Opinión

Maduro, el vegano comunista

No entiendo a quienes se autoflagelan con religiones y sectas raras limitando los placeres naturales que brinda la vida y que, además, se dedican a molestar tratando de convencer a otros de que la vida feliz, divina y sana es la que ellos llevan.

No estoy a favor ni en contra de que la gente viva, rece y coma lo que quiera. Ese es un derecho individual. Lo malo es tratar de imponerse como poseedor de la verdad, la virtud y la felicidad.

Es incómodo convidar a un feligrés vegetariano a una fiesta. El anfitrión debe estar pendiente de no “contaminar” la comida con carne. Además, obligatoriamente, hay que escuchar la aburrida cantaleta en contra de las personas a quienes nos gusta la carne, el pollo y el cochino: ¡Estás comiendo cadáveres! o ¿sabes que eso se pudre en tú estómago?

Como si la cosa no fuera suficientemente ladilla, surge la religión macrobiótica en la que la gente, cual loro o periquito, come semilla pareja. Para colmo, aparecen los frutonianos. Seres quienes en un estado de demencia absoluta se empeñan en comer únicamente frutas que se hayan caído solas de las matas.

En el fondo, todas estas cosas son negocios que generan grandes cantidades de dinero. Algunos de estos tipos de alimentación van acompañados de acupuntura, imposición de manos, meditación, poses rarísimas de yoga, tomadera de tés milagrosos, animadversión hacia las vacunas y la penicilina, y un profundo desprecio por la medicina científica que durante años se estudia en las universidades.

Pero la pesadilla no acaba aquí. Ahora está de moda otra religión alimentaria llamada “veganismo”. El vegano debe seguir reglas. No puede comer huevos, lácteos ni carnes, entre otras cosas. ¡Estos sí que se volvieron locos! Si usted invita a un vegano a su casa, se presentará con una bolsita con las cosas raras que ellos pueden comer. ¡Qué fastidio! Todo el mundo gozando una bola bebiendo y hartándose de vainas divinas, y el vegano predicando y comiendo sandeces.

En Venezuela, Maduro es el gurú de los veganos. Su caso es extraño y paradójico ya que aunque él come carne, y de la buena, obliga a sus súbditos a seguir las estrictas reglas de la religión vegana, al impedirles que coman huevo, carne, pollo, queso, pan, leche, charcutería, pescado, azúcar, café, refrescos, cauchos para carros, baterías, zapatos, uniformes escolares, efectivo, medicinas…