Opinión

Los pobres militares

Arnaldo Esté

La crisis general se profundiza y se extiende, pero no habrá guerra civil. Para eso hace falta dos ejércitos, pero aquí hay –fofo, desmotivado y mal dirigido– uno solo. Lo que sí puede haber, y ya ha comenzado, es una matazón, mucho mayor que la del hambre y la mengua. Las protestas se han extendido y llegado a ciudades pequeñas con una frecuencia y compromiso que sorprende. Aflora un ingenio y una constancia que nos hace pensar en la emergencia de otro país.

Los militares no la tienen nada fácil. Ahora los mandaron a invadir al estado Táchira: 2.000 guardias nacionales (parece que la Guardia Nacional es la de arriba) y 600 efectivos especiales.

Mientras eso hacen los militares, la Conferencia Episcopal, con particular sabiduría, toma posición y, a la vez, invita al enredado gobierno a asistir a su sede. Pareciera un puente que le dice al gobierno que todavía puede irse con bajo costo. Y yo agregaría, oportunidad para un gobierno de transición, de coalición que pudiera abrir caminos.

No puedo decir que el oficio militar me simpatiza. Desde muy joven percibí a los militares como asociados a la guerra y la muerte y no me entusiasmó la imagen de caballero, héroe o salvador. Pero entiendo lo de vocaciones: dentistas, peluqueros, futbolistas, pintores, cantantes y, también, militares. Para todos creo que hay espacio y aire suficiente. Pero ahora, en esta crisis, la tienen difícil. Sirven, con voluntad o no, a un gobierno, a unos jefes muy deslucidos con discurso pobre y con una eficiencia muy lamentable (me imagino el lío en el que estarán para movilizar a esos 2.600 efectivos). Tienen que reprimir y gasear a una gente, a su propia gente, que viene a protestar y pedir respeto a su derecho de ir a las oficinas y ministerios a reclamar.

Me parece ver lo que les ocurrirá a muchos oficiales, lo que me ocurre a mí cuando oigo a los ministros y generales haciendo juramento de fe al partido: mucha incomodidad. En mi oficio de maestro uno aprende a distinguir la falsedad de la hipocresía, cuando alguien dice algo que no le es propio, que suena a copia, a repetición, a lección mal memorizada.

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