Opinión

“Más temprano que tarde”

Carlos González Nieto

La frase es una de las favoritas del ñangarismo latinoamericano: “Más temprano que tarde”. Su origen podría ser tan incierto como el de cualquier otra locución adverbial, pero en el caso de la “izquierda” del subcontinente tiene fecha, lugar de nacimiento y padre conocido. “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Así se dirigía Salvador Allende por última vez al pueblo chileno, el 11 de septiembre de 1973, poco antes de que un golpe de Estado le pusiera punto final a su gobierno y a su vida.

Desde entonces la frase ha fluido por “las venas abiertas de América Latina” para enquistarse en el acervo discursivo de tirapiedras, quemacauchos, saltimbanquis y demás bichos de uña que solo parecen existir para declararles la guerra a los demás. Individuos que, cuando llegan al poder, encarnan al hombre nuevo de la falsa utopía socialista: nuevo rico, nuevo fascista, nuevo tirano. Y que, a falta de una épica propia, la fabrican y moldean con sentencias prestadas; un fraseario prêt-à-porter para toda ocasión.

Mientras Allende pronunciaba aquellas palabras estertóreas, el actual dictador y sátrapa de Venezuela no había cumplido aún los 11 añitos. Tal vez ni soñaba con su futura ideologización e iniciación en el fasciocomunismo, de la mano de los Castro, y tenía todavía por delante una carrera de crímenes de toda laya. Lo que sí es seguro es que, en algún momento de su “proceso”, quedó prendado del líder chileno. Hace poco, en una de esas “cumbres” casi diarias que realiza con motivo de cualquier cosa, presentó a un político austral, que asistía en representación de “todo” el pueblo de Chile, y aprovechó para gritar, henchido y trémulo: “¡Viva Allendeee!”.

El 16 de diciembre de 2016, encabezando la graduación de unos 300 MIC (matasanos integrales comunitarios) de la Escuela Latinoamericana Salvador Allende, le dijo a Mauricio Macri desde Caracas, con una estatura de estadista inversamente proporcional a la estatura de su cuerpo: “Oligarca, ladrón y cobarde, el pueblo argentino se encargará de ti, más temprano que tarde, y te secará [sic]”. Ya había apelado a la locución de marras el 5 de julio: “Venezuela va a vencer en este año 2016. Más temprano que tarde llegará la victoria definitiva sobre amos y capataces” (tal vez un guiño a las desastrosas reformas de Allende), y, “más temprano que tarde”, habría de seguir con la bendita muletilla.

El 1° de octubre de 2016: “Más temprano que tarde rescataremos la mayoría de la Asamblea Nacional”. El 17 de diciembre: “Más temprano que tarde llegará la hora en que el pueblo, constitucionalmente, disuelva la Asamblea Nacional”. El 26 de diciembre, hablando de los miembros de la MUD: “Más temprano que tarde, una vez más, los veré sentados frente a mí”. Y el 9 de marzo de este año, recapitulando por enésima vez en su obsesión troglodita por el Poder Legislativo: “Más temprano que tarde tendremos la dicha de recuperar la Asamblea Nacional”.

Es mucho más que un ritornelo retórico. En esa constante evocación nostálgica del estrepitoso fracaso del marxismo a la chilena y sus hurras a Allende –hasta los CLAP son el eco patético de las JAP (juntas de abastecimiento y precios en el Chile de aquel periodo)–, se plasma una vez más uno de los vértices del patuque chavista, que no logra enmascarar su criminalidad por mucho que tenga visos ideológicos: la retrogradación, el reaccionarismo, el anquilosamiento, la involución hacia las antípodas del tiempo, en la que Allende es apenas una escala en el trayecto a las montoneras del siglo XIX y más allá, rumbo a la oscuridad de las cavernas. Socialismo o muerte. Es decir, muerte.

Aquel 11 de septiembre de 1973, en su misma última alocución bajo fuego, Allende dijo, además, con la premonición de quien presiente o ha decidido el final del fin: “Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que por lo menos será una lección de moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”. No deja de haber idealismo o romanticismo en la inmolación de quien sueña con una sociedad mejor, fraguada por hombres libres que marcharán por grandes alamedas. Idealismo del que carece la dictadura venezolana, casta de malandros cuya única ideología es el saqueo y el exterminio y para la que no hay “lección moral” posible.

Allende en sus últimos momentos, que se sepa, era la cabeza de un desastre, pero no el cabecilla de un Estado delincuente; sus familiares no usaban las conexiones del poder para el tráfico de drogas ni sus milicos le entregaron la soberanía de su país a otro país. Apropiarse de sus consignas románticas y utópicas, cuando se está condenado irremisiblemente a no protagonizar ninguna narrativa personal, ningún heroísmo, ninguna buena acción siquiera, solo denota el vacío –uno más– de una mente indigente. Lo único que hermana al usurpador con Allende es el horror socioeconómico de todos los comunismos. La cuadrilla de gorilas uniformados que lo apuntalan a conveniencia –monigote necesario pero nada imprescindible–, sin necesidad de sorpresivos pinochetos, ya manda de facto.

Tal vez el dictador ignore que todas esas proclamas que salen de su boca, burda imitación de su ídolo sureño, rebotan en la monstruosidad del caos que reina y se le devuelven como su propia antítesis. “Más temprano que tarde”, como cantaba Pablo Milanés –ese otro ñángara cómplice de déspotas– en homenaje a Allende, “renacerá mi pueblo de su ruina y pagarán su culpa los traidores”. Es lo que le dicen los dolientes de Venezuela, cada día y señalándolo con el dedo, a esa impostura humana, fraudulencia hecha persona que es nuestro tirano.

La suerte de estas hordas tan malignas ya está echada y, aunque sigan detentando el poder “como sea”, la historia no las absolverá porque las bestias no tienen absolución.