Opinión

Las piedras en el camino

Rubén Osorio Canales

La opinión de

Ciertamente los acontecimientos, tal y como se están sucediendo, no son aptos para aquellos que padecen de inmediatismo, porque, si bien el camino hacia la transición ya comenzó, y para muchos de manera irreversible, todavía tiene que sortear las muchas piedras que el régimen y sus aliados, que no son pocos, lanzarán para liquidarlo. Estamos hablando de obstáculos que van paralelos a la represión y el abuso de poder tan propios de la tiranía, sobre todo cuando de impedir su salida del poder se trata. Estamos hablando de obstáculos más formales, y “académicos”, con los que el régimen pretende ganar tiempo y lograr salirse de la maraña de errores y abusos de poder que lo han llevado a la difícil situación en la que se encuentra. Por eso es bueno repetir que no podemos caer en el error de pensar que el mandado está hecho, ni subestimar a un enemigo que, a pesar de estar pasando por su peor momento, ha tomado la decisión de no abandonar el poder por considerar que tiene todavía el apoyo, aunque muy deteriorado, de una cúpula militar muy cuestionada, y que, internacionalmente, no está tan solo como muchos piensan. Por fortuna el propio Guaidó lo sabe y lo manifiesta en su discurso de todos los días.

Ahora mismo estamos por enfrentar dos obstáculos para nada fáciles de superar, como son la irracional decisión del régimen de impedir el ingreso de la primera parte de la ayuda humanitaria promovida por Estados Unidos, Canadá, y la UE, tema que le ha servido para montar un discurso que abunda en bravuconadas, pero también en lanzar la clásica campaña “del débil acosado por el imperio”, que no en pocas ocasiones suele motivar la sensibilidad de algunos actores, tanto nacionales como internacionales. Por eso, al lado y en paralelo a esa posición, hemos visto la aparición nada menos que en Montevideo, cuna de los tupamaros que Mujica llevó al poder, del Grupo Contacto con la participación de varias naciones que proponen discutir las soluciones posibles para solventar la crisis venezolana y llegar a una propuesta que conduzca a unas elecciones generales para solventar la crisis, tarea que les llevaría, según los “piadosos” promotores de la idea nada menos y nada más que interminables noventa días, lo cual, a mi modesta manera de ver, la hace totalmente inviable.

Al momento de escribir estas líneas, ambos casos están en el escenario comenzando su proceso. En cuanto a la ayuda humanitaria solo sabemos que el régimen decidió no dejarla entrar y como primera medida para obstaculizar su paso colocó en la frontera con Colombia dos camiones, una cisterna y un grupo de soldados apostados en un puente para impedir que el pueblo salga al encuentro y custodia de este primer envío destinado a socorrer a niños y enfermos que requieren de la máxima atención para sobrevivir. Ese solo hecho no hace más que reiterar la perversidad de un régimen repudiado por 90% de los venezolanos y que, entre otras cosas igualmente graves, pretende ignorar que existen tratados internacionales suscritos por Venezuela que consideran el impedimento de la llegada de alimentos y medicinas destinados a una población que clama por ellos como un delito de lesa humanidad. En cuanto a este capítulo que apenas está comenzando y no podemos saber cómo terminará, lo seguiremos con la atención que su importancia merece, deseando de todo corazón que prevalezca la sensatez y el régimen ceda en la violencia de su discurso y su propósito.

El caso de la llamada operación contacto en Montevideo es otra cosa, y nos lleva a recomendar nuevamente no subestimar a un enemigo que, aun estando como está, acorralado y pasando por su peor momento, está armado y apuesta por ganar tiempo para que nuestro cansancio se haga presente y una vez más nuestra relativa perseverancia en la protesta y el inmediatismo de algunos sectores se haga presente y se produzca un desmoronamiento anímico, si los cambios no se producen de forma inmediata y que tocando ciertas teclas aplicando la psicología de la perversión, intentarán dividir a la oposición, todas circunstancias que, por supuesto, nos toca a los venezolanos que queremos el cambio desmentir con hechos.

A todo lo dicho tendríamos que sumar factores externos como son el rechazo de la comunidad internacional a una intervención extranjera en nuestro territorio, reforzado por el sentimiento anti-Trump de muchos de nuestros aliado demócratas, sumado al odio antimperialista de las izquierdas y de no pocos movimientos de centro y centroizquierda en el mundo, que siempre abogarán por una solución pacífica, consensuada, como la sugerida por Pepe Mujica, el bonachón jefe de los tupamaros, al decir “que la crisis venezolana tiene una sola solución pacífica y esa no es otra que una elección general, libre y confiable, para que el pueblo decida su destino, bajo la supervisión de la ONU”. Proposición que, de haber sido hecha por un grupo de consulta imparcial y desligado de posiciones políticas muy conocidas, habríamos considerado como aparentemente lógica y bien intencionada, pero que al haber sido formulada por un líder comunista como Pepe Mujica se hace sospechosa y mucho más cuando quienes la asumen, proponen y la oficializan son dos, más que aliados, cómplices de Maduro y de la mal llamada revolución bolivariana, como son Tabaré Vásquez y López Obrador, quienes procedieron a montar la mesa de la operación aprovechando una idea de la UE, poniendo a Montevideo como sede del grupo, y reservándose la vocería del grupo, proponiendo, nada más y nada menos, que noventa días de tregua para emitir los resultados de unas deliberaciones que llevarán a cabo en una sucesión de diálogos bizantinos que no tienen otro propósito que darle oxígeno al régimen y apagar la ira de un pueblo que dijo con su presencia multitudinaria en la calle y a todo pulmón, ¡ya basta! Lo más grave de este asunto es que eso que proponen Tabaré y detrás de bastidores López Obrador, es precisamente lo que el régimen de Maduro y Cabello buscan, y más grave aún es que esa propuesta cuenta con el apoyo de ese club de gobernantes que es la ONU, cuya característica principal es su ineficiencia y su inutilidad, tal como quedó demostrado cuando el organismo decidió que no se justificaba un viaje a Venezuela de la señora Bachelet, comisionada para los derechos humanos, sabiendo, como lo saben, que aquí el régimen viola los derechos humanos todos los días, así el fiscal general y la cúpula mal gobernante lo nieguen.

Toca a la oposición venezolana, a Juan Guaidó, a sus más resueltos aliados políticos, y a todo el pueblo rechazar por inviable esa propuesta, porque es absolutamente inmoral pedirle a todo un pueblo que muere de hambre, que aguante noventa días más de miseria solo porque un régimen que viola continuamente la Constitución y desconoce los derechos de sus ciudadanos necesita tiempo para burlar el cerco y seguir con sus políticas nefastas que tanto daño le han hecho a Venezuela y a los venezolanos.

Es la hora de tener los ojos bien abiertos y la voluntad puesta en su sitio, para lograr que la democracia regrese a ocupar el sitio que le corresponde en la conciencia de los venezolanos. Que Dios proteja y salve a Venezuela.