Opinión

Las horas más negras

Emiro Rotundo Paúl

La opinión de

Cuando éramos jóvenes y nos oponíamos a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, creíamos atravesar las horas más oscuras, sin embargo, vivíamos en una economía próspera, en medio de una febril actividad de construcción de hospitales, hoteles, autopistas, avenidas, carreteras, represas, teleféricos, urbanizaciones, bloques de apartamentos y parques recreativos, con una moneda fuerte, sin inflación, con seguridad, abundancia de comida, medicinas y todo tipo de bienes y servicios. No teníamos libertad política, pero manteníamos la segura convicción de vivir en un país floreciente, pleno de oportunidades, y con un brillante futuro por delante. No cabía ninguna duda de que al salir de la dictadura entraríamos de lleno en una nueva etapa histórica provistos de todo lo necesario para edificar el país que deseábamos: libre, democrático y próspero. Hoy, 60 años después, nadie, ni siquiera los jóvenes que se van del país por carretadas, piensa de esa manera. Nuestro futuro luce oscuro, crispado, insondable.

Hoy sí estamos atravesando las horas más negras de nuestra historia, tan solo comparables con los terribles tiempos de la Guerra a Muerte y de la Guerra Federal que asolaron al país. No nos estamos refiriendo al daño material causado por el régimen chavista: deterioro de la economía, de la industria petrolera, de la vialidad, de la ecología, de los servicios públicos y de la infraestructura física de la nación; tampoco al daño institucional: violaciones a la democracia, a la Constitución, a la legalidad y a la autonomía de los poderes públicos; ni al daño científico: abandono de las universidades, del Conicit, del IVIC y de otras instituciones científicas; ni al daño cultural: destrucción del Ateneo de Caracas, del Museo de Arte Contemporáneo, de teatros, bibliotecas y librerías; ni a la ruina de los hospitales, los servicios de malariología, las unidades sanitarias, los laboratorios, etc., etc. De eso ya se ha dicho bastante y se denunciado suficientemente a través de los pocos medios de libre expresión que aún subsisten.

En esta ocasión nos referimos a un daño más grave y profundo: el infligido al alma nacional; el daño moral y psicológico ocasionado por la larga y sostenida cruzada de atropellos, represiones, abusos, injurias y daños desatada desde el poder contra un sector esencial de la sociedad venezolana: la clase media, que de forma mayoritaria, y desde el principio, se opuso a los desmanes del teniente coronel que se alzó en armas contra la democracia y que al fracasar en su intento se sirvió de ella para llegar al poder: el comandante eternamente resentido, narcisista, jactancioso, populista y populachero, que renegó de la inteligencia, la meritocracia y el conocimiento, para aliarse con lo peor de la izquierda trasnochada y lo menos valioso del sector castrense al que pertenecía y servirse del poder otorgado por el pueblo para imponer al país el peor sistema político parido por el populismo latinoamericano: el castrocomunismo cubano.

Hoy, corriendo el año 20 de la “revolución bolivariana”, el fiel heredero del “comandante eterno” está recogiendo los frutos de la infortunada siembra de su tutor, más las “cosillas” de su propia cosecha que no son conchas de ajo. Con el país semidestruido, estamos a las puertas de unas elecciones presidenciales fraudulentas que ratificarán a Maduro en el cargo; una farsa electoral denunciada por la Unión Europea y por los países más grandes e importantes del continente, cuyos resultados serán desconocidos por todo el mundo, con excepción del puñado de países que se beneficia del naufragio nacional. El régimen madurista perderá el último vestigio de legitimidad que le queda, estará acosado por sanciones internacionales y por una enorme legión de gravísimos problemas que no tendrá capacidad de resolver.

¿Qué sentido tiene, en tales condiciones, la pretensión de conservar el poder a toda costa? La única explicación plausible es que, para nuestra desgracia, en la mente del heredero criollo bulle todavía, con toda su fuerza, la locura del comandante criollo, sustentada en la permanente custodia del otro heredero, el del comandante cubano, el original.