Opinión

A los que se fueron (II)

Son tiempos duros, signados por la traición, la cobardía, la sevicia, el sufrimiento y la muerte. Ya se entremezclan y confunden en mi memoria las páginas de Primo Levi con las de José Rafael Pocaterra, las de Pío Gil con las de Rafael Alberti. Estamos aprendiendo a vivir el doloroso arte del destierro. Hagámoslo con la frente en alto y el corazón palpitante, dispuesto a librar nuestras últimas batallas.

A Alejandro Pérez, in memoriam

Uno de los primeros aprendizajes que hiciera Primo Levi, el escritor piamontés de origen judío, en esa escuela del horror que fuera Auschwitz, fue comprender que había dos clases de hombres: los ganadores y los perdedores, los vencedores y los vencidos en esa lucha mortal por la supervivencia a la que se veían súbitamente enfrentados los judíos que vivían esa situación límite al borde de las salas de gasificación disfrazadas de duchas colectivas y los hornos crematorios, de cuya existencia se sabía por la permanente humareda que flotaba sobre el campo y el hedor a cadáver calcinado que despedía.

Los vencedores eran una tan exigua minoría, que ni valía la pena considerarla. Pero los había. Y Primo Levi fue uno de ellos. Tal vez por su absoluta, casi inhumana indiferencia al horror imperante, del que decidió distanciarse y sobrevivir con el único propósito de dejar un testimonio y hacer creíble lo que era absolutamente increíble: grabarse en la memoria, con la acuciosidad de un investigador científico –era químico, y como tal fue usado en el Lager y pudo contar con el privilegio de ser exonerado de la cámara de gas– los extremos de la deshumanización a los que podía llegar la crueldad humana. Eran los que sabían cómo rasguñar las pocas migajas sobrantes, sonreírle al verdugo, escapar a la selección de los candidatos seguros e inmediatos al Zyklon 2 –niños, mujeres, ancianos, enfermos, frágiles criaturas de las que más valía deshacerse cuanto antes, por millones–  saber hacerse invisible en el momento adecuado, cuando la muerte repasaba su guadaña, no perder la cuchara ni el cazo de los que dependía su vida a la hora de mendigar la sucia y agusanada sopa necesaria para escapar de la muerte por inanición antes del castigo preparado por la raza superior, parecer apto para  el trabajo que se les encomendara, cargar con pesadas vigas de acero arrastrándose de rodillas si así se les requiriese, servir incluso de policía al servicio de los verdugos de las SS, cargar con los despojos y llevarlos hasta los hornos, luego de quitarles los dientes de oro y en algunos casos, arrancarles la piel para que los arios puros pudieran hacer pantallas para sus lámparas de escritorio.

Todo ello, narrado con una prolijidad, una objetividad y una aparente falta de emotividad está reseñado en el libro más conmovedor que me haya tocado leer en toda mi vida: Si esto es un hombre. Y guardando las debidas distancias me ha servido de cartabón para medir la crueldad con la que aspira a coronarse el castro-comunismo venezolano, desde luego mucho menos industrializado, mediatizado y objetivado por el lumpen, alpargatúo, analfabeta y zarrapastroso fascismo reinante. Que ni Chávez ni Maduro ni Vladimir Padrino ni Diosdado Cabello ni Tareck el Aissami alcanzaron las vertiginosas y deslumbrantes alturas de un Hitler, un Goebbels, un Göhring, un Himmler, un Eichmann.

Pero aun así: también en Venezuela existen las almas frágiles y buenas que no resisten el terror policiaco y la brutalidad despiadada de los esbirros de Raúl Castro. Y en quienes el efecto de la inquina, la vesania, la inmoralidad y una inhumanidad desconocida desde los tiempos de Juan Vicente Gómez provocan el quiebre espiritual, el dolor lacerante, la angustia existencial de templar el espíritu y blindar la conciencia para resistir tanta canallada, tanta sevicia, tanta inmundicia.

Los efectos causados por la Venezuela del horror, que asoma su pestilencia y no parece dispuesta a cejar en su empeño de canibalizar lo que llegara a ser una particular muestra de humanidad caribeña, se viven a diario y comienzan a formar parte del paisaje apocalíptico que nos rodea: se nos mueren los amigos, indirectamente asesinados por la villanía de la dictadura. Se nos van parientes, amigos, conocidos. Los encontramos por miles en las ciudades del mundo en donde intentan reconstruir sus vidas. Con tesón, con esfuerzo, con talento, con imaginación…  sirven con su cultura científica, su emprendimiento, su capacidad. En Panamá hemos visitado extraordinarios restaurantes, hemos conocido de un arte culinario que despierta admiración y curiosidad, fundados, gerenciados y mantenidos por caraqueños, valencianos, maracuchos. Lo mismo en Houston o en Miami. La Venezuela que no existía en el mundo salvo como fuente infinita de recursos petroleros y ni siquiera se asomaba a las últimas páginas de los periódicos, hoy llena las grandes urbes del planeta. La humanidad venezolana nos atiende en restaurantes especializados que enriquecen los sabores del mundo, llevan nuestras maletas, atienden los ascensores, conducen los taxis y autobuses en que nos desplazamos también nosotros en busca de cobijo. La arepa se asienta en medio de la gastronomía mundial, y en una cadena de restaurantes venezolanos se puede comer el tequeño, beber la chicha, ya sofisticadas por la competencia al más alto nivel con la cocina industrializada. ¿Quién iba a creerlo hace una década, cuando el caudillo pretendía venezolanizar la ruta de la empanada?

Se asienta poco a poco una comunidad de la Venezuela desterrada, la llamada diáspora, que con inmensos esfuerzos y sacrificios saca la cara por la Venezuela auténtica. La aplastada por la bota sempiterna. Dando pruebas de nuestra emprendedora juventud, nuestra animosa prosapia, nuestro indoblegable espíritu de lucha. Para recibir de pronto esos ramalazos de dolor y pesadumbre, como ahora, cuando estando en los camerinos de un maravilloso teatro de Houston, en el que una venezolana conquistará en momentos con su inagotable talento y sabiduría escénica a una audiencia enfervorecida por esa capacidad de pasearnos por todas nuestras culturas, nos asalta la muerte de un amigo entrañable, Alejandro Pérez.

Son tiempos duros, signados por la traición, la cobardía, la sevicia, el encochinamiento blanco blanquito. Tiempos de sufrimiento, desesperanza, abandono, muerte. Ya se entremezclan y confunden en mi memoria las páginas de Primo Levi con las de José Rafael Pocaterra, las de Pío Gil con las de Rafael Alberti, las de Rafael Cadenas y Pablo Neruda, desterrados. Estamos aprendiendo a vivir el doloroso arte del destierro. Hagámoslo con la frente en alto y el corazón dispuesto a librar nuestras últimas batallas.