Opinión

La ley y el más débil

Héctor Concari

Exhibida fugazmente en la muestra de Cine Francés, La ley del mercado es, sin embargo, una de las películas francesas más interesantes y que dieron más que hablar cuando su estrenó hace casi dos años. ¿Por qué ese malestar de buena parte de la crítica francesa? Algunos vieron una película que solo se limita a describir el statu quo de un trabajador francés, sin ofrecer mayores alternativas ni una visión un poco más totalizante (¿más militante?) sobre la suerte de la clase baja gala. Otros, más entusiastas, vieron un renacer del cine político más radical del cual no se tenían mayores noticias desde hace unos treinta años en un país y una cinematografía –según ellos– adormilados en su zona de confort. Lo cierto es que la película es una rara avis en la cinematografía de la nación más cinéfila del planeta. Comenzando por una precisión. El cine francés siempre ha adornado su realismo con una pátina de poesía. Su cine de los años treinta (el de los directores Jean Renoir, Marcel Carné, Julien Duvivier y los íconos Jean Gabin o Michelle Morgan) se ganó el mote de “realismo poético” y era la contracara expresiva del Frente Popular de los socialistas en el poder y un llamado de atención a la vida de los más desposeídos. Pero su sello de marca no estaba en esta materia, sino en el giro que las historias tomaban. Había un tono melancólico, una mirada de poesía sobre esos dramas que inevitablemente llevaban a la tragedia, preludio de la guerra que se desataría en el último año de la década.

La anotación viene a cuento, porque La ley del mercado es la ruptura más radical concebible con esa tradición. La anécdota, si se puede hablar de ella, es mínima. Un empleado se acoge al seguro de paro porque la empresa reduce su personal. Toma algunas medidas económicas de emergencia, consigue trabajo como agente de seguridad en un supermercado, vigilando que los clientes no roben. Difícil encontrar una línea argumental más raquítica. Pero el tratamiento no le va en zaga. La cámara captura los momentos más reveladores de la vida del personaje, sin buscar algún comentario, ni justificación de los actos. En la asamblea donde se discute qué hacer frente al despido toma la posición más resignada, pero también más realista. La que manda, precisamente, la ley del mercado. Luego la película nos lleva por un largo periplo por su vida cotidiana, buscando trabajo en entrevistas de una crueldad fría que develan la displicencia del sistema, o discutiendo con un comprador que intenta sacar partido de su situación, ofreciendo un precio irrisorio por su incomodísima casa rodante, mientras presenta a su esposa y su hijo con parálisis cerebral, y nos lleva a una sesión de lecciones de baile, una alegría forzada que contradice su situación.

El plato fuerte es su nuevo trabajo, porque si hasta la mitad de la película solo habíamos visto el drama, más humano que económico (recordemos que estamos en el primer mundo) de un desempleado, a partir de su nuevo empleo un nuevo microcosmos se abre al espectador. El supermercado en el que consigue trabajo es un espacio frío, tan deshumanizado como los jefes que lo gobiernan. Mucho más importante, esa frialdad, que no es otra cosa que la cara interna de la ley que manda el mercado de consumo y laboral, contagia a los empleados. Especialmente a los que tienen que hacer que la ley se cumpla. Lo más terrible de la trama es que no hay escape. Robar es un delito (más allá de la muy francesa frase según la cual la propiedad es el robo) y los vigilantes cumplen un papel lógico en el sistema. Ocurre sin embargo que la película tiene la habilidad de colarse por la retaguardia y mostrarnos por qué roban los que roban. Recordemos que estamos en el primer mundo así que no es –primordialmente al menos– un robo por hambre, pero los interrogatorios, espejo de las entrevistas de trabajo, desnudan vidas mínimas, infelices, detrás de las cuales se esconden dramas mayores, uno de los cuales se devela sobre el final. Y ahí está el valor de la película. Describir un microcosmos que refleja una sociedad sin alma, de seres encerrados en sí mismos, luchando por mantener el equilibrio del mundo propio. Todo esto narrado sin anestesia, manteniendo en todo momento una tensión inexplicable porque lo único que hace la película es describir con un pincel de hielo el mundo de todos los días. Alphonse Daudet decía que la rabia es la cólera de los débiles. La película es un eco de esa afirmación.

La ley del mercado (La loi du marché). Francia. 2015. Director: Stéphane Brizé. Con Vincent Lindon, Karine de Mirbeck, Yves Ory.