Opinión

Microteatro del horror

En Madre una casa es la metáfora del mundo a la deriva. Tema recurrente del género. El terror psicológico descansa sobre los cimientos de mansiones encantadas.

El hogar devora a los miembros del reparto, los impele a cometer actos de criminalidad, los embruja, los posee, los domina y los excreta.

Por tanto, la nueva cinta del polémico Darren Aronosfky vendría a ser el reverso patológico y espeluznante de la almidonada El castillo de cristal.

El filme nace de un deseo de provocar, de detonar ideas en la mente del respetable.

En general, los actores cumplen con el cometido de interpretar las líneas del guion, supuestamente redactado en una semana. Sin embargo, la tesis cerrada de la obra limita el desarrollo de los personajes.

Cada protagonista lleva impresa la marca de un estereotipo. El marido invita a unos extraños problemáticos para recuperar la inspiración perdida y volver a escribir.

Javier Bardem interpreta al esposo de manera convincente. Lo mismo ocurre con el papel de Jennifer Lawrence. Ella derrocha oficio, pero el texto la aplana. Se mostrará sumisa y obediente de principio a fin. Reaccionará demasiado tarde, despertando suspicacias y conjeturas.

La mujer recibe el castigo de una mártir a lo Juana de Arco del milenio. La humillan, la golpean y la linchan. La violencia gratuita caricaturiza, deshumaniza y convierte en espectáculo el dolor ajeno. Al cebarse en la chica, normaliza la circulación banal de videos de acoso doméstico. Según la lectura feminista, Madre complace el fetichismo de la mirada misógina.

Literalmente, el acto creativo del macho se cierra en la destrucción de una víctima. Usted puede inferir cualquier cantidad de teorías. La brocha gruesa del realizador no deja lugar a la duda. Aun así, formulamos la interrogante: ¿se desnuda o se justifica la estética fascista, tan cuestionada por Susan Sontag? Esperamos sus respuestas en el foro de comentarios.

En último caso, el hiperrealismo de la pornotortura absorbe a destiempo las secuelas del extremismo francés (Inside), los efectos del dogma 95 (Lars von Trier de Dancer in Ther Dark a Dogville) y la brutalidad del gore norteamericano.

Desde ahí la película hace explícito el subtexto. El metraje procede a machacarlo, triturarlo y exponerlo en la pantalla grande. El ciclo de la vida, el factor fama, el amor líquido, el vacío existencial, la enfermedad, el fanatismo, el contagio, el darwinismo social, los conflictos de pareja, la guerra y las plagas de la Biblia en el ocaso de la civilización son algunos de los tópicos al uso explorados por el libreto.

La pátina conservadora cosifica a la dama en aprietos. La redime en el proceso de dar a luz. Moraleja retro.

Aronofsky busca dialogar con la gravedad dramática de Dreyer, Bergman, Buñuel y Mallick. Rueda una tragicomedia surrealista y posmoderna, derivada de los cautiverios apocalípticos de Night Shyamalan. El absurdo y el grotesco de Madre comparten el imaginario del cautiverio y la demencia de títulos recientes como Split y The Bad Batch. Aunque en honor a la verdad, el humor no es el fuerte del autor.

Sí resulta incontestable la puesta en escena. La fotografía en 16 mm logra transmitir el clima tóxico e irrespirable del relato, a través de un grano documental. El perfil de no ficción disminuye a cero los compases de la música y aumenta los volúmenes del diseño sonoro. Los colores opacos definen una paleta tenebrista y gótica.

La acción redunda en el tópico de la invasión de la morada, mediante la introducción de dos segmentos análogos, apenas diferenciados por la cantidad de figurantes. La capacidad de síntesis no es una virtud de la industria en la actualidad.

Madre resume el cine ambivalente y accidentado del Aronofsky contemporáneo. Despierta debates encarnizados. Sintetiza el tormento de la globalización furiosa, distópica y apocalíptica. Habla de las pesadillas locales y universales. Ante las calamidades descritas, ofrece alternativas y soluciones neuróticas y misantrópicas de manual, disfrazadas de alarmismo trascendente. En el fondo es reduccionista y simplista, como el diseño gráfico de su poesía kitsch. Le cuesta sentir empatía por sus villanos de Microteatro. Existe otra realidad fuera de su espacio clausurado.