Opinión

Ingrediente esencial

La democracia se define como el régimen de gobierno en el cual la soberanía reside en el pueblo y éste la ejerce a través de los representantes que eligen por votación. Una clara definición y sencilla explicación para cualquier humano medianamente capacitado.

En Venezuela esta definición imposibilita al actual régimen de calificar como tal, nuestra fábula bolivariana ha robado a los elegidos como representantes toda capacidad de ejercer la soberanía que supuestamente justifica la razón de existir como nación independiente entonces, cabe preguntarse ¿cómo llamar a este régimen?; como diría William Shakespeare, he aquí la cuestión.

Todo gobierno representa una amenaza potencial a la libertad, base fundamental de la soberanía. Ser soberano sometido a un orden superior es un oxímoron, por tanto el bolivarianismo venezolano del siglo XXI es eso.

La libertad ha sido usurpada con tal vileza y maldad que ha generado estupor en la comunidad internacional y rechazo acompañado de sanciones a los autores de la bellaquería.

La recuperación de la soberanía es una obligación de todo pueblo digno que se respete a sí mismo y pretenda un buen trato por parte de los otros. Unos ciudadanos sometidos es por definición un pueblo esclavo y servil, incapaz de valorar su propia existencia y en consecuencia mendigar  su legitimidad. Una muchedumbre que no merece el nombre como nación.

¿Qué pasó en nuestra tierra para que en tan solo cuatro lustros se olvidara la letra de nuestro Himno Nacional? se repitiera como loritos y no se entendiera su mensaje. Qué pasó con nuestras enseñanzas de historia patria, aquella que relataba los sacrificios de los Gual, España, Miranda, Bolívar, Sucre, Vargas y tantos que sí entendieron el significado y valor de la soberanía.

Dónde están esos recuerdos de nuestras Fuerzas Armadas que lucharon y murieron al impedir invasiones extranjeras. Dónde están los principios de justicia y libertad impartidos en nuestras universidades cuyos hijos daban todo por la luz de la soberanía.

El horizonte no se distingue, la niebla de la despótica tiranía bruma con injusticia la pérdida del rumbo y solo podemos aspirar al resurgimiento del respeto por nosotros mismos, un pueblo que ha pasado a servir por lo que le regalan, y hasta la miseria se la han regalado quienes le traicionaron al robarle su representación.