Opinión

Más claro, el agua

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en una conferencia desde la Universidad Internacional de Florida, a las afueras de Miami, con miembros de la colonia venezolana, señaló que acompañará a Venezuela hasta que recupere su libertad. El discurso ofrecido el lunes 18 de febrero de 2019, pasará a la historia por lo sorprendente: sin decir nada nuevo dijo todo un mundo. Sin duda, generó rabia en los comunistas notorios o subyacentes, los Castro, funcionarios fanáticos, y especialmente, entre cómplices, testaferros y colaboradores. Aún más, afincó la preocupación en el madurismo, en su inevitable proceso de hundimiento.

El pueblo de Venezuela está de pie por la libertad y la democracia, los acompañaremos hasta recuperarla, se acabará la dictadura y no habrá vuelta atrás, se fortalecerá la esperanza que se hará aún más sólida en los que sueñan con el regreso de la democracia y la libertad, luchando con valentía y coraje a diario por hacerla realidad.

La alocución del presidente Trump no fue una arenga de amenazas y advertencias. Fue muchísimo más. Fue una toma de posición. Un compromiso ante el mundo, la región latinoamericana y los estadounidenses. Un aviso claro y sin tapujos: frenar y sacar el comunismo de Venezuela primero, de Cuba y Nicaragua seguidamente. Así de simple y directo, tan contundente como que Estados Unidos no es ni será comunista.

Sin aspavientos ni florituras idiomáticas, con pausas para que las ideas no solo fluyeran, entraran, sino que penetraran y se asentaran.

Fue cuidadosa y emocional la presentación de la madre de Oscar Pérez –a quien ciertos opositores desestimaron e incluso se burlaron de ella–, no solo la llamó y ayudó a subir al podio sino que animó para que se dirigiera al público, a los millones que estábamos pendientes y escuchamos decir esa pavorosa realidad del régimen sobre la sangre derramada y el asesinato, la ruina de la familia y muerte violenta no solo de un hijo, masacrado en espectáculo público, sino de dos. Y dio también la explicación sobre la historia de David Smolanski, ex alcalde de El Hatillo, refugiado en Estados Unidos, cuyo abuelo debió escapar del comunismo feroz de la Unión Soviética para salvar la vida, y cuyo hijo, padre del dirigente venezolano, debió huir de otra tiranía, la castrista en Cuba. Y ahora le toca a la tercera generación salir al exilio para que no la asesinen en Venezuela. Pero, precisó Trump, con una notable diferencia: David, a diferencia de su abuelo y de su padre, sí podrá regresar a su patria liberada del socialismo asesino y represor.

Donald Trump no dejó la más mínima duda sobre cuál es el camino marcado. Poco importa si lo hizo por motivaciones electorales en Florida, o porque lo piensa en su mente de empresario imperialista, o si  es debido a que lo único que le interesa, como asegura el oficialismo, es la riqueza del suelo venezolano. Lo que cuenta es que lo dijo y el mundo lo escuchó decirlo. Sin disimulos. Sin abstracciones. Venezuela conoce la hambruna y el desespero, pero podemos ver que ya está amaneciendo.

Lo expresó de manera clara, sencilla y martillada, para que nadie se quedara sin entender. Y un detalle que llama mucho la atención. Quien lo presentó no fue un portavoz ni un dirigente local, fue su bella esposa Melanie con un discurso breve y seguro, formidable abreboca que le permitió asentar tres cosas: su mujer no es una simple muñeca bonita, que la ama, y que está orgulloso de ella; ellos conforman una bien consolidada pareja presidencial de lujo que el lunes se anotó un montón de puntos entre las mujeres estadounidenses, en el tradicional concepto familiar latinoamericano, y lo extraordinario, maravilloso, es que ambos coinciden en su percepción sobre Venezuela.

El mensaje a los militares venezolanos y, en general, fue terminante, directo, firme y contundente: apoyen, resguarden y obedezcan a Juan Guaidó, o naufraguen con el buque que ya está hundiéndose. El pueblo de Venezuela se encuentra en el umbral de la historia para que recupere la democracia, el régimen socialista llevó a la quiebra a una nación privilegiada, plena de riquezas naturales y humanas. El gobierno a través de su propaganda ha perseguido a líderes de oposición, los resultados del chavismo han sido catastróficos, casi 90% de los venezolanos vive en pobreza, mientras un puñado de sinvergüenzas disfruta inurbanamente de privilegios mal habidos.

El régimen hubiese ganado puntos y habría bajado el fuelle simplemente con dejar entrar la ayuda humanitaria, sin alardes ni amenazas, si hubiera usado el argumento elemental de que quiere ayudar a alguien; igualmente devolver del aeropuerto de Maiquetía a parlamentarios españoles –que venían como miembros del Parlamento Europeo– fue una de esas acciones torpes para arrepentirse y pagar las consecuencias de estupideces inoportunas.

Hay momentos en la vida en los cuales es necesario asumir las contrariedades, pensar con calma y talento para transformarlas en oportunidades. Pero la estulticia rabanera es solo gasolina para un incendio que le está quemando la cola al madurismo, castrismo y todo lo que significa esta ignominia, sus actitudes lerdas y empecinadas parecen querer avivar en vez de apagar.