Opinión

Los juramentados emboscados

Rafael Rodríguez Mudarra

El secretario general de Acción Democrática a manera de justificación –para muchos como exculpación preconcebida, como si fuera incapaz de romper un plato, con respecto a la juramentación ante la ANC, tenida por espuria por toda la oposición, incluidos los cuatro gobernadores obedientes al mandato de la presidente de la constituyente, por estos legalizada– reveló: “En lo personal les dije que me parecía que no deberían ir. Ellos (Laidy Gómez, Alfredo Díaz, Antonio Barreto Sira y Ramón Guevara) insistieron en comparecer por el mandato de sus electores y les señalé que se exponían a las sanciones… Creo que cayeron en una emboscada, pero también comprendo su proceder porque si no era imposible asumir”.  Hasta aquí lo expresado.

Sin que se tenga como propósito establecer razones que puedan eximir de culpa a quien tiene por concebido el hecho de la juramentación como una emboscada –sin prejuzgar la convicción para que se llegue a la conclusión de que no hubo espontaneidad en la conducta de acatamiento a la comparecencia– no cabe duda de que los cuatro mandatarios electos obedecieran la imposición de comparecencia ordenada por el presidente Nicolás Maduro y por la jefe de la ANC, Delcy Rodríguez –para sus legitimaciones en una entelequia tenida por espuria– tuvo con anterioridad el debido consenso de aceptación expresado a viva voz por el vicepresidente del partido, al cual están afiliados los juramentados, quien llegó a decir categóricamente: “Ir a la ANC y juramentarse no significa legitimarse”.

Es decir, sin querer queriendo, se acusan los unos a los otros y se les endilga a los que se han dado de por sí en llamarse los “cuatro grandes”, de los que integran la MUD, de secuestrar la unidad; eludiendo a la vez explicaciones sobre las razones que los impulsaron a participar en el proceso electoral y aceptar irregularidades auspiciadas por el CNE. Convocado sin reglamentación de pertinencia por una asamblea nacional constituyente, cuya legitimidad ha sido y es cuestionada por gobiernos democráticos del mundo y organismos internacionales. A la vez se denota una inacción envuelta en dimes y diretes que causan reacción en el conglomerado opositor, que por fuerza de conciencia pública exige una fase de debate para la debida corrección moral. Que le permita al pueblo tener una “institución direccional” que impida destruir la posibilidad de adhesión de todos los sectores activos de nuestra vida nacional. Que posea como bandera el bien común, así como la urgente concienciación de una política moral con basamentos éticos, contraria a empecinarse en privilegiar posiciones personales o caprichos de grupos minoritarios. No querer entenderlo imposibilita el cambio por vía constitucional del rechazado gobierno autoritario de Nicolás Maduro, abriéndole el camino a la perpetuación indeseable de su mandato, que tiene el repudio colectivo.

Negarse a impedir la búsqueda de una política que nos propicie los medios  para lograr la posibilidad de adhesión de los que quieren el alcance del bien común sobre un basamento de lucha unitaria, que lleve al despertar de las esperanzas que tiene el pueblo venezolano, hoy sumido en el estupor por falta de protección, por la disminución de sus facultades físicas, por la situación de mengua que le es habitual, por la falta de recursos para su alimentación, por el  reiterado e impune despilfarro administrativo de sus recursos, por el enriquecimiento ilícito que llenan los bolsillos de los que manejan la cosa  pública.

Cómo impedirle al pueblo opositor reclamarle a los que abusando de la confianza depositada se han atribuido su conducción integrándose en una llamada  Mesa  de la Unidad en la que sus miembros una vez actúan como cuatro grupos minoritarios fusionados en esta, cuando le conviene; y otras, en las que actuando como alianza de partidos exhiben una situación de crisis en la que sus integrantes se arrojan la culpa de sus desaciertos políticos sin que el pueblo elector tenga justificación de tan incomprensibles y temerarios  desacierto, evidencia incompatibilidad con la querencia de una ciudadanía ausente de explicación que la ilustre sobre los desaguisados de tener como secretos los frustrados acuerdos de diálogos en República Dominicana; el abandono sin causa del referéndum revocatorio del mandato presidencial emprendido con valentía y entusiasmo que hubiere sido el incentivo fundamental para el  necesario cambio de gobierno. Así, el porqué de la concurrencia a una elección regional impuesta por una ANC, con repudio universal, de por sí, constituye un desaguisado perverso que anuncia malos presagios.

El 15 de octubre no puede interpretarse como una derrota, pero sí como una enseñanza para la corrección de múltiples desaguisados que deben llevarnos a imponer una nueva estructura de dirección. Que no sea un cenáculo cerrado para una extemporánea discusión sobre candidatura presidencial que nos sumerja en un achaque de culpa: unas a Leopoldo López otras a Manuel Rosales, Antonio Ledezma o a cualquier otro apreciado venezolano. Esta fecha tiene sentido y vigencia, la cual no es otro que con mérito singular nos induce a encauzar a la mayoría angustiada y sufrida que busca la unidad del pueblo para hacer la República, y llama a despojarnos de los colores partidistas para vestir los colores unitarios del sufrido conglomerado nacional.

En escrito publicado en Facebook el 26 de octubre de 2014, hace tres años, reproducido en la fecha correspondiente el presente año, en referencia a la actuación no unitaria de la MUD, expresé:

“Es bueno que los que se han calificado de conductores de la oposición sepan y entiendan que el quehacer político no puede ser objeto de distracción en beneficio de unos pocos que a través del micrófono y otros medios que le han sido favorables, se atrevan a endilgarse la condición de líderes de otros sectores con los cuales no tienen la más mínima relación. La Mesa de la Unidad, en eso debemos estar claro los políticos, no puede constituirse en un partido, dado que no fue concebida para tal fin. Todo centro unitario no debe ser entendido como un medio para la oportunidad, en este caso, de lograr el acomodo de unos pocos en la integración de la Asamblea Nacional a constituirse”. Adagio español: “Lo escrito, escrito queda; las palabras se las lleva el viento”.