Opinión

El juicio de los rojos

No voy a entrar en la discusión un tanto bizantina de que una cosa es dictadura y otra muy distinta tiranía. Me voy a referir más bien a esos regímenes que nos hacen transitar por caminos uniformes de servidumbre –para utilizar una palabra de Hayek–, producto de la superioridad esgrimida por los líderes políticos que los imponen y cuya legitimidad vendría dada por una supuesta interpretación acertada de hechos y procesos históricos; una arrogancia que, en la práctica, termina derivando en algo fatal y perverso, que se ha llevado por delante millones de almas.

Tampoco vamos a hablar de la babiecada marxista que considera dicha interpretación fundada científicamente. Creo que en su momento Popper hizo lo propio ante tanta majadería. Baste decir que el marxismo no pasa de ser una condena moral al capitalismo, como decía Benedetto Croce, es decir, de considerar que la libre empresa y la propiedad privada traen aparejada cierta pobreza de los más débiles del circuito económico. Pero de ahí a construir un parapeto intelectual para combatirlo, va un mundo.

No, lo nuestro va más a tono con lo que decía Arendt en Los orígenes del totalitarismo. Si algo supo describir esta autora es el afán que ponen las revoluciones de corte totalitario en destruir la individualidad y cercar la libertad a cuenta de una verdad probada científicamente; lo practicaron los nazis basándose en la superioridad racial y lo han hecho todos los comunistas apoyados en el supuesto progreso histórico. Ya decía ese inspirador del totalitarismo que fue Rousseau, que a la gente había incluso que obligarla a ser libre.

La uniformidad termina siendo, así, lo que caracteriza estos sistemas; cualquier forma de diferenciarnos es para ellos una rebelión. Recordemos la gran revolución cultural proletaria de los chinos, los gulag y pogroms rusos, o la persecución de los homosexuales en Cuba. Esas formas extremas de colectivismo no atentan solo contra la individualidad de unos intelectuales díscolos, sino contra el pueblo llano al que dicen representar, al cual, dado el caso, se le coloca, incluso, un ropaje del mismo color y hechura. Siempre habrá élites que puedan sortear las dificultades, comprarse una dacha, como se hacía en Rusia, atragantarse de quesos y embutidos importados, como acostumbraba Kim Jon-il, o disfrutar de los Alpes suizos en el Nido del Halcón, como solían hacer los allegados de Hitler, pero el resto de los ciudadanos sufrirá los rigores y caprichos de estos seres que se erigen en conductores de almas descarriadas.

Los jemeres rojos fueron uno de estos grupos de inspiración totalitaria y verdad revelada que, dirigidos por el perturbado Pol Pot, se propusieron sacar a las gentes de las ciudades y cambiar el modo de producción imperante en Camboya, considerado por ellos maligno. A los ciudadanos se les obligaba a abandonar sus casas y sus propiedades y se les exigía trabajar en el campo. El resultado fue una escabechina situada en 3 millones de muertos.

Pues bien, la semana pasada un tribunal camboyano ratificó las condenas a cadena perpetua de dos de sus principales dirigentes, considerados en su momento omnipotentes. Lo cual nos lleva a pensar que efectivamente todo tiene su final, como sentenció el inigualable Héctor Lavoe en su famosa canción.