Opinión

Libros: Thomas Mann

Se titula Relato de mi vida, pero es el texto de un hombre que evita hablar de sí mismo. Y para cumplir con la exigencia, traza unas notas melodiosas y superficiales. Una pizca sobre sus padres, otra sobre el ambiente idílico en el que creció, en otra menciona al niño que escribía comedias y las representaba, junto a sus hermanos, en el espacio del hogar. Como si estuviese realizando el perfil de alguien lejano y afable: una prosa suave y predecible, de alguien que no padeció los rigores de descubrir el lado hostil del mundo. Un Thomas Mann un tanto decorativo, doméstico, flemático, desde siempre alentado por los vientos de la fortuna.

El joven, en principio interesado en la poesía y el ensayo, más adelante encuentra su cauce en la narrativa. Sus primeros tanteos reciben elogios. No le falta trabajo. Entre sus amistades tiene, por ejemplo, a dos hermanos: mientras uno pinta su retrato, el otro interpreta el violín. Cuando piensa en aquellos años, no titubea: aquel era “el mejor Munich que ha habido jamás”. Leer a Schopenhauer y a Nietzsche le marca (debo anotar aquí que sus ensayos sobre ambos, que forman parte de una recopilación recién traducida con el nombre de Textos críticos, son cautivadores y ejemplifican su capacidad para trenzar narrativamente los distintos planos de su pensamiento). Cuando recuerda a Nietzsche escribe: “El primer efecto que provocó en mí fue una sensibilidad, una clarividencia y una melancolía de índole psicológica, cuya naturaleza yo mismo apenas consigo discernir con claridad, pero que en aquella época me hizo sufrir de una manera indescriptible”.

El uso de la palabra “sufrir” es inusual en este relato. Incluso en los momentos en que narra los suicidios de sus hermanas, la cautela se impone. La elegancia de su escritura, la lejanía que exuda el hombre realizado, las frases que lentamente aparecen y deslumbran (“lo significativo no es otra cosa que lo lleno de relaciones”), ganan la partida a la tentación de cerrar el libro. Lentamente, el ensayo cambia de rumbo: sin romper con lo somero-biográfico, con la autobiografía que se resiste a ser contada, Mann se interna en la reflexión sobre parte de su obra: el pudor y el autoelogio que copan las primeras páginas –hablo de un ensayo de no más de unas 60 páginas-dan paso a los procesos de Tonio Kroger, Los Buddenbrook, Consideraciones de un apolítico, Confesiones del estafador Félix Krull, alguna escueta consideración de La montaña mágica, y algo más. En estos raptos está, me parece, lo mejor del libro.

Mann distingue entre la sensibilidad agitadora y la indicadora, para suscribirse a la segunda. En ella encuentra su simpatía con el dolor, que abarca una confesada ofuscación por su época (“Acaso como ningún otro había yo experimentado en mi propio cuerpo, en violentos conflictos, como la época forzaba a pasar del plano de lo metafísico e individual al plano de lo social”). No se engaña: habla de la dualidad humana como estímulo vital para el creador. Esa dualidad es la que incita al hombre a preguntarse por su esencia. A buscar, más allá de la comodidad de lo inmediato, en el alma y en el tiempo. Mito y psique son inseparables, aun cuando la ciencia intente distinguirlas. Mann señala –y se pregunta también- si su obra está o no inscrita en esa tradición. Esa tradición constituye una legitimidad.

La distinción del Premio Nobel, lo confiesa, no le sorprendió. La afirmación de “se encontraba en mi camino”, no sería un enunciado de la vanidad, sino de algo que precede a todo reconocimiento: el de ser portador de un destino, “que yo contemplo de una manera totalmente humana, sin hacer muchos aspavientos”. Mann se veía a sí mismo reservado, elegido para las colosales tareas literarias que realizó. La complacencia de lo cumplido: esa es la respiración que se escucha en el fondo de este relato, escrito para recapitular lo mejor de lo vivido y no para hurgar en las grietas del alma.

La edición de Relato de mi vida ofrece más: un texto de Erika Mann, El último año de mi padre, metódica relación que permite atisbar a Thomas Mann en su cotidianidad, en un tiempo donde su salud se resquebraja. La profusión de detalles termina por construir un retrato de múltiples dimensiones. El libro cierra con un material de lujo: la Cronología y bibliografía de Thomas Mann, elaborada por Andrés-Pedro Sánchez Pascual, esqueleto sin fisuras de la producción editorial del gran escritor.

*Relato de mi vida. Thomas Mann. Traducido por Andrés-Pedro Sánchez Pascual. Hermida Editores. España, 2016.