Opinión

Innovación, economía del conocimiento y gobernanza

Carlos Mazal

“La balacera alrededor nuestro hace difícil que podamos oír. Pero la voz del ser humano es diferente de otros sonidos. Aun cuando no está gritando. Aun cuando sea un susurro. Aun el susurro más débil puedo ser escuchado –por encima de ejércitos... cuando está diciendo la verdad”.

Anónimo.

La innovación tecnológica y no tecnológica es garantía de inserción en la economía del conocimiento. Y los bienes intangibles son hoy, guste o no, más importantes que el capital, la tierra y los bienes físicos. La propiedad intelectual, completamente ignorada en nuestro país, es la herramienta imprescindible que lleva la innovación al mercado. Me uno a aquellos que suscriben que solo es innovación si llega a los mercados y genera riqueza. Muchos sienten pudor –o hasta rechazo– cuando se menciona generar riqueza porque, en sus mentes estrechas, suponen que esta es capitalista, imperialista y de derecha.

La riqueza no tiene ideología. Cuba genera casi 1,8 billones de dólares por concepto de investigación y patentamiento de biotecnologías. El régimen chavista lleva gastado casi 1 trillón de dólares por concepto de ingreso petroleros desde el inicio de su “revolución del siglo XXI”, no ha otorgado ninguna patente en 18 años y está quebrado con 10.000 millones de dólares de reservas y buscando un “patrocinador”.

¿Es importante o no generar riqueza, invertirla en sectores y prioridades estratégicas y salvaguardarla para las generaciones futuras? La respuesta es un obvio sí y la Venezuela democrática lo hará.

Las patentes no son la panacea, pero existe una relación entre patentes y conocimiento que es irrefutable. Y considerando que estamos en la economía del conocimiento, este determina el nivel de desarrollo de un país. 60% del conocimiento es hoy generado en Japón, Corea y China. Este último todavía no tiene patentes robustas o de calidad, lo cual es fundamental, pero va en el camino de sus vecinos.

No hay que llamarse a confusión. La riqueza que genera la innovación es bienestar, más y mejores trabajos, inversiones, reinversiones, más Pymes, menos trabajos vinculados con el Estado y una base tributaria más amplia, entre otros beneficios. La innovación es adictiva. Es “serial” y disruptiva. Y bienvenida sea porque ese es el futuro después de la dictadura.

Pero, sobre todas las cosas, la innovación mejora la calidad de vida de todos. Y nadie parece apreciar que vivimos más y con mejor calidad de vida que nuestros padres y que nuestros hijos y nietos vivirán en un mundo con curas y no solo tratamientos para el cáncer y cuando sean adultos mayores para las enfermedades neurodegenerativas. Eso solo en el campo de la salud y nuevos medicamentos. Imaginen en áreas como la nanotecnología y robótica, en transporte, en producción de alimentos, en plantas aún más grandes que las que ya existen para desalinizar y potabilizar el agua del mar. La imaginación no tiene fin para los innovadores.

Todo es posible. Muchos, sin embargo, se preguntarán si tendrán acceso a esa mejora en la calidad de vida. Es una pregunta válida. Pero la respuesta está en los hechos. Unos países pueden y otros no. ¿Por qué? La innovación no es un mecanismo político que construye la democracia y la buena gobernanza. Ni tampoco previene o reprime la corrupción o la falta de visión-país. Cada Estado debe de tomar las medidas a mediano y largo plazo que le permitan alcanzar la posibilidad de usufructuar los beneficios de la innovación en la economía y sociedad del conocimiento. Depende de ellos. De nosotros. No hay antídoto contra la falta de sentido común. La inacción tiene un precio. Mientras algunos avanzan, otros reprimen, encarcelan, matan, exilian, encierran, intimidan paralizando el país, ahuyentando inversiones, transformándose en el paria global. La innovación tecnológica no puede reemplazar las decisiones equivocadas.

Sabiendo que, si no se hace, nos sentenciamos a vivir en la periferia del mundo que se está creando con cambios de paradigmas transformacionales y frecuentes que no alcanzamos a medir las consecuencias. Tiempo de dejar la nostalgia y mirar al futuro.

Venezuela saldrá adelante y logrará su libertad y plena democracia antes de lo que se piensa y el trauma de perder la democracia y vivir en una dictadura oprobiosa debe de servir para desencadenar la creatividad, la unidad política y la innovación. Pero hay que prepararse ya para la reconstrucción. Y viajar hasta antes del 99.