo después le dimos en bandeja de plata al chavismo las gobernaciones y alcaldías. La inacción no nos llevó a nada, simplemente se profundizó la crisis, ha habido más presos políticos y el régimen ha cometido los desmanes que ha querido sin ningún contrapeso interno. Lo podemos discutir, pero nadie me rebatirá que Maduro y su combo han hecho lo que le ha dado la gana aquí adentro y que estamos peor que hace un año.

Fíjense por ejemplo en el Zulia. Allí unos señores que deberían desde hace rato quitarse el nombre de gobernantes destruyeron lo que quedaba de un estado otrora pujante. Esa entidad es un peladero de chivo. La capital, Maracaibo, es una ciudad desolada, apagada, triste, similar a las que vemos en las películas del Lejano Oeste, porque incluso en materia de inseguridad la cosa está candela.

El último capítulo ha sido el de la gasolina. Las colas en estados como Aragua y Carabobo son kilométricas. Para ser surtidos se requieren entre 8 y 10 horas, y en muchos casos los militares que resguardan las estaciones de servicio, dándoselas de vivos y aprovechándose de la gente, cobran en dólares para dejar que pasen los más urgidos o aquellos que no quieren calarse las largas filas.

Por eso, al margen de que esperemos que lleguen los marines o creamos que Donald Trump y la Unión Europea van a mover cielo y tierra para rescatar la democracia en Venezuela, debemos mostrar los dientes. Solo la protesta puede hacer que Maduro y compañía sientan que no tienen la vía libre para hacer lo que les da la gana, que queda una reserva moral que quiere rescatar la democracia.

No podemos cansarnos, lo que nos toca es resistir, pues la otra opción es que nos quedemos tranquilitos en la casa, pasando calamidades, o que agarremos nuestros macundales y nos sumemos a los venezolanos que se han exiliado.

Les digo esto muy consciente de que la oposición venezolana no es la mejor del mundo y que tengo mis diferencias marcadas con alguna dirigencia que no sé muy bien a lo que juega. Aún así, la protesta, la queja, el reclamo, el disentir, incluso cacerolear, salir a la esquina a mostrar el desacuerdo es lo único que nos queda.

Los ciudadanos comunes no tumbamos gobierno, no hacemos alianza con militares ni damos golpes de Estado. Tampoco conspiramos. Pero sí protestamos, criticamos y no nos calamos las cosas porque sí.

Hagamos nuestro trabajo y dejemos que la diplomacia haga el suyo. Que el mundo sienta que los venezolanos no nos conformamos con esta calamidad que estamos viviendo.