Opinión

Lo mejor es lo que pasa

Es común decir o escuchar la expresión que sirve de título a nuestro artículo de hoy cuando queremos darnos ánimo en momentos en que experimentamos una situación difícil o negativa. Creemos que ello es producto de la vulgarización de lo que, con infinita más sabiduría, se dice en el Eclesiastés (3:1-8): “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora (…) tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar (…); tiempo de guerra, y tiempo de paz”.

Viendo en perspectiva el proceso “revolucionario” liderado primero por Hugo Chávez y ahora por Nicolás Maduro, considero muy positivo que el desenlace final se produzca en el actual estado de tan nefasto régimen. Veamos esto con más detenimiento, haciendo un repaso sumario de lo acontecido en el país desde la segunda presidencia de Rafael Caldera.

Cuatro figuras coparon la escena durante la campaña electoral que se escenificó a lo largo de 1993: Caldera, Claudio Fermín, Oswaldo Álvarez Paz y Andrés Velásquez. El primero, después de construir la “obra de su vida” (el partido Copei), en el otoño de su vida fundó un partido más calderista que el primero (Convergencia). Este nuevo partido, producto de la antipolítica, se alió al Movimiento al Socialismo (MAS) y un largo número de pequeñas agrupaciones también de izquierda –dando así forma a lo que el propio candidato bautizó como “el chiripero”– para participar en las elecciones del 5 de diciembre del año antes mencionado.

El día pautado los venezolanos hablaron: Caldera obtuvo 31,3% de los votos; Fermín se alzó con 23,4%; Álvarez Paz tuvo que conformarse con 21,9% y Velásquez obtuvo un impresionante 21%. Los votos a favor de Caldera y Velásquez fueron un claro indicador de que el país comenzaba a mirar más hacia la izquierda.

Tan pronto el nuevo presidente inició su gestión, el ambiente se vio impregnado por el clamor popular que demandaba la clausura del Congreso Nacional, tal y como lo había hecho el presidente Alberto Fujimori en Perú. El presidente, sin embargo, sopesó las implicaciones que tal medida podía tener en su imagen histórica como demócrata y figura fundamental del Pacto de Puntofijo. De ahí su decisión de acordar con Luis Alfaro Ucero, jefe de AD, un modus vivendi que asegurara a su gestión el respaldo necesario del principal partido opositor en el Congreso.

Hacia finales del mes de marzo, Caldera toma la decisión de dar su caramelo a los grupos de izquierda que lo apoyan: procede a sobreseer la causa a los militares golpistas del 4 de febrero, aunque con ello se cubría con el manto de la impunidad a Chávez y los demás responsables de las cuantiosas pérdidas materiales ocasionadas y de los 20 muertos que se produjeron durante el levantamiento en cuestión, sin contar las 165 víctimas de la asonada del 27 de noviembre del mismo año, en la cual también tuvieron participación.

Cinco años después, en las elecciones presidenciales que se celebraron el 6 de diciembre de 1998, Hugo Chávez obtuvo 56,45% de los votos. Fue el gran beneficiario de la tesis de la antipolítica que se sembró en el país a partir de 1990 y las sucesivas crisis económicas que se produjeron desde 1983. De inmediato el Congreso, la Corte Suprema de Justicia, la oposición y los máximos representantes de la Iglesia Católica fueron objeto de sus desaforados ataques y cuestionamientos.

Curiosamente, ese estilo de gobernar entusiasma a sus seguidores del “bravo pueblo”, quienes le manifiestan su “respaldo” con la aprobación de la nueva Constitución, el 15 de diciembre de 1999, aunque para ese propósito solo concurrió 46% del electorado, del cual 71,2% votó a favor. De manera que dicha Constitución fue apoyada por tan solo 30% de los electores.

Poco después, en las megaelecciones que se celebraron a finales de julio de 2000, conforme a la nueva Constitución, Chávez es reelegido presidente con el apoyo de 3.757.000 electores (59% de los sufragios válidos). Junto con el triunfo se acrecienta su intolerancia y, como resultado, el país se divide en 2 mitades que se repelen. En ese momento comienza su enfrentamiento con los técnicos y ejecutivos de Pdvsa. Para el líder de Sabaneta era fundamental controlar dicha empresa, a fin de llevar a cabo las políticas populistas del nuevo gobierno.

El 7 de abril de 2002, Chávez rompe los moldes de la sensatez. Por cadena nacional de radio y televisión procedió a despedir, entre burlas y risas, a siete importantes ejecutivos de la industria, amenazando al resto de los altos funcionarios con “rasparlos a todos”. Ocurrió entonces lo que tenía que ocurrir: los trabajadores petroleros mordieron el anzuelo y paralizaron la mayor parte del complejo industrial. En paralelo, Chávez movía las fichas para transformar la Fuerza Armada Nacional en el brazo armado de la revolución. Fue inevitable que dentro del cuerpo armado comenzaran a sentirse las voces de inconformidad.

Esas aguas turbias trajeron los lodos del “11 de abril”. En la madrugada del día siguiente, el general Lucas Rincón anunció al país que Hugo Rafael había aceptado renunciar a su cargo de presidente de la República. Lo que vino después fue un forcejeo tragicómico muy mal manejado por Pedro Carmona Estanga, lo cual puso de manifiesto la desunión del sector opositor y el apoyo que todavía tenía Chávez dentro del sector militar y el pueblo receptor de sus dádivas. En esas condiciones el sector democrático estaba fuñido y mal. La gran obra de teatro que se montó terminó en ruin sainete.

Poco antes de la muerte de Chávez empezó el despeñadero económico del país. La corrupción, el mal manejo de los enormes ingresos petroleros y la destrucción del sector productivo privado y público comenzaron a pasar sus facturas. La muerte del líder carismático se produjo cuando el barco comenzó a hacer aguas. A Nicolás Maduro le tocó dirigir la nave averiada pero fue incapaz de hacer los arreglos y cambios necesarios. Poco a poco el deterioro se hizo presente en todos y cada uno de los rincones del país. Junto con eso, el apoyo al gobierno revolucionario fue mermando hasta lo que es hoy: apenas 15% de los electores. Eso y solo eso explica la indisposición del dictador para participar en unas elecciones transparentes y debidamente supervisadas.

Y de repente, por arte de magia, cuando corrían lanzas los justadores de la oposición, surgió Juan Guaidó, un líder joven que nadie tenía en la mira y que súbitamente logró lo imposible: unir al país democrático en un solo bloque y lograr el firme apoyo de la comunidad internacional. En ese estadio nos encontramos al día de hoy, con una revolución convertida en una brizna de paja en el viento. Sin duda, lo mejor es lo que pasa.

@EddyReyesT