Bernard William Aronson murió en Manizales el 29 de junio de 2018, 37 días antes de que Juan Manuel Santos entregara el poder a Iván Duque, hijo de un ministro de Belisario Betancur que nunca oyó crujir el volcán del Nevado del Ruiz, quien le derrotó con la mano interpuesta de un M-19, portador de una inmensa bolsa negra, apoyado por “los billones de votos de las FARC”, a quien Santos había concedido 12 curules parlamentarios sin un solo voto. Duque le venció con algo menos de 40% de los sufragios del partido Centro Democrático, del cual ahora se ruboriza.

Aronson, que acababa de cumplir 72 años en mayo, había estado departiendo, la noche anterior a su agonía, con un inquebrantable estudiante de la Universidad Nacional con sede en ese municipio del Eje Cafetero, colosal consumidor, con su carota de niño huérfano, de chicharrones y frijoles con garra, que había logrado que luego de una conferencia Aronson le invitara a un restaurante chino, donde luego de ingerir un abundantísimo chow mein [炒面], con patitas de rata sofocada al gratén, el antiguo secretario para las relaciones interamericanas de los presidentes Bush y Clinton falleció de manera fulminante.

El cuerpo del difunto Bernie, como para entonces le llamaba el eterno estudiante, fue embalado en un cofre de aluminio de manera inmediata y enviado a Washington, donde le sepultaron en presencia del presidente Trump. Lo que nadie supo fue que Aronson había visitado Manizales no solo para dar una conferencia sobre su participación en el ya concluido proceso de paz colombiano, sino para entrevistar a Elda Neyis Mosquera, la temible comandante Karina de las FARC, que acostumbraba a jugar con las cabezas de los que ejecutaba, entrevista que terminó publicando en Vanity Fair.

Meses después del fallecimiento de Bernie, el eterno estudiante descubrió, en una de sus 13 mochilas wayuu, la libreta de apuntes que Aronson llevaba la noche de su tránsito y que dejó sobre la mesa del cenadero chino y olvidó donar al cónsul americano que recibió su cuerpo. Era un cuadernito de unas 500 páginas, hecho en China, con tapas negras y hojas amarillas de rayas horizontales con una banda elástica, como los que había usado Bruce Charles Chatwin para transcribir sus recuerdos de viaje, en la que Bernie apuntó numerosos incidentes, reflexiones y noticias sobre el lance de Juan Manuel Santos y su hermano Enrique para persuadir a los fanáticos farianos de ingresar en la sociedad bogotana y terminar sus vidas aceptando los beneficios sociales y políticos de la oligarquía.

Todo el contenido de la libreta (The Peace of the Atrocious Redeemer) ha sido publicado en Londres por Penguin Books, con un prólogo de Rolando Arango, autor de una enciclopedia de los usos del alcohol de caña en América Latina, quien narra, allí mismo, las enormes vicisitudes por las que cruzó el libro de memorias de Aronson antes de ser llevado a la imprenta, justamente en el municipio en el que había nacido el opositor de Juan Manuel Santos, donde terminó en las fauces de una jauría de perros caminantes con nombres de emperadores romanos.

Refiere Arango que la moleskine de Bernie fue rescatada por él mismo de la boca de Vitelio, un viejo labrador negro que había logrado arrebatársela al pastor alemán Cómodo, quien, en compañía de su amigo, el dogo Saotero, estaba burlándose del terranova Trajano. Los canes pertenecían a un juez ilustrado que les protegía y había ordenado a los tenderos del pueblo cebarlos con formidables fragmentos de salchichón cervecero cada vez que velaban a las puertas de los establecimientos, aunque dicen algunos, que el juez era burlado por los habitantes de calle que pedían las raciones y las cargaban a nombre de los brutos.

Más allá de estos detalles circunstanciales y hasta divertidos, en el prólogo Arango destaca el momento que quizás sea el más importante de estas memorias de Aronson, cuando en más de 50 de sus páginas describe y elogia los mecanismos que idearon y usaron los hermanos Santos y algunas de las mujeres de la cúpula fariana con la ayuda del abogado comunista Santiago de España, para engatusar a la sociedad colombiana al tiempo que camelaban a los propios guerrilleros convencidos que iban a cambiar el rumbo de Colombia sin contar con la muerte de Fidel y Raúl Castro, la inoculación de un cáncer en un hospital habanero a Hugo Chávez y el fracaso de las políticas de Obama con el éxito de Trump.

Aronson anota que los mecanismos de relojería habrían sido construidos entre Enrique Santos y Enrique Santiago, luego de convencer a Alexandra Nariño y Victoria Sandino de que si bien las FARC deberían admitir tácitamente su derrota militar con la firma de la paz santista, como quedó diseñada, pasarían a la historia creando por primera vez en 200 años la posibilidad de que un inmenso movimiento de izquierdas, financiado con el dinero del narcotráfico y la liquidación física de sus oponentes tanto a la derecha como a la izquierda, les catapultara hacia el poder. Pero, repite, Aronson, no contaban con que el tiempo se agotaba.

Se trataba, devela, de entregar, al fuego del destino, a los cabecillas muertos de las FARC, al Alto Mando Militar en ejercicio, aniquilando el Parlamento y los terratenientes, salvando solo a los grandes capitalistas, poseedores del dinero y las finanzas, con la consagrada colaboración irrestricta del Poder Judicial, que les pertenecía a las FARC.

Leído hoy el libro de Aronson, deslumbra su lucidez, al tiempo que asombra su impericia al creer que todo podía ser manipulado en el país suramericano solo con la instauración de la corrupción como generadora de opinión.

En otro de los apartes sustanciales de sus memorias, Aronson detalla los movimientos militares y criminales de Juan Manuel como de Enrique en connivencia con Iván Márquez y Pablo Catatumbo, los más feroces enemigos que tuviera al interior de las FARC, Alfonso Cano, a quien “they delivered like a man gydog to the army commanded by Santos”, por considerar, los unos como los otros, el obstáculo principal para sus propósitos. Cano representaba la vieja idea de la lucha comunista mientras a estos les interesaba la toma del poder para su camarilla y el disfrute de sus enormes capitales como lo habían soñado Pablo Escobar, los hermanos Rodríguez Orejuela y disfrutado el comandante Hugo Chávez.

Dice Aronson, o mejor lo sugiere, que Cano fue liquidado con el modelo con el cual liberaron a Ingrid Betancur, mediante sobornos multimillonarios en dólares y euros, de los cuales están disfrutando ahora los victimarios. Comparando su muerte con la de Carlos Castaño, que se oponía, como Cano, al uso del dinero del narcotráfico para el mantenimiento de la guerra.

Y en una de las tantas notas al pie de página, indica que el interés de Enrique Santos y Enrique Santiago por lograr la paz de Colombia tenía que ver también con el día a día de sus vidas, “they have the habit of dining at expensive restaurants and drinking champagne”, pues sus gastos son enormes y la liquidez de sus arcas continúa en mengua, y que, durante los cinco años que duró el sainete de la negociación en La Habana, fueron Catatumbo, Pacho Chino y el Paisa quienes contribuyeron con metálico, que tenían en la cordillera occidental, en caletas refrigeradas con un sistema de energía solar traído de Noruega por Sergio Jaramillo.

En otra nota, casi al final del libro, dice que Enrique Santos Calderón recibió en los años de la venta de El Tiempo unos 25 millardos de pesos; que había comprado un piso en Cartagena por unos 2 millardos, y que el resto lo había ido dilapidando en 2 décadas.

Sería prolijo hacer una paráfrasis del texto de estas sugestivas memorias. Baste decir que no deja de causar admiración todo el galimatías que inventaron en La Habana para hacer creer a los colombianos que las bandas de narcos iban a decretar la paz, pero más asombra cómo lograron los hermanos Santos, el abogado Santiago y las amantes de los jefes farianos, engañarles y llevarles al final de sus días. Hoy sabemos que Santos, siguiendo los métodos de la Mossad le’aliyah Bet [המוסדלעלייהב] sucesivamente traicionó a Uribe, a los jefes guerrilleros puros, y que su hermano Enrique, durante el proceso de paz, perdió toda la dentadura atacada por las bacterias de la gingivitis.

Porque, si no hubiesen huido de Colombia y recibido asilo en Venezuela, la mayoría de los cabecillas farianos hoy estarían muertos como murieron Timo y París de la manera más inimaginable posible. A Rodrigo Londoño lo ultimó una señora ciega, en una silla de ruedas, con una aguja de coser costales, a quien él le había secuestrado su anciano marido de 86 años de edad y mantenido en un zulo, a 5 metros bajo tierra, durante 2 años y luego, a cambio de 7 millardos de pesos aceptó entregarle sus manos y cadera ya hechas huesos. A Jesús Emilio Carvajalino lo tiró por una alcantarilla en Bogotá una ex partisana que él había golpeado, con un dildo de la Isla de Pinos, en Caracas, en presencia de la comandante Teodora.

Al final de su libro, Aronson pregunta qué fue del destino de Enrique Santos Calderón. Unos responden, de mala fe, por supuesto, que las autoridades lo siguen buscando en los pucheros de Cartagena de Indias, pero un babalao, Orisha que opera a través del sistema adivinatorio de Ifá, sostiene que le ven de noche en un bar de la séptima con 70, cuyo pagano nombre se ha borrado de la pared y ahora se llama La Social Bacanería. Allí suelen afirmar que continúa redactando unas memorias, en las que en el capítulo final promete demostrar cómo el sucesor de su hermano dará la estocada final a la vida del presidente Álvaro Uribe Vélez, y, para gloria de las FARC, borrará del mapa político de Colombia al Partido Conservador, al Partido Centro Democrático, al que se avergüenza de haber pertenecido, y al Partido Liberal, que había sido asesinado, con anterioridad, por Alfonso López Michelsen.

Porque, dice un informador, el Grupo Aval del doctor Sarmiento Angulo hará elegir, con la ayuda de Iván Duque y la Divina Providencia, a Néstor Humberto Martínez, hijo del maestro en albañilería, Salustiano Tapias. Años en los que estará pudriéndose en una galera de Tamalameque, El hombre de la Chuspa.


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