Opinión

El jardín vertical en Bogotá

El biólogo y botánico español Ignacio Solano ha creado un nuevo concepto de jardín vertical. Se trata de la conformación de verdaderos ecosistemas vegetales verticales, cuya gran biodiversidad permita el incremento de las interacciones entre las diversas especies –plantas y microorganismos– que los habitan, lo cual solo se logra a partir del conocimiento preciso y minucioso de los procesos y simbiosis que existen entre la flora y la microfauna de cada lugar.

Una de sus más recientes creaciones fue concluida en diciembre de 2015 en Bogotá. El Santalaia, un edificio de 11 pisos de altura convertido en el “corazón verde” de esa pujante ciudad, se yergue en el barrio Chapinero Alto como el jardín urbano más grande y avanzado del mundo. El extraordinario jardín, con una capa vegetal que abarca una superficie de 3.100 metros cuadrados, está completamente cubierto en sus 4 fachadas y el techo por 115.000 plantas exuberantes y esplendorosas.

El proyecto, cuya planificación e instalación duró 16 meses, fue una iniciativa de la empresa de arquitectura colombiana Exacta Proyecto Total, que invitó a la española Paisajismo Urbano y a la colombiana Groncol a aceptar el reto de crear un edificio vivo que exhibiera capas uniformes de plantas, tanto en color como en volumen. Para enfrentar el desafío, Solano, fundador y director de Paisajismo Urbano, fiel a su filosofía de utilizar en sus ecosistemas el mayor número posible de plantas endémicas, realizó, en compañía de expertos locales, una expedición a las selvas del Chocó colombiano destinada a recoger muestras, reproducirlas in vitro y, una vez crecidas, incorporarlas a la obra.

El resultado fue la selección de 10 diferentes especies y 5 familias de plantas para crear el ecosistema del Santalaia. Una de las mayores dificultades fue la dotación de un sistema eficiente de alimentación de las plantas, ya que su gran diversidad hizo que la irrigación y el control de los nutrientes fuera más complejo; para resolverlo, fue diseñado un sistema de irrigación especial que dividió la superficie en 42 sectores que se regulan automáticamente en función de la humedad del aire y la radiación solar. Adicionalmente, la estructura cuenta con una planta de tratamiento que recicla el agua sobrante de los muros junto con las aguas grises del edificio.

Aunque los jardines verticales ya existían, Ignacio Solano fue un paso más allá al desarrollar el concepto de ecosistema vertical, un método que permite que los jardines verticales perduren en el tiempo con muy poco mantenimiento. La filosofía que sustenta este nuevo paradigma, la hidroponía, es que las plantas no necesitan suelo para vivir sino un anclaje mecánico que les dote de ese sustento y de un líquido con nutrientes. Según él, “como la receta es perfecta, la planta no tiene estrés y dedica todo su recurso vital a crecer, por lo tanto crece un 35% más rápido, y por lo tanto procesa un 35% más de gases. Estamos hablando de que un metro cuadrado de este sistema produce el oxígeno que requiere una persona al año. Por ejemplo, una fachada de 60 metros cuadrados es capaz de procesar 40 toneladas de gases nocivos al año, 15 kg de metales pesados y 35 kg de polvo”.

Trasladar esas cifras al jardín del Santalaia significa que, además de su gran belleza, ese ecosistema es capaz de extraer una cantidad de CO2 de la atmósfera equivalente a la que producen 700 personas, de producir el oxígeno que necesitan más de 3.100 personas al año, de procesar cerca de 775 kilogramos de metales pesados, de filtrar más de 2.000 toneladas de gases nocivos y de capturar más de 400 kilogramos de polvo. Según Solano, “…si uno de cada cuatro edificios tuviera un sistema como este, gran parte del efecto invernadero lo estaríamos paliando con este sistema”.

No nos quedan dudas de que una forma bella y eficiente de revertir los efectos que las ciudades actuales han producido en el ambiente es, como cree Solano, “…trayendo la naturaleza a las ciudades” para mejorar los ecosistemas humanos. Se trata de una verdadera necesidad.