Opinión

Las lágrimas de 130 niños

Las lágrimas de 130 niños a quienes el madurismo arrebató su derecho de reencontrarse con sus padres en la otra tierra bolivariana del Perú son las mismas lágrimas que sus progenitores también desataron en sus rostros, al conocer la infame noticia sobre un gobierno que no solo los obligó a emigrar de Venezuela para garantizar el sustento de sus hijos, sino que ahora, cual régimen que impera en nuestro país, pretende crear su propio Lebensborn, al estilo neonazista que emerge desde sus ideólogos del poder.

Las lágrimas de 130 niños a quienes el madurismo con máximo cinismo prohibió viajar hacia la nación donde falleció Manuela Sáenz, la libertadora del Libertador, son las mismas lágrimas de otros niños que en estas Navidades deambulan sin rumbo fijo por las ciudades, incluso cometiendo acciones fuera de la ley, sin conocer el significado del amor y la alegría, porque les fue arrebatado el sentimiento de la esperanza, al ver que la vida no encuentra sentido de unión familiar, porque es simple, para un niño no funcionan explicaciones de “leyes” e “ilegalidades”, sino de praxis concreta sobre la vida ante las necesidades más vitales que requieren los seres humanos de alimentación, vestido y protección de sus padres.

Las lágrimas de 130 niños sobre quienes el madurismo alegó tenían permisos “falsos” de viaje, son las mismas lágrimas que millones de niños derraman al carecer de una medicina para calmar sus dolencias ante sus enfermedades. Son esas lágrimas, por las que un gobierno, en caso de haber sido cierta la situación de tales “permisos”, hubiese actuado de manera inmediata para solucionar tal gravedad jurídica y poder entregar las autorizaciones conforme con la ley para que todos esos niños viajaran y recibieran las sonrisas en sus rostros al encontrarse con sus padres. Son esas lágrimas por las que un gobierno ignora que tenemos una inmensa crisis humanitaria, pero miente diciendo que en Venezuela nuestros niños son “vacunados” y “atendidos” ante sus enfermedades cuando fallecen hasta por falta de oxígeno en los hospitales, y aquellos que nacen vienen con alumbramientos sobre sillas o en el piso, para después ser colocados en “cunas de cartón”.

Las lágrimas de 130 niños a quienes el madurismo obligó a dormir en cruentas imágenes sobre el piso de un aeropuerto, son las mismas lágrimas de otros niños que yacen hambrientos y sucios despertando sobre las aceras, plazas, calles y avenidas, hurgando un mendrugo entre la basura, en donde tanto los primeros como los últimos están sin sus padres, unos separados de ellos forzosamente, y otros por abandono, pero en ambos casos unidos por la malignidad de un sistema de gobierno que destruyó la unión de las familias, al pulverizar la economía de un país rico en petróleo y minerales.

Las lágrimas de 130 niños son las mismas lágrimas de niños que se levantan o acuestan sin comer. Son las lágrimas que nos destruyen el alma y nos sacuden el espíritu al ver cómo un “fiscal” que se preocupa por la “corrupción”, y quien fuera preso injustamente en 2002 en el medio de un golpe de Estado declarando que le estaban violando sus “derechos humanos”, ahora venga con el discurso de una seudolegalidad para ser cómplice en la violación de los derechos humanos de esos 130 niños que viajarían al Perú, y de otros millones que no tendrán Navidad porque unos arrogantes e insensibles del poder les aniquilaron la felicidad diciendo que es un “gobierno del pueblo”.

Las lágrimas de 130 niños a quienes el madurismo disfrutó al sentir que comienza a adueñarse de su patria potestad, conducta y forma de pensamiento, son las mismas lágrimas que millones de niños y adolescentes, así como docentes derraman cuando ven que en su “escuela” o “liceo” la educación está convertida en bazofia burocrática porque no tienen comedor, aulas, baños, laboratorios o canchas deportivas en buen estado, sino una podredumbre estacionaria convertida en un atraso permanente en donde solo se multiplica una “educación” sobre el culto al madurismo y su neototalitarismo.

Las lágrimas de 130 niños a quienes el madurismo, bajo eufemismos y elucubraciones, disfraza una ilegal prohibición de viajar hasta un hermano país que ha abierto sus brazos a los venezolanos, son las mismas lágrimas con las cuales otros niños tienen que volver a pasar unas Navidades sabiendo que sus padres continúan detenidos injustamente por supuestos “crímenes políticos”, que los convirtieron en “políticos presos”, o sea, será otra “Navidad” en donde unos niños desde Venezuela derramarán cada lágrima que también se explanará en los ojos de una madre o un padre en Perú cuando desde la distancia no encontrará ese beso o ese abrazo de sus amados hijos, o será otra “Navidad” en donde unos niños, incluso ahora convertidos en adolescentes o jóvenes, volverán a derramar lágrimas de separación con esos padres quienes tras las rejas han luchado por un ideal de libertad, justicia y democracia.

Las lágrimas de 130 niños a quienes hoy el madurismo ha cercenado el derecho de un futuro distinto, son las mismas lágrimas que más de 100 familias venezolanas dejarán vertidas por la muerte de sus hijos en hechos políticos. En ambos casos es el resultado de quienes desde el poder solo ambicionan ese poder sin importar el daño que causan al pueblo de Venezuela, cuyo límite ha llegado al punto máximo de destrucción humana, al encontrar el clímax político con las lágrimas de nuestros niños y las familias venezolanas.