Opinión

“Los que no recuerdan el pasado están condenados a volverlo a vivir”. (Santayana)

Los últimos quince días hemos estado sumergidos en un inaudito marasmo. En una especie de punto muerto. Donde los acontecimientos políticos se reducen a simples ritornelos; a repeticiones inocuas de de estribillos y a la reiteración farragosa de los mismos lugares comunes que ya, por hartazgo, conocemos de memoria.

El ingeniero Juan Guaidó; presidente interino de la república y presidente de la Asamblea Nacional (al alimón) se sumerge con plena consciencia en una especie de oscuro tremedal. El mismo sitio de destino que delineo magistralmente Rómulo Gallegos en Doña Bárbara. No vale la pena ahondar, o delimitar, el paralelismo y/o contradicción existente del principio establecido por Montesquieu. El problema no reside en hacer exégesis absoluta al respecto. El problema venezolano (Crisis Nacional) ha dejado atrás -definitivamente- meras consideraciones constitucionales. Por la sencilla razón de que mantenemos el record Guinness de estar inmersos en un “golpe de estado continuado” desde hace más de dos lustros. 

Las premisas establecidas por los actos coyunturales acaecidos a partir del 23 de febrero se han agotado por haberse cumplido. No precisamente como producto de la estrategia final establecida: ¡Cambio de régimen! Esta premisa estaba cimentada en una especie de trípode. La decisión puntual del presidente Donald Trump (fundamentalmente), organismos multilaterales y bastantes gobiernos. El aparente punto de quiebre del estamento militar venezolano y la sobrevenida irrupción de las masas populares en las calles para apuntalar definitivamente el cambio de gobierno.

Las intenciones de Trump de actuar de manera la drástica por él anunciada se han venido diluyendo por la intervención de disímiles factores -internos y externos- que han atemperado un poco sus intenciones originales. Es evidente que la sibilina influencia del llamado Grupo de Lima y de la Comunidad Europea, han surtido su efecto disuasivo. De igual modo, sus estrategas políticos cercanos, quizás le han inducido a esperar “un pelo”; para hacerla viable en fecha más cercana a los comicios presidenciales del año venidero. ¡Por meras conveniencias pragmáticas!

En el ínterin, Maduro y su combo le ha tomado el “timing” al mandatario norteamericano. Han actuado de hecho (alojándolos en ergástulas) en contra de algunos de su entorno más cercano. Por otra parte los alcahuetas oficialistas de siempre le están acomodando pacientemente la cama a Guaidó; (Decisiones emanadas del TSJ, CGR y el bodrio denominado ANC) y, por último, la recién declaración del oficioso ventrílocuo presidencial al anunciar que existe un plan terrorista jefaturado por el presidente “biborlado” cuyo coordinador sería el asistente presidencial administrativo alojado en la sede del SEBIN. Es decir, la captura del fabulado “desalmado terrorista” (al decir de la jerga oficiosa) es ya la “crónica de una muerte anunciada”. La siniestra sensación de incompetencia, mediocridad, lentitud, aventurerismos, deshonestidad plena en la actividad gubernamental. La transformación de los diversos entes burocráticos y empresas públicas en verdaderas satrapías administrativas de ciertos y exquisitos clanes (especie de la ya asentada lumpen-burguesía) enclavados en la alta burocracia oficial es nuestro pan de cada día.

Por otra parte existen sectores –evidentemente minoritarios- de la oposición que insisten en la participación “tete a tete” conjuntamente con el totalitarismo por intermedio del diálogo en la chucuta negociación política en ciernes que aspiran concretar. Algunos de ellos reivindican la participación a como dé lugar en eventuales elecciones dirigidas por las arpías y el sempiterno comodín del ministerio de elecciones del gobierno (CNE).

Los “cabildos” tumultuosos han dado paso a las sempiternas “marchas” organizadas directamente por el señor Guaidó. Cada día y –sin llegar a escuálidas- por ahora, ha disminuido la participación popular. Retroceso político explicable por las formas, maneras y los modos implementados por el emergente fenómeno político. Se empieza a notar una especie de cansancio; de desesperanza; y, hasta de duda, de la pertinencia de las tácticas empleadas por él hasta ahora.

El gobierno norteamericano ha persistido -contundentemente- en aplicar sanciones económicas y diplomáticas contra el totalitarismo y fascismo imperante. ¡Esto es innegable! La OEA aceptó al novísimo embajador designado ante su seno por Guaidó. Así mismo, los nuevos flamantes embajadores han disminuido su intervención y cada día pierden el necesario protagonismo. Las razones son explicables: No existe una acción política determinada por acciones concretas debidamente explicativas asumidas por Guaidó. Estas se circunscriben a manifestaciones de calle cada día más esporádicas y promesas difusas. Generalmente una vez a la semana.

Guaidó ha tomado muy en serio su honorifica cualidad de presidente de la república (i). Quizás, por tal razón, se ha olvidado (“sin querer queriendo”) la implementación de otros métodos y formas de lucha que la historia nos ha enseñado.   La más contundente es la eventual declaratoria formal de una Huelga o Paro General (por lapso determinado o indefinido. Escalonado o único) para enrostrarle al totalitarismo el cabal desconocimiento al régimen. A su inconstitucional manera de hacer política. A la ilegitimidad que lo distingue. Las luchas de masas corresponden a una radicalización progresiva del antagonismo insoluble y, tanto los viejos partidos, como los nuevos, no pueden descartar su uso en cuanto exista la posibilidad de que obedezcan a la presión insurgente del pueblo. Tanto la vieja oposición, como la actual, han llevado una oposición marcadamente negativa. Consistente en la simple réplica de los actos concretos del gobierno. Más que en la formulación de una certera y atrayente política de masas. Ha radicado en el parlamento el centro de su acción y ha sido impotente para responder a la represión oficial y a la regresión política. ¡Hay que detener a todo evento la fascistización de la vida pública en Venezuela.

Pareciera que los consejeros políticos que dispone no ponderan pertinente que tan demoledor i eficaz instrumento de lucha se haga ostensible. ¡Inaudito desdén! Prefieren el cabildeo chucuto y casi clandestino para lograr lo que resulta inimaginable. Maduro y su combo no abandonará el gobierno por las buenas. Cuando el inminente cambio se imponga por las malas; entonces sí acudirán solícitos al diálogo procurador de la negociación política que les servirán de salvaguarda a sus  disímiles intereses económicos, políticos y personales. Mientras una  verdad teórica no se traslada al terreno de la organización y de la consciencia no es una verdad política Carece de valor operativo por elevada que sea su categoría ética. Necesitamos un movimiento compacto, impetuoso, poseído de la voluntad de alzarse contra todo intento de afianzar a la dictadura.

Juan Guaidó está a punto de convertirse en un émulo del “Mocho Hernández”. Este peculiar y valeroso político del siglo pasado. Jefe del llamado nacionalismo. Honesto a carta cabal; se alzó contra la tiranía en diversas oportunidades. Por deficiencias de orden táctico, no coronó sus legítimas aspiraciones políticas y por ello fracasó. Y su fracaso ocasionó daños inconmensurables a Venezuela. La praxis política es un arma útil sólo en la medida  en que ayuda a descubrir la realidad y a transformarla en un enfrentamiento continuo  de la teoría con los hechos.

Pareciera que desea transitar el camino ya trillado de los llamados “políticos de gabinete”. Estos, -quienes conforman los líderes de su propia parcialidad- (el preso, el exiliado, el asilado y el nuevo, aunque veterano vocero), conjuntamente con el resto de los diversos partidos políticos (AD, PJ, UNT, AP, etc.) quienes solamente desean el cambio de régimen y apuntalar y ajustar sus variados intereses personalísimos: Una brevísima transición, elecciones y de nuevo al reparto tradicional. Es decir, todo indica que Guaidó será “Jefe por nueve días”. Pareciera que existe la intención de imponer en las urnas a una especie de “demiurgo”. Gracias al execrable e ilimitado poder de mistificación de los medios publicitarios dominados y presionados por monopolios e individualidades. Destinados a desbrozar el camino hacia una variedad de nuevo cesarismo civilizado promovido por una renovada oligarquía para persistir en la fascistización del Estado

Lo pertinente es una transición mínima de tres años. Conformada por un gobierno de Unidad Nacional anudado por un plan económico, político y social consensuado a ser aplicado en ese         lapso. La finalidad es la de enderezar todos los entuertos, fallas y errores cometidos por el totalitarismo. Este gobierno de transición no debe estar signado por ninguna ideología política en particular. Lo que se trata es de encausar nuevamente al republicanismo como auténtico régimen democrático y cimentar nuevamente las estructuras económicas, políticas y sociales. Luego será permisible el libre juego de las ideas representadas por las ideologías. Por ello, en las actuales circunstancias, la unidad es un proceso que exige paciencia, tolerancia mutua, honestidad teórica, independencia crítica. No se trata de un “mantra”, de una superstición vacía y acomodaticia.

Dentro de este esquema, y de manera sustancial e insoslayable, debemos comenzar a pensar seriamente en redimensionar el rol fundamental de las Fuerzas Armadas. Debemos refundar un “ejército” ideal. Cualitativamente idóneo en lo profesional. Dotado de una auténtica doctrina republicana y por ende democrático. De elevada especialización. Fuertemente jerarquizado. Proveído por una suerte de sacerdocio contentivo de un oficio prístino cabalmente delineado. Cuantitativamente modesto, pero con poder disuasivo probo ante cualesquier contingencia de orden internacional o interno. Su única misión: Cautelar la integridad territorial y la soberanía del país. Convincente en grado sumo ante eventuales intentonas de vulnerar la paz interna…

La Semana Santa en ciernes es propicia para orar con sobrecogimiento cristiano. También para  ponderar debidamente, con frialdad de catedráticos, las insoslayables tareas a emprender.

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CheyeJR