Opinión

Mafia y Estado: el caso venezolano

La última tarea que debe cumplir Rodríguez Zapatero para dar su misión por cumplida es terminar de desbaratar lo poco unitario que reste en el seno opositor, sembrar cizaña y corromper del viejo Estado de Derecho lo que quede por corromper. Para que el Estado mafioso impere en Venezuela por los siglos de los siglos. Por ahora, impedir que se reconstituya la Salida y en un supremo esfuerzo se produzca la intervención humanitaria. Para terminar de empujar el Estado-mafia al basurero que se merece, dar curso a la intervención humanitaria y restablecer el Estado de Derecho. En bien de la paz de Venezuela. En bien de la paz mundial.

A Juan Smith

Fue el sociólogo y ex ministro de educación del gobierno postsoviético húngaro de Viktor Orbán, Bálint Magyar, quien acuñó el concepto de Estado-mafia poscomunistaUna autocracia de nuevo cuño, fundada sobre bases consanguíneas y familiares,  que podría compararse  con el Estado hitleriano en su fase terminal, como ya lo previera Theodor Adorno en 1940 respecto del régimen hitleriano y nos lo dijera Lech Walesa durante su última visita a nuestro país: “La dictadura venezolana no es una dictadura normal, es una dictadura neofascista, que no sale con votos y debe ser enfrentada por la comunidad internacional”. Hubiera podido agregar: es la dictadura de un Estado-mafia. No estamos frente a una dictadura convencional –un hombre fuerte rodeado de sus esbirros y mercenarios, a la cabeza de un partido único y totalitario o de un ejército todopoderoso. Un Augusto Pinochet o un Fidel Castro–, sino frente a un jefe de pandillas, un capo di mafia, un pater familias montado sobre el trono de un gran sindicato hamponil cuya función no es la de gobernar o dictar, influir ideológicamente sobre nuestra sociedad y conducirla hacia un fin trascendente y teleológico, como en el caso de una dictadura convencional, sea capitalista o socialista, sino disponer, distribuir, repartir y asegurar los fondos del gran botín de una nación, cuya posesión absoluta es su único y exclusivo propósito. Saquear las riquezas nacionales al servicio de mafias globales –rusas, chinas, islámicas– hasta convertir un país rico y próspero en una piltrafa exangüe y moribunda. Utlizándolo como plataforma de expansión del crimen global, comenzando por el narcoterrorismo. Sin importar las consecuencias. Maduro y sus capi di mafia bien podrían decir como lo dijeran madame Pompadour y Luis XV: “Après nous, le déluge”. Después de nosotros, el diluvio. 

La oposición venezolana, que aún no aprende y vive, piensa y actúa según la romana vieja, la misma que tras cuarenta años de democracia representativa se ha habituado a manejarse acordando, maniobrando y resolviendo en los pasillos de palacio tras sus trozos de la torta petrolera, nunca entendió que Hugo Chávez y su extensa red mafiosa que comenzó con sus padres, siguió con sus hermanos, culminó con sus hijos y aún impera, era mucho más y mucho peor que cualquiera de los presidentes de la cuarta, en cuyo Estado de Derecho no existieron las mafias familiares como estas, corruptas e incomparablemente más devastadoras, voraces y ladronas que el chinito de Recadi, el catire Mariani e incluso los doce apóstoles. Se negó a creer que detrás de Chávez se encontraba el castrocomunismo cubano y un proyecto de dominación totalitario que no entraría por el aro de una resolución democrática, electoral, pacífica de los conflictos. Sus asesores, doctores y paniaguados, en el colmo de su indigencia intelectual, llegaron a la brutalidad de comparar a Chávez con Pinochet y a creer a pie juntillas que, como la del capitán general chileno, “esta dictadura también salía con votos”. Votos o balas, nos amenazaba Maduro desde Miraflores y Edgar Zambrano desde el bunker de La Florida. Peor aún: contaminada de socialismo, en cualquiera de sus matices, aplaudió y se prestó a colaborar con el proyecto castrocomunista chavista. Soñando incluso con una salida de consenso, una suerte de sexta república y una transición de cogobierno. Era lo que seguía latiendo secreta y no tan secretamente en algunos de los asesores e “intelectuales orgánicos” que respaldaron a Henri Falcón. Era lo que secretamene le ha reconocido y concedido un gran poder negociador al agente del castrismo cubano en el seno de la Interncional Socialista, Rodríguez Zapatero. Que aún no termina de cumplir a cabalidad su proyecto de aniquilar los restos de democracia que sobreviven en el alma y en el corazón de millones y millones de venezolanos. La piedra en el zapato de este Estado mafioso.

Pues de eso se trata: ya el socialismo del siglo XXI fracasó, quedó atrás, como lo ha reconocido su inventor, Heinz Dieterich; sus señuelos yacen esparcidos por las cloacas y basurales de Venezuela, la chequera que camina se paralizó y no va quedando un solo chavista que se considere deudor del marxismo leninismo o cualquier otra derivación teórico-revolucionaria. Ningún marxista del patio se reconoce en este Estado mafioso. Es el profundo cambio que se ha operado en el seno de los sectores políticos y académicos que respaldaran el proyecto socialista del teniente coronel. Si es que él alguna vez en su vida supo de qué se trataba. Nicolás Maduro, Tareck el Aissami, Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez, Tarek William Saab y Vladimir Padrino no son marxistas-leninistas: son capos de mafias, jefes de pandillas, rufianes a cargo del saqueo de Venezuela hasta sus últimas migajas. Son la última expresión del Estado-mafia. ¿Cuántos miles de millones de dólares saqueados por los tributarios del Estado-mafia se encuentra a resguardo en las bóvedas del mundo? Sus depositantes y poseedores están mucho más cerca de Al Capone, Lucky Luciano, Pablo Escobar Gaviria o el Chapo Guzmán que de Rosa Luxemburg, León Trotski, incluso de Stalin y de Kruchev. No hablemos del Che Guevara, de Camilo Cienfuegos o de Salvador Allende. ¿Elecciones? Ya te aviso, chirulí.

La última tarea que debe cumplir Rodríguez Zapatero para dar su misión por cumplida, es terminar de desbaratar lo poco unitario que resta en el seno opositor. Impedir que se reconstituya la Salida y en un supremo esfuerzo se produzca la indisoluble unidad entre la comunidad internacional y la oposición venezolana. Para terminar de empujar el Estado mafia al basurero que se merece, dar curso a la intervención humanitaria y restablecer el Estado de Derecho. En bien de la paz de Venezuela. En bien de la paz del mundo.