Opinión

Mentira, poder y odio en Venezuela

Mentira y poder se han fusionado en Venezuela a unos extremos que sobrepasan cualquier previsión. La mentira y el ejercicio del poder se han vuelto indisociables en nuestro país. Mentir equivale a respirar: es uno de los dos mecanismos –el otro es reprimir– que permite al régimen seguir con vida.

Mentir ya no tiene un carácter instrumental, es decir, Maduro y su gobierno no mienten de forma esporádica o en unas determinadas ocasiones. Tampoco mienten de forma parcial, sacando provecho a medias verdades. No exagero cuando digo que mienten sin límite de tiempo y espacio: el poder venezolano es una fábrica de falsedades que trabaja los 365 días del año, las 24 horas. Mienten en todas partes. No se detienen nunca. Mienten ante las pequeñas cosas y, también, ante las más evidentes e inocultables realidades. El poder venezolano ha escenificado la vieja premisa de que la mentira tiene una capacidad de mutar que no se agota nunca.

Mienten con tanta recurrencia e intensidad que la mentira se ha vuelto constitutiva. Se ha convertido en la naturaleza del régimen. Mentir es su modo de pensar, su lenguaje, su modo de relacionarse entre ellos y con los demás. Mentir es su modo de percibir y entender el mundo real. Y, como ya sugerí antes, es uno de sus dos modos primordiales de actuar: u ordenan reprimir –insultar, amenazar, golpear, gasear, detener, secuestrar, torturar, herir, enjuiciar o matar– o lanzan y repiten mentiras, de forma específica o bajo la modalidad de campañas. Veamos.

Algunos de los usos más reiterados de la mentira son los siguientes. Uno: mienten sobre sus objetivos. Quizás el más emblemático ejemplo sea el de “ahora Pdvsa es de todos”, que generó una cantidad incalculable de discursos que ocultaban lo que debe ser el más cuantioso robo de los recursos de una corporación que se haya producido en la historia mundial de las empresas. Dos: estas prácticas demagógicas, de eslóganes y campañas sistemáticas se han prodigado en la totalidad de las áreas y las organizaciones del Estado: en las empresas básicas, en la salud, en la educación, en puertos y aeropuertos, en el Saime, en el Seniat, en las instituciones culturales, en la FANB y donde se quiera. Todo ese palabrerío conquistó las expectativas y la necesidad de creer, durante algún tiempo, de una parte de la sociedad venezolana. Hasta que, una a una, todas las mentiras cayeron aplastadas por el poderío de los hechos, por lo incontestable del fracaso y de la destrucción.

Tres: sistemáticas han sido las mentiras sobre los resultados de la gestión. El poder venezolano no logró nunca resolver los dramas sociales, no logró mejorar la productividad de Pdvsa, no logró operar los servicios públicos –hoy, inoperantes, en ruinas o a punto de colapso–, no logró ni un solo beneficio de las fincas y empresas que expropió –hoy devenidas en tierras y galpones sin valor–, no logró cambiar el destino de las familias pobres de Venezuela, ni bajar los índices de la delincuencia, ni reducir las tasas de mortalidad y morbilidad, ni mejorar la calidad de la educación, ni mucho menos proteger las fronteras venezolanas, ya que escogió aliarse con grupos narcoguerrilleros y bandas de delincuentes que controlan la frontera.

Cuatro: una de las especialidades –práctica que tiene en Stalin y en Mao sus dos figuras más inspiradoras– ha sido y es la de inventar expedientes, conspiraciones y supuestos planes en contra del gobierno o de sus jefes. Estas acusaciones son, en sí mismas, temerarias: no les importa que carezcan de lógica, de viabilidad, de sentido o de conexión alguna con la realidad. Se formulan, aunque su credibilidad sea igual a cero, para así abrir el cauce a las acciones represivas de entidades como el Sebin, la DGCIM, la FAES y otras.

Cinco: asociada a lo anterior, otra de las corrientes predilectas del régimen: culpar a terceros –a los escuálidos, a la burguesía, al imperialismo, a Álvaro Uribe, a Mariano Rajoy, a Donald Trump, a los medios de comunicación, a Julio Borges, a los dirigentes opositores, a Luis Almagro, a la Iglesia, a Fedecámaras, a Cáritas, a las universidades o a quien sea– de sus errores y omisiones, de la absoluta e indiscutible responsabilidad que tienen en el diseño y ejecución de la inmensa crisis que vive Venezuela.

Seis: que mentir es un sistema, que se opera con lineamientos y métodos de propaganda, lo revela que el régimen no reconoce la realidad. Habla, con desparpajo inconmovible, para negar los hechos, para negar las más terribles y dolorosas realidades del país. Dicen: No hay un éxodo masivo, no hay presos políticos, no hay torturados, no hay hambre, no hay epidemias, no hay una catástrofe sanitaria, no hay represión, no hay contrabando de gasolina, no hay escasez de alimentos, no hay impunidad, no hubo fraude electoral, la ANC es legítima, etcétera. Todos son inventos de los enemigos de la revolución, como los listados en el punto cinco.

Podría seguir añadiendo más y más variantes de los modos de mentir de Maduro, Cabello y demás jerarcas del régimen (una variante que merece un estudio es la de “hacerse el loco” con respecto a lo que ocurre en el país, que es la modalidad preferida de Padrino López: mientras el país se hunde en la miseria, él publica tuits dedicados a las más inútiles efemérides patrioteras). Pero antes de cerrar este artículo quiero referirme a una cuestión de fondo: la mentira como método de encubrir el verdadero vínculo que el poder venezolano tiene con la sociedad.

Sostengo lo siguiente: la vastedad, la recurrencia y la diversidad del sistema de mentiras que gobierna a Venezuela tiene un propósito fundamental: ocultar en qué consiste el sentimiento, la visión que el poder tiene de la sociedad venezolana. Lo medular es que Maduro y su banda odian el país, odian a los venezolanos, odian a las familias, odian las instituciones, odian las leyes. En síntesis: odian la vida. Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez, Delcy Rodríguez, Mario Silva, Pedro Carreño y tantos otros voceros del odio, no son excepcionales: son la medida, el promedio, la expresión neta de un poder que, mientras más arrinconado está, más odia. A medida que se van quedando solos –son miles y miles los funcionarios y supuestos dirigentes del PSUV que han huido del país en los últimos meses–, a medida que crece el consenso mundial de que el régimen debe acabarse, a medida que los expedientes crecen y las denuncias se multiplican, el odio crece. Porque, al igual que ocurre con las personas, de tanto y tanto mentir, en el régimen no queda sino esa materia oscura e insaciable que es el odio. Ese es el odio que no se detiene en la destrucción del país, es el odio que los venezolanos estamos en la obligación política y moral de vencer lo más pronto que sea posible.