Opinión

Mamá Roma

Héctor Concari

La opinión de

Es difícil de creer la versión del director Alfonso Cuarón, según la cual el título es un accidente, derivado del lugar de filmación (Colonia Roma) que luego pasó a ser un nombre provisorio que devino definitivo. Porque Roma levanta en el ámbito cinematográfico recuerdos siempre honorables, épicos y gratos. Roma es, entre otras cosas, la cuna del neorrealismo italiano, esa escuela señera de la posguerra, condenada a describir la nueva realidad. Roma, ciudad abierta es la obra maestra de Roberto Rossellini, y Roma es un canto a la imaginación desmelenada de ese romano adoptado que fue Federico Fellini, por citar dos ejemplos. Ese es el escenario conceptual, el de un realismo crudo que el blanco y negro reafirma, el adoptado por una de las películas más apasionantes del cine actual. Porque su sino es la pequeñez, y este es el homenaje, maravilloso y merecido a esa escuela moral que fue el neorrealismo.

Esencialmente porque Cuarón procede por despojamiento. La anécdota, si es que existe, es mínima. Una familia de clase media acomodada en el México de 1970, pasa por vicisitudes que, siendo importantes para sus integrantes (abuela, padre ausente, madre, cuatro niños, dos domésticas y un perro), difícilmente pasarían la prueba ácida de la receta para una película. La historia transcurre, en su mayor parte, en la casa de dos pisos de la familia, en la cual la vida discurre regular y cotidianamente, apenas alterada por alguna rabieta de la madre. En contraste, las salidas al cine, a la playa, al campo o al centro son siempre un choque contra un mundo amenazador. No olvidemos que estamos en el México de los setenta, gobierna Luis Echeverría, ideólogo de la masacre de Tlatelolco cuando era secretario de Gobernación, y responsable de algunas jugadas siniestras contra la prensa y los estudiantes. Pero esto ocurre fuera de esa “Mamma Roma” protectora, en la cual hasta el carro de la familia tiene dificultad para entrar.

Intramuros reina la rutina, celosamente pautada por el trabajo de la doméstica, Cleo, que poco a poco se transforma en el hilo conductor de la ausencia de historia. Es una campesina indígena, que cuida devotamente a una familia que no es la suya y que, cuando se expone al mundo exterior, recibe solamente agravios morales y agresiones, que solo potencian su tristeza. Sería temerario llamarla protagonista. En su vida tiene solamente dos actos, contradictorios que reafirman su individualidad. Parir a una niña que nace muerta y salvar dos vidas de quienes la idolatran. Son apenas dos de los cuatro momentos estridentes del libreto que, con sabiduría de boxeador experimentado guarda sus mejores golpes para los rounds críticos. Porque dentro de esa parsimonia narrativa, los golpes de efecto, maravillosamente coreografiados, son los que le dan un esbozo de argumento a la película y la anclan en el México de la época. El incendio, probablemente provocado por enfrentamientos sociales de la región, y la violencia y represión de los estudiantes por un grupo parapolicial. Pero nada escapa al libreto, un villano político, matón del gobierno es a la vez un villano en la vida personal de Cleo, porque, aunque no lo parezca, hay un entramado muy fino, inteligente y casi imperceptible entre lo que ocurre en ese país lejano (¡ay, aquellos tiempos sin Internet y redes sociales!) y las vidas casi aburridas de los personajes.

Vista en el contexto del cine actual, la película es una joya. El único efecto especial es la extraordinaria y presumiblemente muy costosa reconstrucción de la época que, por meticulosa encaja de manera perfecta en el conjunto. El resto es una serie de actos casi invisibles que, sin embargo, hace de las dos horas y quince minutos que dura la cinta una delicia. Tal vez porque, y esta es otra deuda con el cine italiano, la película no juzga, ni emite apreciación de valor alguna. Se limita a describir, con la misma meticulosidad con la cual la doméstica lava el piso, la vida tal cual es, sin ningún énfasis. Casi no hay primeros planos, porque probablemente forzarían una cercanía con los protagonistas y lo que este largometraje busca, en cambio, es un distanciamiento que el plano final realza con ironía. Hay un mundo fuera de ese pequeño microcosmos, pero está lejos, muy lejos. Como lejanos están aquellos tiempos en los que este Cuarón mira con algo de nostalgia, en la música, la comida, los cines enormes y los carros enormes. Imprescindible.

Roma. México, 2018. Director: Alfonso Cuarón. Con Yalitza Aparicio, Nancy García García, Marina de Tavira, Enoc Leaño.