Opinión

Mejor que un Silicon Valley

Rafael Palacios

La opinión de

Si algo podría claramente definir la brecha científica y tecnológica entre los países industrializados y los países de América Latina es la falta de “visión nacionalista” de estos últimos a la hora de abordar los asuntos de la ciencia. Nacionalismo este que no debe entenderse como la pura actuación del Estado por defender su soberanía o su derecho a la autodeterminación. Se trata, más bien, de un nacionalismo que se corresponde con la facultad de un país de poder pensar y avizorar inteligentemente la innovación. Y si algo caracteriza a los países latinoamericanos es su "enamoramiento" por los países industrializados y por el éxito alcanzado por ellos en el campo de la ciencia y la tecnología. No tan bueno resulta su convencimiento de poder transplantar al interno enfoques de innovación exitosos.

Al Silicon Valley lo distinguen muchas cosas; lo distingue su arquitectura de conocimiento y tecnología para atender la demanda y el capital de conocimiento; y lo distingue su capacidad de innovar amarrada tanto de la dinámica del capitalismo mundial como de la dinámica que experimenta el cambio tecnológico. El Silicon Valley es una plataforma de conocimiento mundial que, con los productos que allí se han desarrollado, ha sido capaz de cambiar la vida de millones de personas. Esto se observa por ejemplo desde Facebook o Google hasta la nueva red de transporte "Uber", que con apenas 8 años ha recaudado más de 16.000 millones de dólares.

Un Silicon Valley en América Latina luce inalcanzable. No obstante, algunos países de la región continúan empecinados en utilizarlo como referencia, y así demostrar lo que un país debiera ser y hacer en el campo de la innovación.

Bastaría solo con hacer un poco de memoria: En la década de los ochenta del siglo pasado algunos países de la región, después de haber visto lo que ocurría en el Silicon Valley y en otras partes del mundo, comenzaron a avizorar una política de los parques tecnológicos y, en consecuencia, procedieron a invertir sumas incalculables de dinero para construirlos. El resultado al día de hoy es que la mayoría de estos proyectos no fueron concluidos; no llegaron siquiera a cubrir más de 30% de los terrenos inicialmente asignados para la creación de empresas de base tecnológica.

Pero esto es apenas un ejemplo del fracaso de la política científica y tecnológica latinoamericana. Y es también una evidencia de la mala práctica de pretender transportar enfoques internacionales para la producción y utilización de conocimiento científico, en lugar de "nacionalizarlos"; comprendiendo y adaptando los instrumentos políticos, estratégicos y organizativos contenidos en esos mismos enfoques. Todo apunta a reafirmar que los diversos procesos de transferencia de tecnología internacional se conforman en uno de esos instrumentos que definen el potencial de éxito de un país para generar mayor capacidad de innovación.

Por lo tanto, la diferencia entre enfoque e instrumentos de política es abismal, y genera un nuevo relato de la política de innovación en la región. Adicionalmente, esta diferenciación marca la distancia entre esfuerzos y éxitos de un Estado, a la hora de desarrollar una economía con base en la investigación científica y tecnológica.

También resulta irreal y contraproducente transportar enfoques internacionales de innovación en una región donde la inversión en investigación y desarrollo apenas oscila entre 0,23% y 0,60% con algunas excepciones, como es el caso de Brasil (cerca de 1%) o cuando el promedio de los esfuerzos de investigación y desarrollo medida por sectores económicos difícilmente supera 30% y la tasa de innovación promedio no alcanza 23%. En América Latina la vinculación efectiva entre la industria y la universidad se calcula cuando mucho en 20% aproximadamente, siendo el 80% restante lo que caracteriza la desconexión entre la demanda y la oferta de conocimiento.

Este panorama obliga a replantear la visión de la política de innovación. Y es por ello que las universidades y los centros de investigación nacionales debieran ser la arquitectura de conocimiento por excelencia para implementar nuevos instrumentos de política de innovación. Es allí donde el Estado debiera centrar todo el conjunto de esfuerzos y generar una base fundamental de capacidades de innovación. Es desde estas instituciones donde es posible implementar una política nacional de conocimiento más eficaz estableciendo una estrategia unidireccional: primero, creando capacidades de dominio de conocimiento y luego atendiendo la demanda estructural de ese conocimiento. Y no al revés.

Inventar en modo Silicon Valley es un error que cuesta hasta la mitad de lo que significa una generación.