Opinión

Maduro arrodillado en el altar de Pérez Jiménez

Los 44 minutos que duró la cadena nacional, a propósito de reinauguración del hotel Humboldt, calzan, posiblemente como ninguna otra actividad gubernamental reciente, con el tópico de la orquesta que sigue su interpretación mientras el barco se va a pique. En el país del hambre, la hiperinflación, la enfermedad y la delincuencia, Maduro y una parte de su banda reinauguran un hotel cinco estrellas, como marco para mentir, una vez más, del modo más descarado.

La más abultada de las mentiras es la que pretende asociar el hotel Humboldt a la premisa de “turismo para el pueblo”. Si es cierto, como leí en alguna información, que el costo por alquilar una habitación por noche estará próximo a los mil dólares, ya podemos estimar quiénes serán los usuarios del hotel: los propios funcionarios del gobierno –que no pueden viajar a ninguna parte porque podrían ser capturados–; altos funcionarios rusos, chinos y cubanos; Daniel Ortega, que seguramente se interesará para organizar alguna de sus famosas juergas; así como los últimos contratistas que quedan en Venezuela, miembros de los clanes Maduro, Flores, Rodríguez, Cabello y otros (de hecho, Maduro dijo en un momento de la transmisión, como si eso fuese materia de chiste: “Hoy nos quedamos aquí, Cilia”).

Otra mentira que cabe destacar es la afirmación de que el hotel Humboldt estimulará el turismo en Caracas y La Guaira. Falso. Absolutamente falso. Los turistas que pueden pagar mil dólares por una noche no escogen viajar a una ciudad que encabeza todos los rankings internacionales de peligrosidad. Salvo que se desplacen rodeados de un tropel de guardaespaldas –como ocurre con los miembros más destacados de la banda que gobierna a Venezuela–, nadie visita una ciudad que tiene problemas de agua, electricidad, servicios médicos colapsados, falta de alimentos, cada día un peor servicio de Internet y, como corona de lo anterior, un promedio de 130 asesinatos por cada 100.000 personas.

Quien haya escuchado lo ocurrido en esos 44 minutos podría coincidir en que uno de los mensajes más reiterados fue el del beneficio en divisas que traerá el hotel: los ansiados dólares que les permiten estar cada día mejor alimentados y rechonchos, delante de un país donde más de 70% de la población ha perdido entre 9 y 10 kilos de peso promedio en 2 años. Maduro, que habló de divisas, también insistió en introducir el tema del petro. Una de las preguntas que cabe hacer es cómo hará la norteamericana cadena Marriott, que operará el hotel a través de una empresa intermediaria, para comerciar con petros, cuando el gobierno de Estados Unidos ya hizo un categórico pronunciamiento de rechazo al respecto. Y hay más: Maduro anunció que en la cadena hotelera del Estado habrá oficinas para cambiar dólares por petros, no más que una patética mentira.

Antes de seguir, es prudente anotar una llamativa omisión durante la cadena: ninguno de los voceros explicó cuál fue el costo final de la obra, luego de años de retrasos, paralizaciones, reinicios y sucesión de inversiones. Maduro y sus secuaces deben contestar a la pregunta de cuánto costaron las obras, el mobiliario y la dotación del hotel.

Toda la escena de la reinauguración fue extremadamente reveladora. Que el dictador haya levantado un teléfono de utilería para simular que hablaba con el dictador Pérez Jiménez es una correspondencia más entre el final de la dictadura de Maduro y el final de la dictadura de Pérez Jiménez, que son inevitablemente llamativas.

Entre la dictadura de Pérez Jiménez y la de Maduro hay diferencias y parentescos. Por ejemplo, mientras el primero hizo de la construcción uno de sus signos vitales, la política de Maduro es la inversa: destruir la infraestructura nacional, por desidia y falta de mantenimiento. Ambas dictaduras comparten el signo de la corrupción, pero en estas lides, Pérez Jiménez resulta un actor irrelevante frente a la magnitud, extensión y descaro de la corrupción del chavismo y del madurismo.

Ambas dictaduras crearon y desarrollaron estructuras para perseguir, asesinar, torturar y apresar a los disidentes: entre la llamada Seguridad Nacional y el DGCIM hay una hermandad espiritual. Son animales de la misma especie. La diferencia sustantiva es la desproporción con la que actúan los de hoy: encapuchados, con armas largas, haciendo uso de violencia y con la ventaja que les otorga la impunidad que les han prometido sus jefes.

Lo que he dicho en otro artículo, lo repito aquí: Pérez Jiménez convocó a un plebiscito ilegal e ilegítimo, que lo condujo a la huida del 23 de Enero. La correspondencia con la convocatoria ilegal, ilegítima y fraudulenta del próximo 20 de mayo es evidente: la de un proceso electoral inventado por un régimen al filo de su derrumbe.