Opinión

Lunes, 31 de julio de 2017

Para nuestro país no será un día cualquiera, porque ciertamente habrán transcurrido dos semanas del plebiscito convocado por la MUD el 16 de julio, y apenas 24 horas del 30J. Y aun cuando ocurra la constituyente, la lucha democrática en Venezuela no se habrá acabado. Sí se planteará de otra forma, pero, reitero, el país no se habrá acabado.

No se trata de hacer una oda al optimismo, sino más bien comprender que la situación de Venezuela trasciende a la voluntad mayoritaria de sus ciudadanos por más libertades o mejores condiciones de vida, pues, de ser así, ya hubiera caído el gobierno de Maduro. El anhelo de los venezolanos por un sistema democrático sólido puede durar mucho más tiempo de lo que pensamos.

Aunque digamos que estamos en dictadura, no sabemos con certeza si presenciamos su consolidación o descalabro definitivo, asumiendo, incluso, que la constituyente sucederá el 30 de julio; ni tampoco sabemos que su no ocurrencia abre las puertas a un proceso de reconstrucción democrática. Porque reitero, hay un sinfín de factores con inciden en lo que sucede actualmente, y con mucho más peso que el deseo de cambio mayoritario de nosotros, los venezolanos.

Uno de los períodos más interesantes de la historia de Venezuela es el que transcurrió entre 1936 y 1958. Culminado el gobierno de López Contreras, ocurrió el de Medina, posteriormente derrocado por una Junta Cívico-Militar, la cual convocó a unas elecciones democráticas de las que resultó elegido Rómulo Gallegos, depuestos a los 9 meses por una Junta Militar, que devino en una dictadura castrense al mando de Marcos Pérez Jiménez (en cuyo periodo sucedieron, cabe destacar, los fraudes electorales del 52 y el plebiscito del 57), quien terminó huyendo del país al cabo de 10 años, originando la conformación de una nueva Junta Militar que terminó convocando a elecciones democráticas y libres en el año 58, siendo elegido Rómulo Betancourt como presidente de la República.

Una junta cívico-militar, dos juntas militares, 2 presidentes que no culminaron sus mandatos, y una dictadura de 10 años; 22 años para que nuestro país conociera el significado de la democracia, con el costo que ello supuso.

Maduro no es López Contreras, ni los tiempos son los mismos, eso está muy claro. Pero ese periodo de 22 años comprendido entre 1936 y 1958, creo yo, sí da cuenta de que los tiempos políticos no son los mismos que los tiempos del ciudadano; que la restauración de un gobierno democrático en Venezuela puede trascender a generaciones completas, y durante ese proceso sucederán avances y retrocesos.

Es necesario un gobierno de unidad nacional, y ojalá así suceda para que nuestro país se dirija hacia un proceso de reconstrucción democrática, y de allí, justamente, es que este proceso tan delicado y difícil que atravesamos ahora debemos asumirlo en perspectiva.

La oposición tiene retos e interrogantes que afrontar más allá del 16J y del 30J, tales como la integración de un gobierno de transición (¿por quiénes?, ¿bajo la Constitución del 99 o una nueva?), el papel de los militares (¿cómo actuarán?, ¿los crímenes y hechos de corrupción cometidos, serán perdonados?) y el chavismo desencantado (¿sumamos o restamos con ellos?), la crisis social y económica, la justicia transicional; preguntas que solo pueden ser resueltas si se tiene perspectiva, visión histórica.

El dolor tampoco habrá pasado por la sola salida de Maduro, quizá para algunos sí, pero para las víctimas de violaciones de derechos humanos, así como para la sociedad venezolana en general, este periodo ya ha generado una dinámica política y social que tendrá repercusiones directas en las próximas generaciones.

Pero eso creo inconveniente hablar de tiempos perentorios, fatales. Venezuela seguirá avanzando; tanto el 16J como el 30J serán eventos políticos importantes para el país, pero aun en el escenario más oscuro, el lunes 31 de julio de 2017 la lucha democrática en Venezuela continuará.

jaime.merrick@gmail.com