Opinión

El lugarcomunismo quebrado

El término clisé o cliché, escoja usted la pronunciación, le gusta más a los académicos españoles que la locución lugar común. Quizás se podría suponer que es por la natural tendencia del idioma al ahorro –de no decir en dos palabras lo que se puede decir en una–, pero yo sospecho que esa no es la razón sino el sonido, ese acento en la vocal «e» que los traslada a París, la Costa Azul o, cuando menos, Cannes. Con la aparición del socialismo, sobre todo “el científico” de  Marx, el forzado de Lenin y el genocida de Stalin, la proliferación del lugarcomunismo fue avasallante, pero con una característica: incomprensible.

Ninguno de los intérpretes del marxismo –Antonio Gramsci, Jacques Lacan, Louis Althusser, Henri Lefebvre, Lucien Goldmann, Georg Lukács y hasta Frantz Fanon, por nombrar algunos– se ocupó de aclarar el no-decir del barbudo de Tréveris, sino que su empeño fue oscurecerlo, hacer más confusa la jerigonza. Quizás habría que poner en un altar especial –sí, altar– a los “filósofos” chinos de los tiempos de Mao Tse-tung que enaltecieron los escritos de Iósif Stalin sobre marxismo como si fuese Dios el autor y no un talentoso asesino.

En América el resultado del confucionismo marxista no entra en las categorías del realismo mágico ni en la majestuosidad de la selva tropical húmeda, sino en la reproducción criminal de las penurias del Londres de la Revolución Industrial en el siglo XIX o las hambrunas inducidas por Stalin y sus verdugos en Ucrania en el siglo XX. El marxismo cubano, no importa que le pongan ritmo montuno, no necesitó lugares comunes adicionales, les bastaba que Fidel no se quedara dormido hablando. Siendo una gran farsa como el bolchevique, su verdadera fuerza no eran las palabras, los clisé, sino la represión y la violación de los derechos humanos que mantiene en el poder, en el nombre de la dignidad de los pueblos, a esos cuarenta mil amigos de Alí Babá.

En Venezuela, que comparte características de campamento minero con Bolivia y fábulas de mesías irredentos con Nicaragua, el lugar común más usado fue “la justa distribución de la riqueza” y “la democratización del capital”; lo de país con las mayores reservas petroleras del mundo apenas es una fábula infantil o un embuste necio, pero con uno y otro mandón la realidad que afrontamos es una catástrofe humanitaria, un tsunami alentado por el hamponismo.

Han destruido las fuentes de riqueza y se han repartido grandes manjares, mientras el pueblo “que aman” muere de mengua y sarampión. Las cuentas privadas off shore de los funcionarios son de miles de millones de dólares; con lo que vale uno de los relojes que usan a diario se puede mantener un hospital varios años, comprar inmunosupresores a los trasplantados y metformina para todos los pacientes con diabetes tipo 2 en América Latina; no calculemos cuántas universidades podrían formar mejores venezolanos con lo que gasta el Estado en camionetas clase A para funcionarios, subfuncionarios y arrastrados, tengan o no uniforme verde olivo, por simple fidelidad, viveza o tener la suerte de que los pusieron donde hay.

El socialismo del siglo XXI, como los otros, derivó en vulgar saqueo y se ha quedado hasta sin lugares comunes. Ya ni siquiera pueden prometer una justa distribución de la riqueza, la despalillaron o la entregaron a cubanos, rusos, bielorrusos, iraníes y chinos, además de los avispados de las islitas del Caribe que los apoyan en la OEA.

Por salto dialéctico, aquellos discursos interminables y vacíos que los adalides de la comunicación oficialista llamaban “alocuciones” –a su ignorancia le sonaba más elegante– devinieron en desabridos y caprichosos actos culturales propios de serrallos y lenocinios empobrecidos y decadentes. Entramos en otra etapa, más negra y terrible, pero los publicistas bien retribuidos encontrarán una consigna y el oscuro precipicio lleno de caimanes y víboras lucirá como un salto hacia adelante. Vendo cantimplora sin uso, no hay agua.