Opinión

Maduro, ¿el último estalinista?

Froilán Barrios

Desde inicios de octubre pasado, el presidente Maduro publicitaba que en Venezuela se celebraría por todo lo alto el centenario de la Revolución rusa, con la intención de congraciarse con el mandatario ruso, Vladimir Putin, en la víspera de su gira para pedirle apoyo ante el inminente derrumbe de la economía venezolana, ocasionado por el saqueo sistemático de los bienes nacionales ejercido por su gobierno.

Lo cierto del caso es que tanto en Caracas como en Moscú los eventos conmemorativos del centenario resultaron ser lo más parecido a un funeral, donde las viudas del estalinismo, representadas por reducidos partidos comunistas del mundo e individualidades mercenarias, aprovecharon la ocasión en escuálidas marchas para mostrar retratos de Stalin, Lenin, Brézhnev, Che Guevara y alguna que otra estelada catalana. Para el Kremlin solo fue un evento más; de hecho, Putin mantuvo una reservada participación; entre tanto, para Miraflores fue una oportunidad de campaña publicitaria de ser la “víctima del imperialismo” y solicitar la reestructuración de la deuda venezolana con Moscú.

En realidad, al finalizar la posguerra, nadie en el mundo deseaba emparentarse con el horror soviético, luego del llamado “Discurso secreto” presentado por Nikita Jruschov durante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, en febrero de 1956. En este se denunciaron los crímenes de Stalin y la represión durante la llamada Gran Purga (los procesos de Moscú) en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Luego, en la segunda mitad del siglo XX, sucedieron sublevaciones populares contra el control soviético, la Revolución húngara en 1956, la Primavera de Praga de 1968, el surgimiento de Solidaridad en Polonia en 1980, y la posterior caída del gobierno comunista de Jaruselzki en 1990. Finalmente, la perestroika y el glasnost (1985-1991) de Gorbachov pusieron la lápida a la URSS y la apertura del retorno del capitalismo a la Rusia actual.

El repudio al estalinismo soviético recorrió todo el planeta, determinando el desmarque de importantes partidos comunistas con el eurocomunismo; este se oficializó en marzo de 1977, cuando los secretarios generales Enrico Berlinguer del PCI, Santiago Carrillo del PCE y Georges Marchais del PCF se reunieron en Madrid y presentaron las líneas fundamentales de la “nueva forma”. Reacción tardía al ser descalificados por sus pueblos, al extremo de que los otrora grandes partidos obreros habitan hoy en casas muertas, aun cuando lanzaran los símbolos de la hoz y el martillo al cesto de la basura.

En América Latina la ruptura más importante con la URSS la representó Teodoro Petkoff, con su libro: Checoslovaquia, el socialismo como problema, (1969) y se sumó la extensa obra de Moisés Moleiro sobre el tema. Ellos remarcaron la ruptura de la izquierda democrática en Venezuela con la URSS y el castrocomunismo.

Hoy, asumido plenamente en la conducta de Maduro y su Estado comunal, quien se ufana de su parecido con Stalin y su ejercicio dictatorial, no solo contra un país, también con sus aliados del Polo Patriótico, al no permitirles representantes en la montonera del PSUV identificada como ANC; con los gobernadores electos en octubre, todos del PSUV; y ahora con los candidatos a alcaldes en diciembre, les ordena al retiro inmediato de toda candidatura que no sea la del partido oficialista en las 335 alcaldías.

Como premio de la incondicionalidad a un régimen, cuyo modelo es el PCUS, el PC cubano y la extinta URSS, hoy felizmente execrados por la historia, siendo hoy su última apuesta, unos ignaros retoños sin destino y candidatos a la extinción.