Opinión

La manipulación de la violencia

Venezuela ha alcanzado graves cuotas de violencia y criminalidad, liderando listas mundiales en número de homicidios y uso de armas de fuego. Según el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), el 2016 cerró con más de 28.000 muertes por esta causa. El que es uno de los problemas más graves y dolorosos de los venezolanos no ha sido objeto de reflexión y de la aplicación de medidas gubernamentales profundas y consensuadas, sino más bien ha sido manipulado, de forma calculada e irresponsable, por el actual régimen.

La violencia formó parte importante del discurso de Hugo Chávez. Promovió el uso de la fuerza para “castigar” al liderazgo político establecido, buscó glorificar las intentonas golpistas que lo dieron a conocer, e impuso dinámicas bélicas en ejercicio político civil, acentuando la polarización y satanizando a aquellos que no fueran sus fieles seguidores.

Durante su mandato se continuaron las fallas crónicas en la implementación de políticas para el control de la criminalidad en el país. A pesar del aumento sostenido de los índices delictivos, se buscó restarle urgencia al problema sacándolo de la agenda gubernamental. De forma más grave, se inició un nocivo bloqueo y manipulación de la información, desde los organismos policiales y del Estado. Se tergiversó la discusión del tema presentándola como una forma de campaña sucia comunicacional en contra del gobierno.

El régimen de Nicolás Maduro no solo no ha cambiado la equivocada política de su predecesor, sino que además ha instrumentalizando la violencia política y de Estado. Durante su mandato se ha legalizado el uso de fuerza para la represión de manifestaciones y militarizado las formas de control del hampa. La brutal represión en las manifestaciones de 2014 y la implementación igualmente atroz de las OLP desde el pasado año han sido dos ejemplos, entre muchos, de esto. Han producido centenares de violaciones de los derechos humanos, además de encarcelaciones ilegales y muerte. El aniversario en días recientes del asesinato de Bassil Da Costa, a manos de grupos irregulares y en presencia de cuerpos de seguridad, es un oscuro recordatorio de la represión e impunidad que han signado las políticas públicas del régimen.

La manipulación por parte del gobierno también se ha manifestado en la criminalización de las víctimas de la violencia. Desde el aprovechamiento de prejuicios y la estigmatización de zonas y sectores sociales, para normalizar prácticas de fuerza excesiva sin ningún tipo de control, hasta el tratamiento fraudulento de los hechos para culpabilizar a la disidencia política. Esto último fue lo sucedido en el caso de dirigente de Primero Justicia, Orwin Menas, asesinado en enero de este año, cuando quedó atrapado, saliendo de una estación de Metro, en medio de enfrentamiento entre hampones y funcionarios del Cicpc. Las primeras informaciones oficiales buscaron señalarlo de inmediato como parte de los criminales en el suceso cuando en realidad había sido abatido por una bala pérdida de la policía.

Debemos condenar la manipulación de la violencia que el régimen pretende instaurar. Utiliza el dolor y la tragedia para fortalecer a un gobierno antidemocrático. Busca utilizar el miedo y la intimidación para someter y llevar a la sumisión al país. Estimula y amplía uno de los más graves problemas que padecemos y que se manifiesta en vidas perdidas y la desintegración de vínculos humanos.

La violencia y la criminalidad nos afectan a todos, sin distinciones. Condicionan los espacios que podemos transitar, las horas a las que salimos. Se cobra a diario decenas de vidas y afecta a miles de familias venezolanas. El gobierno ya no tiene credibilidad: van más de 20 planes fallidos de seguridad en 18 años, que no han incluido en su diseño ni la participación de organizaciones especializadas ni a representantes de las comunidades.

Debemos exigir al Estado que intervenga, ya no desde la manipulación, imposición y el uso de fuerza desmedida, sino desde la articulación con las personas y siendo transparente en sus acciones. Para reconstruir la convivencia entre nosotros y construir un proyecto de país real a futuro, debemos reflexionar al respecto desde todos los sectores sociales y participar y organizarnos para enfrentarla y transformarla.