Opinión

López Obrador y la constitución moral

Ibsen Martínez

La opinión de

Con apenas horas de diferencia, tanto Manuel Andrés López Obrador, en México, como Gustavo Petro, en Colombia, han declarado sus intenciones de promover nuevas constituciones.

En palabras de López Obrador (en lo que sigue, AMLO), la suya se anuncia como resultado de lo que él nos pinta como amplia asamblea de “ancianos venerables de las comunidades indígenas, maestros y maestras, padres, madres de familia, jóvenes, filósofos, antropólogos, psicólogos, especialistas, escritores, poetas, activistas, indígenas y líderes de diferentes religiones. Será un diálogo ecuménico, interreligioso, entre religiosos y no creyentes, para moralizar a México”.

Según las agencias, AMLO hizo el anuncio al tiempo que era proclamado candidato presidencial de una agrupación cristiana.

También están cordialmente invitados al simposio todos los hombres y mujeres de buena voluntad y “todos aquellos que tengan algo que aportar al respecto”. Tal parece que los preteridos poetas teporochos que tanto podrían decir sobre patrones morales, hallarán al fin, gracias a AMLO, la oportunidad de expresarse cívicamente.

La idea es modificar, por obra de un código moral consensuado, el carácter mexicano. Normarlo benévolamente para hacerlo más sensible al amor al prójimo, a la práctica del bien y así poner fin al relajo, la robantina, la mordida y la matazón con medios propios de la recta vía a la salvación de que nos habla San Anselmo.

Los cables no dejan saber si, después del sermón, el líder tabasqueño obró una milagrosa multiplicación de quesadillas de huitlacoche.

Bromas aparte, admitamos que, por ahora al menos, el candidato de Morena no está hablando de reescribir de arriba abajo la Constitución política de México, sino apenas de codificar la moral pública. ¡Poca cosa!

Desde luego, como venezolano de este siglo XXI, ante la prédica moralizadora del caudillo de Morena no puedo sino recordar que también Hugo Chávez comenzó hablando de moralizar la vida pública de mi país. Menos de veinte años después, aquella campaña de moralización que condujo a redactar una nueva Constitución –bastante mostrenca ella, todo sea dicho–, ha desembocado en una catástrofe social de la que si te quejas vas preso, o al exilio o te matan.

Sin embargo, atento a mis muchos amigos mexicanos que simpatizan con AMLO, diré con ellos que, en efecto, el Peje no es Chávez, aunque no está escrito que después de julio no le dará por disolver mandonamente el Congreso e imponer, ya no promover, una asamblea constituyente.

Para ser justos, AMLO enfatizó tanto en su discurso la pluralidad y la amplitud implícita en su convocatoria que ahora se entiende mejor por qué en su vagón moralizador también caben los capos de los carteles de la droga, con quienes ha dicho estar dispuesto a pactar una amnistía que, a buen seguro, favorecerá también a incomprendidos cabecillas sindicales prófugos de la justicia. Es el perdón, amigos, el perdón que obra milagros.

El talante ecuménico –para usar sus propias palabras– del concilio moralizador propuesto por AMLO explica la beatitud de espíritu con que ha venido aceptando apoyos que solo escandalizan a los biempensantes partidarios del corrupto status quo. Sus detractores no pueden entender que una cruzada de elevación espiritual colectiva no puede avanzar en el camino del amor y el bien común sin perdonar a troche y moche a todo bicho de uña, traje y corbata.

En un tuit, el escritor mexicano Xavier Velasco comentó la convocatoria de AMLO haciendo alusión a Venezuela: “Esa película ya la vimos: empiezan imponiendo una moral y terminan hablando con los pajaritos”.

Y llevándose en los cachos a todo el personal, añado yo.

@ibsenmartinez