Opinión

Manejar una pulpería

Rodolfo Izaguirre

¡Era el infierno! Llevábamos horas calcinándonos en él sin saber qué iba a pasar en aquel rincón del aeropuerto Simón Bolívar de Maiquetía. Éramos incapaces ya de hablar entre nosotros o de dirigirnos a los empleados para que informaran sobre lo que estaba ocurriendo o por qué no funcionaba el aire acondicionado, e ignorábamos cuándo y por cuál de las puertas abordaríamos el avión que nos llevaría a Cumaná. Tenía concertadas una conferencia con el Cineclub de la Universidad de Oriente y la proyección de una película y temía no llegar a tiempo.

¡Intenté distraerme! Sentado en una silla, diseñada justamente para quienes estando de paso no advirtiesen su incomodidad, cerré los ojos; traté de olvidarme del calor y comencé a ordenar los puntos claves de la conferencia imaginando la reacción de los estudiantes en este o en aquel otro instante de la disertación; pero fue inútil. La tensión y el nerviosismo que pesaban sobre el desdichado grupo de pasajeros de Aeropostal víctima del retraso e indecisión en torno al vuelo hacia el oriente venezolano hicieron que volviera a la dura realidad: aún permanecíamos en total desamparo; olvidados, náufragos en aquel recoveco aeroportuario.

Recorrí con la vista a los compañeros de desgracia: atontados unos por el calor; otros, entregados a la fatalidad. Un aire de miserable conformidad parecía envolverlos mientras se abanicaban con el periódico vespertino leído y vuelto a leer y dos mujeres gordas, casi obesas, mascullaban cerca de mí una conversación interrumpida cada vez que se alzaba en el altoparlante una distorsionada voz anunciando la llegada o la salida de vuelos que en modo alguno se referían o tenían que ver con el nuestro.

¡Entonces lo vi! Estaba parado cerca de una de las puertas cercanas al mostrador de embarque de Aeropostal con aire de estar muy enojado. Era un amigo mío alemán a quien conocí cuando llegó al país tres o cuatro años atrás, casado en Múnich con una venezolana. Hizo con asombrosa velocidad el aprendizaje del país y del idioma y logró vincularse rápidamente a los sectores económicos y universitarios. Recuerdo que un día me confesó arrastrando la doble erre (de la que jamás ha podido desembarazarse) que en Múnich, al iniciarse en el estudio de nuestra historia, no lograba entender que Miranda naciera en Caracas pero muriese en la Carraca.

Me levanté y me acerqué a saludarlo. Estaba furioso, fuera de sí; no lograba imaginar que lo que estaba ocurriendo tuviese cabida dentro de alguna remota e inventada noción de normalidad. Su rostro, de suyo sanguíneo, estaba congestionado por la impotencia y todo su cuerpo sudaba. “Tranquilícese”, le dije. Y recordé la explicación que le ofrecí a otro alemán en similar situación cuando íbamos para Mérida al Festival de Cine: “El problema –expliqué asumiendo en ambas ocasiones una inexpresividad a lo Buster Keaton– es que no viajamos en avión sino en Aeropostal”. El alemán del festival lo entendió y afirmó con la cabeza. ¡Pero mi amigo, no! ¡Se molestó aún más! Entonces adopté un tono más suave y dije, tuteándolo: “¡Respira hondo! Lo primero que tienes que hacer es quitarte ese paltó que da tanto calor y la corbata. Llevas años en Venezuela y deberías saber que estas son cosas que pasan. ¡Tranquilízate!”.

Me miró como si no me conociera; como si estuviera sugiriéndole un despropósito inconcebible e inaceptable en su Múnich natal y no fuese yo el amigo que estuvo a su lado cuando llegó al país del brazo de su hermosa mujer. Se acaloró aún más, se agitó como un animal en peligro y ¡estalló! Dirigió hacia el universo, es decir, hacia Aeropostal, toda la ira acumulada en el infierno: “¡No saben manejar una pulperría! ¿Cómo van a manejar aviones?”.