Opinión

Los perros

José Ignacio Calderón

Hace unos años escribí para este mismo medio digital un artículo titulado “El derecho a la tristeza”. Versaba sobre la posibilidad de administrar nuestro duelo y nuestra tristeza –una constante terrible, tan venezolana en estos tiempos como tener a Bolívar tatuado en nuestra frente colectiva– en varios frentes. La indignación que causó la muerte de Cotufa, un poodle que murió en circunstancias extrañas dentro de un local veterinario, causó la indignación de mucha gente y el desdén de otro grupo.

La tiranía de la información (cosa que ya dejó de ser un símil posmoderno para volverse una realidad nacional) nos obliga a enfocarnos en grandes acontecimientos: cosas de gran magnitud. Marchas, protestas y, ahora, violaciones de los derechos humanos.

Hay gente que se ha molestado de manera bastante desagradable por la indignación que ha levantado la muerte el martes pasado de Cross, un perrito mestizo, en una redada que efectuaron cuerpos de seguridad en El Paraíso. No falta decir que fue una maldad increíble y un uso desmedido de la fuerza, que siempre en nombre del Estado –y más el chavista– es ley y orden.

Cada día que pasa en Venezuela es una incertidumbre terrible. Parece que el camino a la liberación de una tiranía madurista está minada de muerte y dolor. Un camino tan difícil de recorrer que cada paso es de un coraje increíble.

Respetar a todos los caídos, incluido nuestros animales, es imperante para la refundación de una República basada en la tolerancia del otro, esa cuestión tan poco vista en el legado de Hugo Chávez.

Y de verdad: nosotros, los humanos, no merecemos a los perros.