Opinión

Intereses políticos

Alfredo Cedeño

Política es una palabra de infinitos significados. El diccionario recoge una docena de ellos, y es a partir de la séptima acepción donde se ocupa de lo que hoy me interesa comentar. En dicha entrada la define como: “Arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados”. A renglón seguido expone: “Actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos”.  En el noveno escaño explica: “Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo”.

Serían necesarios, por lo menos, varios centenares de páginas para desenmarañar cada una de estas enunciaciones, pero, como no se trata de disertar para demostrar lo mucho que se sabe o yerra, lo que es meridiano en esos días que ahora vivimos es lo desvirtuado que están todas las aplicaciones que del término se utilizan. La primera adulteración que de ello se hace es que se nos pretende hacer comulgar con interesadas ruedas de molino que “la política” es un oficio o profesión de la cual el ciudadano común y corriente está excluido, con lo cual tratan de desmentir, de manera torpe e inútil por demás, al mataburros cuando asienta que son las actividades mediante las cuales los ciudadanos intervienen en los asuntos públicos.

Como consecuencia de esa fullería se mira con aires de eruditos desde el olimpo de sus intereses a los vecinos, se les ve con la misma condescendencia con la cual se presta atención a las cagarrutas de chivo en los cardonales. Lo más terrible y triste de esta situación es que un verdadero orfeón, que no universitario, entona loas a semejante fauna y pretenden colocar un bozal férreo a quienes osan cuestionar la actuación a veces asqueante de esta casta de jugadores y defensores de sus propios intereses.

He dicho y seguiré diciendo que son los vecinos, los votantes, la humilde ciudadanía –tantas veces despreciada y utilizada por dicha mesnada– la que se está empinando por encima de sus propios fallos para recuperar el rumbo. Duele que cada intento por zafarnos de esta gentuza haya dejado un reguero de mártires.  Jesús Mohamed Espinoza Capote,  Keyla Guerrero,Josefina Inciarte, Jaime Jirabo, Alberto Aumaitre, José Vilas, Bassil Alejandro Da Costa, Roberto Redman, Génesis Carmona, Geraldine Moreno, son algunos nombres que vienen a la memoria en primer momento. Lista que ahora engrosan Jairo Ortiz, Daniel Queliz, Miguel Ángel Colmenárez, Tony Canelón, Bryan Principal. 

Siquiera por respeto a la memoria de ellos esa cofradía de mamarrachos impresentables que juegan al Mesías debiera echarse a un lado. Empezando por Henri Falcón que cuando los benditos colectivos masacraron a los barquisimetanos, bajo el patrocinio y alcahuetería de la “gloriosa” Guardia Nacional, sabrá Dios entre cuales enaguas se amparó mientras hacía mutis del degolladero en que devino la capital larense.

© Alfredo Cedeño

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