Opinión

Macri, Macron y el resto

Ya no es más posible endosarle al mandatario norteamericano el estar nariceando imperialmente a los países bajo su influencia para forzarlos a asumir una posición de rechazo a las actuaciones totalitarias del régimen que nos gobierna. Tampoco puede Nicolás Maduro continuar intentando torcer ante los venezolanos la visión de lo que ocurre por fuera de nuestras fronteras, acusando al presidente Mariano Rajoy de estar encabezando un movimiento colonialista de rechazo a las ejecutorias de la revolución.

Una reacción de sorpresa inusitada fue la que experimenté en lo personal al leer, en la prensa europea, la intervención del presidente de Francia, Emmanuel Macron, en la que inequívocamente se pronunciaba acerca de la ilegalidad de las elecciones venezolanas convocadas por el gobierno y su asamblea constituyente para dentro de pocas semanas.

No pude encontrar en mi memoria, ni en la búsqueda que ejecuté a través de Internet, que ningún otro mandatario francés hubiera efectuado un pronunciamiento espontáneo sobre ningún tema relacionado con la política de nuestro país. El mensaje del galo fue claro: Hace rato que en Venezuela no existe una democracia por lo que la comunidad europea no debe aceptar el corte autoritario del gobierno de Nicolás Maduro y llamó a las naciones de la Unión a aprobar sanciones adicionales a las ya adoptadas, las cuales Francia tiene pensado promover.

Macron no se encontraba acompañado de Trump ni de Rajoy en el momento de su alocución. Era Mauricio Macri, presidente argentino, quien le había puesto el cascabel al gato. El sureño, por su lado, fue tan contundente o más en París, al condenar la irregularidad de nuestro proceso eleccionario y la necesidad de los latinoamericanos de hacer un frente unido ante las tropelías del madurismo.

Mauricio Macri, junto con Juan Manuel Santos, de Colombia, han sido otros que han asumido valientemente el liderazgo del subcontinente, compartido ahora por el presidente de Francia, al develar ante el mundo el fraude electoral que está a punto de consumarse en Venezuela, en un gesto desesperado del madurismo por mantenerse por la fuerza e írritamente en el poder.

Es decir, que nuestro juego pasó a mayores. Nos disputamos ahora en las grandes ligas de lo internacional el tema la legalidad de los comicios internos, lo que no debería ser sino un asunto a deliberar entre los venezolanos. Hasta allí ha logrado llevar la narco-revolución sus torcidas ejecutorias: hasta la condena internacional por sus crímenes y atrocidades que se seguirá expresando crecientemente por más y más países de la manera en que lo han hecho Macri, Macron y, hace horas apenas, la Cancillería canadiense. Más adelante –estemos seguros– el rechazo se hará sentir a través del desconocimiento del gobierno que resulte de la írrita contienda que tenemos en puertas. Las sanciones impuestas por las grandes naciones del mundo –las de Europa y Norteamérica– a los más destacados representantes de las instituciones de la dictadura se profundizarán y se sumarán países de nuestro hemisferio y de otros.

Un país aislado del planeta en lo económico, en lo moral y en lo formal es lo que Nicolás Maduro tiene en su horizonte temporal cercano. No es posible arrendarle la ganancia.