Opinión

Maduro ante el repudio mundial

No recuerdo una situación semejante de repudio mundial hacia un gobierno de América Latina, ni siquiera la de los últimos días del gobierno de Salvador Allende, cuyo viacrucis es recordado hoy por Roberto Ampuero. Con una diferencia tan abisal, que avergüenza recordarla: el de Allende seguía sustentándose en la simpatía y la solidaridad de un mundo que, más allá de sus errores,  le reconocía el valor de la ética y la dignidad y respetaba sus esfuerzos por no violar los principios democráticos, como han sido violados sistemáticamente en Venezuela

Diecisiete cancilleres de la región acaban de desconocer en Lima toda autoridad a la espuria asamblea constituyente, rechazando cualquier decreto que emita u orden que pretenda. Mientras, le conferían su respaldo pleno y total a la Asamblea Nacional de Venezuela. Una bofetada que viene a unirse a la paliza que los gobiernos democráticos del mundo le están dando a la satrapía venezolana. Jamás país latinoamericano alguno encontró tanto rechazo mundial como el que está encontrando el régimen dictatorial de Nicolás Maduro. No solo en la región, en donde es repudiado por todas las organizaciones multilaterales, desde la OEA hasta el Mercosur y ahora la Asamblea de Cancilleres, sino en el mundo entero.  Ni el de Castro ni el de Pinochet, las referencias históricas extremas de dictaduras latinoamericanas. Perú ha expulsado al embajador de Nicolás Maduro, una muestra de repudio diplomático jamás sufrido por gobierno venezolano alguno. Y en ese contexto que involucra a los gobiernos de la región, la izquierda chilena asumió sus responsabilidades y decidió retirarle todo respaldo a la dictadura venezolana. Salvo el Partido Comunista y la ultraizquierda, ancladas en un ominoso pasado de fracasos. El candidato del oficialismo, el independiente Alejandro Guillier, cortó por lo sano: ha terminado reconociendo su naturaleza dictatorial y, por consiguiente meritorio del rechazo sin más consideraciones. No solo por cuestiones de principios sino por elementales cálculos electorales: los chilenos, como los ciudadanos de todos los países del hemisferio, rechazan masivamente a este, uno de los regímenes más odiosos del presente. Alinearse con el gobierno de Maduro solo se lo pueden permitir los fanáticos adherentes del Foro de Sao Paulo. Y ya ni siquiera ellos. 

Roberto Ampuero, ex militante comunista durante el gobierno de la Unidad Popular, asilado en Cuba y en la Alemania comunista tras el golpe de Estado que derrocara a Salvador Allende, importante novelista chileno que fuera ministro de Cultura bajo el gobierno de Sebastián Piñera, escribió el martes 8 de agosto en el importante rotativo chileno La Tercera: “Por lo general, los temas de política internacional no inciden en las elecciones de los países. Sin embargo, la visión crítica de la gran mayoría de los chilenos sobre Nicolás Maduro, la repulsa mundial y la presencia de venezolanos en Chile han convertido el drama de ese país en un tema local. Como si fuera poco, ningún otro país comienza a parecerse tanto al Chile bajo la Unidad Popular como la Venezuela del socialismo del siglo XXI.” 

No es solo Chile uno de los últimos países en pronunciarse casi unánimemente en contra de la dictadura venezolana: es el mundo entero. “El mundo entero, salvo regímenes de dudoso carácter democrático, expresa su repudio a Maduro y su golpe de Estado contra la oposición venezolana, ampliamente mayoritaria. Mantienen fidelidad a Caracas la dictadura de Raúl Castro, el gobierno de Evo Morales y el Partido Comunista de Chile, así como otros grupos de escasa sensibilidad democrática”.

Es un hecho que debiera alertar a todos los factores internos de poder que aún lo respaldan, muy en particular a nuestras fuerzas armadas, encargadas de cautelar por la seguridad nacional: el problema Maduro se ha convertido en un problema local en todos los países democráticos del mundo. Altera los equilibrios internos y hace saltar todos los códigos de seguridad. Sea en España o en Argentina, en Brasil o en Noruega, en Colombia o en Australia. Atarse al régimen declarada y confesamente dictatorial hiere nuestras últimas reservas institucionales y nos deja absolutamente al descubierto y a la deriva en el concierto de las naciones. Y en una jugada típica del insólito maquiavelismo del castrismo cubano, lastra todo el repudio sobre el efecto, no sobre la causa. Mientras Maduro es sentado en el cadalso y su régimen condenado a muerte, la tiranía cubana se abanica. Lo cual se traduce en una escandalosa constatación: caerá el régimen dictatorial venezolano, mera colonia de Cuba, sin que aparentemente le afecte a Cuba en sus relaciones internacionales.

Hemos llegado así a un punto de no retorno: la dictadura tiene los días contados y no se vislumbra milagro alguno que pueda rescatarla de la agonía en que se encuentra. A tal extremo ha llegado el aislamiento internacional de la Venezuela de Nicolás Maduro, que nadie alzará la mano en su defensa si llegara a ser víctima de una desgracia. Como sucediera en su momento con la segunda mujer de Juan Domingo Perón, María Isabelita, desprestigiada y despreciada a tal nivel, que nadie se compadeció de ella ni de su superministro, el brujo López Rega, cuando fuera sacada a cañonazos de la Casa Rosada. Ocupado Vladimir Padrino de blindar al régimen ante el masivo descontento y la furia popular que lo cerca, ha desnudado al país de todo escudo protector. No recuerdo situación semejante en América Latina, ni siquiera la de la agonía de los últimos días del gobierno de Salvador Allende, cuyo viacrucis es recordado comparativamente por Roberto Ampuero. Con una diferencia tan abisal, que avergüenza recordarla: el de Allende seguía sustentándose en la simpatía y la solidaridad de un mundo que le reconocía el valor de la ética y la dignidad y respetaba sus esfuerzos por no violar los principios democráticos, como han sido violados de manera aviesa, descarada y desembozadamente en Venezuela. En Chile las instituciones no habían sido asaltadas por bandas de hampones narcotraficantes, nadie fue asesinado impunemente por las fuerzas armadas controladas por Salvador Allende, vivían y tenían plena vigencia institucional el Parlamento, la Corte Suprema de Justicia, la Contraloría General de la República y los partidos políticos.

Es un récord del que no cabe enorgullecerse. La de Maduro es la dictadura más siniestra de que tenga memoria la región. Su desaparición será celebrada por la humanidad como un ejemplo de que aún hay decencia y moral en la política mundial.